El vecino que me espiaba desde su ventana
Cuando sentí su mirada clavada en mi espalda desde la ventana de enfrente, supe que esa tarde no iba a comprar pan: iba a darle algo mucho mejor.
Cuando sentí su mirada clavada en mi espalda desde la ventana de enfrente, supe que esa tarde no iba a comprar pan: iba a darle algo mucho mejor.
Nunca pensé que ver a otro hombre mirando a mi novia desnuda, abierta de piernas sobre la arena, sería lo más excitante que sentiría en mi vida.
Dejé caer el vestido en el balcón sabiendo que él miraba desde el otro lado del cristal. Y supe que mi marido lo había planeado todo.
Nadie en aquel sendero imaginaba lo que yo llevaba puesto bajo la ropa, ni la mujer salvaje que el roce del aire terminó por despertarme esa tarde.
Eran las dos de la mañana cuando un video me metió la idea en la cabeza. Días después caminaba por el súper con un secreto vibrando entre mis piernas.
Abrió las piernas en el suelo del salón y me lanzó un reto que no supe rechazar: enséñamela, y tócate para mí. Su amiga seguía dormida en el sofá.
Llego a casa, me quedo desnuda en el sillón y pierdo la cuenta. Es mi rutina, mi secreto, lo único que de verdad necesito al final del día.
Estaba solo, el calor era insoportable y el agua corría tibia sobre mi piel. Entonces se me ocurrió algo que llevaba meses imaginando y que jamás había tenido el valor de hacer.
Encendí el vibrador, abrí el juego de bingo y me prometí una norma por cada bolita. Lo que pasó después tardé semanas en contárselo a alguien.
Nunca pensé que mirar a una desconocida tocarse al amanecer encendería en mí un deseo tan fuerte que esa misma noche terminaría en un parque, perdiendo toda la vergüenza.
Tres mañanas por semana ella limpiaba el corredor justo al otro lado de mi escritorio. Y tres mañanas por semana yo aprendí a no apartar la vista del cristal.
Le pedí a mi marido una foto suya y me llegó la de otro hombre: un desconocido perfecto. Esa noche no imaginé hasta dónde me llevaría esa imagen mientras dormía.
Llevaba semanas mostrándome ante la cámara para ella. Esa noche, con una sola frase susurrada, me pidió algo que cambió para siempre lo que yo creía querer.
De día parecía la más inocente de todas. De madrugada, con la puerta cerrada, descubría una versión de mí que nadie habría imaginado jamás.
Entré al correo hace media hora, con las piernas ya inquietas. Quería saber cuántos se habían tocado pensando en mí. Fueron más de los que imaginaba.
Le pedí a mi amigo que me acompañara a cumplir algo que llevaba años imaginando: dejar que unos desconocidos me vieran. No esperaba cuánto me iba a gustar.