Seduje al técnico de internet vestida de femboy
Dejé la ropa interior secándose a la vista, repartí mis juguetes por el departamento y esperé a que tocara el timbre. El resto fue cuestión de provocarlo.
Dejé la ropa interior secándose a la vista, repartí mis juguetes por el departamento y esperé a que tocara el timbre. El resto fue cuestión de provocarlo.
Pensé que todo había terminado cuando el director me pagó y me despidió. No imaginaba que la verdadera dueña de mi cuerpo era ella, la mujer del escritorio de al lado.
Acepté la cita vestida de mujer, sin saber que esa tarde en su auto decidiría todo lo que vendría después. Él solo me miró y dijo: «Vas a tener clientes».
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
El cuarto día en la playa una desconocida me pidió que vigilara sus cosas. Horas después descubrí de quién era esposa, y ella ya había decidido qué pasaría conmigo.
Durante cuatro días el papelito con su número me quemó en el bolsillo. Cada noche recordaba aquella humedad escurriendo y supe que iba a llamar.
Llevaba la bandeja temblando, la falda subiéndosele por los muslos, mientras ellas brindaban y reían. Esa noche no era un invitado: era el juguete de la fiesta.
Arrodillada sobre sus talones, sin más adorno que el collar de su dueña, Lirea temblaba cada vez que la cámara se abría para dejar pasar a algo que ningún mortal debería desear.
Estacioné el coche con el pulso desbocado y el vaquero ya manchado. Sabía que al cruzar esa puerta dejaría de ser una persona para convertirme en su juguete.
Me arrodillé en el centro del salón mientras ellas decidían, frase por frase, cómo iban a transformarme. Y yo solo podía desear que lo hicieran ya.
Pasaba horas en secreto leyendo sobre feminización forzada. Una tarde mi esposa volvió antes de lo habitual, vio la pantalla y entendió todo lo que yo no me atrevía a confesar.
Llevaba su pantaleta negra debajo del pantalón ajustado, caminando por la avenida más oscura de la ciudad, esperando a que alguien se animara a frenar a mi lado.
Practiqué frente al espejo durante semanas. La noche que metí el vestido en la mochila supe que ya no había vuelta atrás: esa vez sería de verdad.
Me bañé, abrí el cesto de la ropa sucia y entendí que esa tarde no iba a salir del cuarto siendo el mismo de siempre. Lo demás lo guardé como mi secreto más íntimo.
Nadie en su círculo sospechaba lo que pasaba tras la puerta del dormitorio: cada noche el medallón oscilaba y Andrés desaparecía un poco más.
Al principio fue solo un juego de roles que sugirió la terapeuta. Pero cuando llegó la semana de ella, las medias y el candado de castidad dejaron de ser un juego.
Cruzamos el océano para celebrar nuestros veintiuno con ellos. Cuando bajamos al salón vestidos, los dos nos esperaban de pie, y entendí que nada sería como antes.
Esa noche me puse las calzas color carne, la chaquetilla dorada y la peluca de melena. No imaginé que el disfraz iba a desatar lo que desató.
Creí que mis dos amigos me esperaban en mi cuarto para cobrarse la apuesta. Al salir del baño, en mi cama había alguien que no esperaba ver desnudo otra vez.
Andrés tenía cincuenta y tres años y un matrimonio roto cuando ella le rozó la mano con sus uñas rojas y le susurró al oído que no temiera explorar.