Regresé por mi celular y lo descubrí en el baño
Odio los baños públicos desde siempre, pero ese día no me quedó opción. Lo que no imaginé fue lo que encontraría al volver corriendo por el teléfono que olvidé sobre el depósito del agua.
Odio los baños públicos desde siempre, pero ese día no me quedó opción. Lo que no imaginé fue lo que encontraría al volver corriendo por el teléfono que olvidé sobre el depósito del agua.
Tenía sesenta años y un matrimonio dormido cuando noté que el chico de la casa de al lado me espiaba entre los setos. No me tapé. Le seguí el juego.
Aquel jueves no tenía clases y la mañana era mía. Abrí el agua, cerré los ojos y me dejé llevar... sin imaginar que unas botas aparecerían en la ventana.
Me había acostumbrado a que me miraran, pero aquella tarde, sola en la cascada, decidí que esta vez no iba a taparme cuando lo descubriera escondido entre los árboles.
Cerró la puerta del cuarto con toda mi ropa en las manos y me dejó de rodillas, desnuda, con una sola orden: «Te espero en el auto».
Cuando nos hizo subir al estrado y empezaron las apuestas sobre qué llevábamos debajo del vestido, supe que la fiesta de lujo había dejado de ser normal.
Llevaba quince años saludándolo en la playa sin imaginar lo que aquel hombre veía cada noche, a través del cristal del baño, mientras yo me creía a solas.
A las cuatro de la mañana, encerrado bajo las sábanas con el teléfono de mi madre, empecé a abrir carpeta por carpeta sin sospechar que nada volvería a ser igual.
La ventana de nuestra habitación daba justo a su azotea. Aquella noche entendí que la idea de que nos mirara me excitaba más de lo que jamás admitiría.
Abrí la cortina lo justo para confirmar mi sospecha: él estaba afuera, con la mano metida en el pantalón, esperando ver algo que no debería haber visto.
Pensábamos que era un trayecto de veinte cuadras. Ni Lucía ni yo imaginábamos que bajaríamos de aquel autobús siendo dos mujeres completamente distintas.
Salí sola a explorar la zona norte y un golpe en la nuca lo cambió todo. Desperté rodeada de extraños, sin ropa y sin escapatoria posible.
Dejé las cortinas abiertas a propósito y fingí no verlo. Él, parado en su azotea, no perdía un solo detalle de mi cuerpo desnudo.
Cada semana mirábamos las fotos de la entrada sin atrevernos a entrar. La noche que cruzamos la puerta descubrí hasta dónde era capaz de llegar con él mirándome.
Llevo treinta años fingiendo ser la mujer recatada que mi marido cree haber liberado. Lo que él no sabe es que en este crucero soy yo quien mueve los hilos.
Cuando me dijo lo que de verdad le excitaba, supe que abríamos una puerta que ya no íbamos a poder cerrar. Y no quería cerrarla.
Conecté el sistema desde la oficina solo para vigilar la herramienta. Lo que apareció en la pantalla fue mi mujer quitándose el bikini delante de él.
Bajó del plano del placer a un piso de Ruzafa y, en cuanto el deseo de la calle rozó su piel, supo que ni la ropa más holgada podría contener lo que era.
Yo tardaba a propósito en darle el abrigo, disfrutando de cómo los hombres la miraban. No imaginé que uno se atrevería a tanto delante de mí.
No nos conocías de nada, pero pasaste toda la tarde con la mano dentro del bañador, mirándonos jugar. Y nosotras lo sabíamos desde el principio.