El círculo en la arena al que me atreví a entrar
Nunca había cruzado el umbral de un círculo así, pero esa tarde, con la piel cubierta de aceite y sal, Daniela entendió que ciertos deseos solo existen cuando se comparten.
Nunca había cruzado el umbral de un círculo así, pero esa tarde, con la piel cubierta de aceite y sal, Daniela entendió que ciertos deseos solo existen cuando se comparten.
Cerré la puerta con llave y fue como apretar un interruptor: por primera vez iba a desnudarme frente a la cámara para que alguien, del otro lado, me deseara.
El espejo del camerino le devolvía a una mujer que no reconocía. En unos minutos, decenas de extraños la verían desnuda. Y aun así, decidió cruzar la cortina.
Entré a la habitación a ciegas, casi desnuda bajo el abrigo, sin saber quién me esperaba al otro lado de la música. Solo la voz de mi marido me guiaba.
Subí al escenario sin pensarlo, frente a una sala llena de desconocidos y de un hombre que ya no me miraba. Esa noche dejé de rogar y empecé a sentir.
Salí en bicicleta sin ropa interior, con el celular vibrando de mensajes que no debí abrir. El camino estaba vacío, pero yo me sentía observada por todos.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
Mirabas a un lado y a otro, segura de estar sola, cuando te subiste el vestido en mitad del garaje. No viste que, dos plazas más allá, alguien llevaba un rato observándote.
No buscaba amor ni compañía. Buscaba que la miraran, que la desearan, que la imaginaran desnuda bajo el vestido. Esa noche decidió ser puro fuego.
Le di dos besos delante de su madre y, sin que nadie lo notara, decidí seguirle el juego hasta donde ninguno de los dos pensaba llegar esa mañana.
Lo vi mirarme el reflejo en el espejo del ascensor y algo se encendió. Esa noche supe que no solo quería que me mirara: quería que viera absolutamente todo.
Me ordenó desnudarme en su comedor y empezar a barrer. Yo solo era su juguete esa tarde, y cada palmada en el culo me recordaba quién tenía el control.
Sabía que esa blusa lo pondría nervioso. Lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llevarlo aquella tarde, con el departamento vacío y la puerta cerrada.
Apenas le llegaba a la altura del codo cuando me tomó de la mano. En seis minutos descubrí que mi cuerpo no entendía de las reglas que yo misma me había impuesto.
Antes lo escondía todo. Esa noche entré a la sala sin ropa interior, con la falda corta y la certeza de que alguien iba a mirar. Y yo quería que mirara.
Salí de casa con un suéter que transparentaba todo y sin nada debajo. Mi novio caminaba detrás de mí, mirándome, mientras los ojos de otros me recorrían entera.
Entré al baño con la tanga puesta y salí con ella enredada en el pelo. No imaginaba que la fila para entrar a la sala sería la parte más larga de la noche.
Se levantó de la mesa, se dio vuelta y me miró de un modo que no dejaba lugar a dudas. La seguí sin pensarlo, con el corazón golpeándome el pecho.
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.