El collar que me convirtió en la muñeca de mi amigo
Era una broma: ponerme el collar rosa a cambio de una pizza. Pero apreté el botón y dejé de ser yo. Otra persona empezó a mover mi cuerpo desde dentro.
Era una broma: ponerme el collar rosa a cambio de una pizza. Pero apreté el botón y dejé de ser yo. Otra persona empezó a mover mi cuerpo desde dentro.
La mañana después del derrame, se miró al espejo y su cuerpo ya no era el mismo. Y la forma en que su marido empezó a mirarla tampoco volvió a ser la de antes.
La puerta se cerró a mis espaldas con un clic definitivo, y entendí demasiado tarde que el paquete que traía era yo mismo, listo para ser desempacado.
Llegué al hotel sin peluca y sin saber que ese desconocido tenía un plan: borrar al hombre que veía en el espejo y dejar solo a la mujer que yo siempre quise ser.
Tres gotas al día durante tres días. Eso me dijo la mujer del local sin nombre. Lo que no me advirtió fue lo que pasaría si alguien se equivocaba con el frasco.
Cuando la seda le rozó la piel, supo que esa noche no iba a ser Mateo. Las esposas se cerraron sobre sus muñecas y, por primera vez, alguien la llamó hermosa.
Bebió el líquido violeta solo una vez, por venganza. Pero su nuevo cuerpo aprendió algo esa noche que su mente de hombre jamás podría olvidar.
Dejó los baúles sobre la cama y me ordenó probarme cada prenda. Esa noche entendí que el viaje no era un destino, sino la prueba de cuánto le pertenecía.
Avancé a la par de mi patrocinadora, no detrás de ella como los otros casos. Yo era el mejor calificado, y esa noche todas querían comprarme.
Empezó con un amante en secreto y terminó con mi marido arrodillado en lencería. Lo que nunca supe es quién había planeado todo desde el principio.
Me quedé sola recogiendo botellas en el patio, con un short que marcaba mis curvas nuevas, cuando él se acercó por detrás y supe que esa noche no dormiría.
Nunca pensé que unas fotos en lencería roja terminarían enseñándome una parte de mí que llevaba años escondida bajo el traje y la corbata.
Nunca había caminado en tacones ni sentido la seda de una tanga contra la piel. Esa noche aprendí las dos cosas, y el hombre que me esperaba en la limusina pensaba enseñarme mucho más.
Nunca había bajado más de tres escalones vestida de Lía. Esa tarde, con el encaje blanco rozándome los muslos, decidí que llegaría hasta la calle.
La primera vez que llamó «tetitas» a mi pecho plano me reí. La segunda vez, mi cuerpo se arqueó solo y supe que algo dentro de mí había empezado a cambiar para siempre.
Me afeitaba, me ponía la peluca y los tacones, y le hablaba a la cámara como si alguien fuera a venir de verdad. Una noche, alguien vino.
Subí esos escalones con el corazón a mil, sin imaginar que saldría del piso convertido en otra persona y con un nombre de mujer en los labios.
El vestido manchado seguía colgado en la puerta como un trofeo, y ella ya no le temía a ningún espejo ni a ninguna mirada.
En el instante del beso nupcial, el novio más poderoso del salón despertó dentro del vestido de su esposa, sobre unos tacones que ya no podía controlar.
Marco se marchó al amanecer y nos dejó la suite pagada dos semanas más. Romina me miró con el delineador en la mano y supo que yo no iba a volver a ser el de antes.