Mi mejor amiga me convirtió en su esclavo esa noche
Bastó una frase en aquella terraza para que dejara de ser su amigo y pasara a ser su juguete. Lo que vino después no lo había imaginado ni en mis peores noches.
Bastó una frase en aquella terraza para que dejara de ser su amigo y pasara a ser su juguete. Lo que vino después no lo había imaginado ni en mis peores noches.
Solo buscábamos un atajo hacia el restaurante. En ese callejón sin salida aprendí lo cobarde que era, mientras tres desconocidos decidían por nosotros.
Frente al hospital, un desconocido dejó caer una tarjeta y una frase que Catalina jamás olvidó: su criatura llegaría al mundo para convertirse en otra persona.
Tragó la cápsula sin saber que esas veinticuatro horas le enseñarían más sobre su propio cuerpo que toda su vida anterior.
La primera vez que me llamó Lucía sentí que algo se rompía dentro de mí. Y no quería volver atrás. Quería que ella terminara de moldearme entera.
Siempre soñó con transformarse en una de esas guerreras de falda corta. Esa noche de carnaval, contra la pared y con la música retumbando, empezó a sentirse exactamente así.
Siempre había reprimido ese deseo. Pero esa tarde, frente al espejo y con el maquillaje puesto, dejé de pelear contra la mujer que quería ser.
Salí de aquella reunión con la sangre hirviendo. Esa noche no quería jugar suave: quería destruir a los dos chicos que me esperaban de rodillas en el colchón.
El camión quedó varado en la fábrica hasta el día siguiente, y aquella tarde de cervezas terminó destapando lo que ninguno de los dos había contado jamás.
Marcos me pidió que estuviera preciosa para cuando volviera a casa. Mientras Carla me peinaba, recordé todo lo que hice para ser suya, y lo que aún estaba dispuesta a entregar.
Lo toqué solo un instante y la suavidad del encaje despertó algo dormido. Esa noche soñé que me lo ponía, y supe que tarde o temprano volvería a por él.
Regresé a casa de mis padres con la maleta llena de ropa de chico y el cuerpo cambiando bajo las hormonas. No imaginé que mi primo notaría todo.
La primera vez apenas dolió; esta vez yo me subí encima y marqué el ritmo, decidida a demostrarle todo lo que había aprendido a sentir.
Cada domingo, cuando ella salía, yo abría su armario y me convertía en otra persona frente al espejo. Aquella tarde olvidó las llaves y volvió antes de tiempo.
Cuando bajó por otro batido, la persona que le devolvió el espejo ya no se llamaba como él. Y, por primera vez, le gustó lo que vio.
Me miró de arriba abajo en el umbral, bajo la lluvia, y antes de dejarme pasar pronunció un nombre que nunca había sido mío. Esa noche aprendí a responder a él.
Frente al espejo dejaba de ser Sebastián. Me ponía sus medias, su falda, su perfume, y me convertía en la mujer que nadie sabía que llevaba dentro.
Dos hombres entran a la vitrina creyéndose intocables. Solo uno saldrá como llegó; al otro, el público ya decidió convertirlo en algo dulce, obediente y para siempre distinto.
Soy un hombre común, pero cuando me pongo la falda y las medias de rejilla me convierto en otra persona. Esa noche, dos extraños descubrieron quién era Valeria.
Le dije a mis padres que pasaría el día con una amiga. En realidad iba a casa de Renata, donde me esperaban una peluca, una jaula rosa y un hombre que sabía qué quería de mí.