La avenida donde dejo que me miren al anochecer
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Llevo el tanga debajo del culotte y nadie lo sabe. Es mi secreto sobre la bici, el comienzo de la fantasía que ensayo en la cabeza una y otra vez.
Empezó con un tanga rojo y un «póntelo, amor». Terminó con ella sonriendo desde la encimera, decidiendo por los dos cómo iba a ser el resto de mi vida.
Salí de casa con el tanga doblado en el bolsillo y tres frases que no elegí escritas sobre mi piel. Cada hora de clase me acercaba más al borde, sin permiso para terminar.
Subí al coche con cada prenda elegida por él y supe que esa tarde mi único trabajo sería obedecer mientras la gente pasaba sin sospechar nada.
Nunca tuve el valor de exponerme. Hasta hoy. Mañana iré a clase desnuda bajo la ropa, y dejarlo escrito aquí ya se siente como su primera orden.
La cité a las seis con una sola condición: falda corta y la lencería que yo eligiera. Lo demás lo decidiría yo cuando cruzara la puerta.
Subí en bata, descalza y furiosa, dispuesta a gritarle. Él abrió la puerta, me miró de arriba abajo y supe que era yo la que se había metido en problemas.
Yo era el tipo serio del traje y el todoterreno. Bastaba que una mujer me retara con la mirada para que el animal despertara, y aquella feria de pueblo lo soltó del todo.
Salí de aquella tienda temblando de deseo, sin imaginar que esa misma semana terminaría de rodillas, suplicando que me usaran sin un gramo de ternura.
Mi amante me dejó con ganas de más, pero mi esposo sabía exactamente cómo tratarme: sin romanticismos, sin piedad, como la sumisa que soy.
Me senté en el centro del aula a fingir que era una paciente inconsciente. Nadie sabía que, con cada mano que me inmovilizaba, yo me deshacía por dentro pensando en él.
Me senté en esa silla a fingir una emergencia, pero bajo el top sin sujetador mi cuerpo solo obedecía a una voz que no estaba en la sala: la de mi amo.
Conduje hasta la fábrica abandonada con el pulso desbocado. Me desnudé entre los cristales rotos y crucé la puerta sin saber qué me esperaba en los pisos de arriba.
Bajé a la cocina en pijama, sin nada debajo, sabiendo que él estaría despierto. La tensión llevaba días creciendo y esa noche decidí que no iba a contenerme más.
Salí del gimnasio con la misma ropa de siempre y todas las miradas encima. Esa noche entendí que ya no quería esconder cuánto me excitaba que me desearan.
Volví al colegio esa tarde con la excusa de estudiar en la biblioteca, pero ninguna de las dos íbamos a abrir un solo libro. Íbamos por ellos.
Siempre creímos que nadie nos veía. Esa mentira que nos contábamos fue el principio de todo lo que vino después, noche tras noche.
Serví a esa casa desde niño y vi cómo la melena de fuego de aquella mujer ponía de rodillas a los hombres más poderosos del valle, uno por uno, según el día de la semana.
Mi amiga me prometió una noche de disfraces y descontrol. Me puse el traje más atrevido del sexshop y bajé a la calle sin imaginar lo que me esperaba en ese bar.