Entré a esa mansión como hombre y nunca volví igual
Cuando bajó por otro batido, la persona que le devolvió el espejo ya no se llamaba como él. Y, por primera vez, le gustó lo que vio.
Cuando bajó por otro batido, la persona que le devolvió el espejo ya no se llamaba como él. Y, por primera vez, le gustó lo que vio.
Me miró de arriba abajo en el umbral, bajo la lluvia, y antes de dejarme pasar pronunció un nombre que nunca había sido mío. Esa noche aprendí a responder a él.
Frente al espejo dejaba de ser Sebastián. Me ponía sus medias, su falda, su perfume, y me convertía en la mujer que nadie sabía que llevaba dentro.
Dos hombres entran a la vitrina creyéndose intocables. Solo uno saldrá como llegó; al otro, el público ya decidió convertirlo en algo dulce, obediente y para siempre distinto.
Soy un hombre común, pero cuando me pongo la falda y las medias de rejilla me convierto en otra persona. Esa noche, dos extraños descubrieron quién era Valeria.
Le dije a mis padres que pasaría el día con una amiga. En realidad iba a casa de Renata, donde me esperaban una peluca, una jaula rosa y un hombre que sabía qué quería de mí.
El mensaje decía solo dos palabras: «Es hoy». No pregunté qué. Lo sentí en el cuerpo, y supe que esa noche dejaría de pertenecerme.
Tengo diecinueve y debajo de la ropa unisex llevo encaje. Hoy entro al sauna de la calle Tucumán dispuesta a que me usen los que fingen ser maridos buenos.
Guardé su número como «S.1». Dos días para arrepentirme y ni una sola vez quise hacerlo: quería que me usaran otra vez, peor que la primera.
«Buenas noches, princesa», me susurró mi esposa al oído. Y algo dentro de mí, algo que ella había plantado semanas atrás, respondió como si llevara toda la vida esperando ese nombre.
Cuando subí a su auto esa noche, él buscaba a la mujer de las fotos. No sabía que esa mujer era yo, su empleado más responsable de la oficina.
Entré a la ducha de empleados como cada noche, sin imaginar que alguien abriría la puerta y descubriría el cuerpo que las hormonas me regalaban poco a poco.
Manejaba de noche transformada en otra mujer y nadie lo sabía. Bastó un descuido en una parada para que él descubriera quién era yo en realidad.
El armario del señorito guardaba un uniforme negro con cofia blanca, y don Aurelio le aseguró que en cuanto se lo pusiera dejaría de ser Marcial para siempre.
Frente al espejo ya no era el chico tímido de la facultad: era ella, con el corpiño de encaje y los tacos rojos. Entonces sonaron tres golpes en la puerta.
Quince gotas en el café y la voluntad se apaga. Cada mujer que cruza esa puerta sale decidida a transformar a su marido en algo que jamás se atrevió a desear.
Me desperté con las ganas pegadas al cuerpo y el teléfono mudo. Si él no llamaba, al menos tenía el clóset de mi hermana y toda la tarde para mí.
Llevaba un año mirando aquel juguete en el cajón sin atreverme. Esa noche, con el camisón de encaje y el candado cerrado, supe que por fin iba a dejar que me abriera entero.
Bajé a la cocina a las tres de la mañana y la puerta de su cuarto estaba entornada. Adentro, una rubia despampanante ensayaba poses frente a la cámara. Y giró a mirarme.
Llevaba meses suplicándole una sesión. Cuando al fin entré en su estudio, entendí que no me había citado para fotografiarla, sino para enseñarme a obedecer.