Mi novia decidió cuándo podía ir al baño
Nunca me había sentido tan a merced de nadie: desnuda, obediente y esperando a que ella decidiera qué hacer conmigo y cuándo podía aliviarme.
Nunca me había sentido tan a merced de nadie: desnuda, obediente y esperando a que ella decidiera qué hacer conmigo y cuándo podía aliviarme.
Cada gesto está calculado: el roce de las medias, el tacón que cuelga de mis dedos, la sonrisa que les hace sentir culpables. Hoy me he levantado con ganas de jugar.
Me pidió que me desnudara bajo esa luz cruda y obedecí sin preguntar; algo en su voz me decía que esa tarde dejaría de pertenecerme a mí misma.
Le pedí que se calzara mis tacones para sacarle una cabeza de altura, y en su cara entendí que esa noche él no mandaba nada.
Me retoqué frente al espejo, sonreí y volví a la cocina con un plan que ninguno de ellos imaginaba. Esa noche el menú lo elegí yo.
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
«Sáquelo de la caja, desnúdese y siga las instrucciones al pie de la letra.» Eso decía la nota. Yo era ingeniera, no conejillo de indias. Esa noche dejé de serlo.
Cerró la puerta con pestillo, bajó la persiana y volvió a sentarse sin dejar de mirarme. Yo seguía de pie frente a su escritorio, decidida a no salir sin lo que vine a buscar.
Cuando lo encontré otra vez sentado de espaldas a la puerta, supe que ya no me interesaba reñirlo: quería averiguar por qué seguía volviendo a buscarme.
Él no tiene idea de lo que provoca en mí. Se me va la mañana imaginando sus manos en mi cuello, su voz ordenándome cosas que jamás me atrevería a pedir en voz alta.
Se maquilló, se ajustó la tanga de encaje bajo el short y bajó en el ascensor sabiendo exactamente lo que buscaba: que alguien la mirara como se mira a una presa.
Apaga el motor, baja del coche y la ve llegar empapada de sudor. Entonces la realidad se apaga y empieza la película sucia que solo él puede ver.
Damián aún no llegaba y yo ya no podía esperar: me quité el camisón en mitad del salón y dejé que mis manos hicieran lo que su cuerpo todavía no podía.
El masajista te hizo una seña para que te sentaras. No a tocar: solo a ser testigo de cómo ella se entregaba, centímetro a centímetro, sobre la camilla.
Llevábamos quince años de rutina hasta que un juguete olvidado en un cajón encendió algo que ninguno de los dos sabía controlar. Y solo era el principio.
Me dijo que nunca había contado esto en voz alta, que durante años fue solo una fantasía guardada. Esa tarde, por fin, dejó que un desconocido hiciera con ella lo que quisiera.
No buscaba nada concreto cuando me senté en la barra. Pero aquel hombre de pelo cano me miraba como si ya supiera lo que yo todavía no me atrevía a admitir.
El candado se abrió con un chasquido seco y supo, antes de salir de la jaula, que él regresaba con el olor de otra mujer pegado a la piel.
Le prometí que no habría alivio hasta pisar la arena. De rodillas y con los ojos vendados, descubrió cuánto le gustaba la idea de que alguien la mirara.