Lo que pasó en la camilla con el kinesiólogo nuevo
Cuando me pidió que me quitara la calza y me cubriera con la toalla, pensé que era una sesión más. Sus manos en mi aductor me demostraron lo contrario.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cuando me pidió que me quitara la calza y me cubriera con la toalla, pensé que era una sesión más. Sus manos en mi aductor me demostraron lo contrario.
Volví del motel con la peluca en el bolso y dos condones sin estrenar. Al día siguiente, una llanta baja puso en mi puerta al hombre que iba a sacarme el coraje del cuerpo.
Llevábamos años evitando hablar de aquellos juegos infantiles, hasta que una tarde de invierno le pedí que me llevara en la bici y mi mano se posó donde no debía.
Pasé seis meses bajando a buscarlo a la esquina. Una sola noche en la casa vacía bastó para que dejara de esperarme.
Era miércoles y aproveché la hora del almuerzo para escaparme. Lo que iba a ser una mirada curiosa terminó con su mano en mi nuca y un sabor nuevo en la boca.
Bajé al consultorio por un simple dolor de espalda, sin sospechar que el médico de la empresa tenía un tipo de tratamiento que no figura en ningún manual.
Lo único que iba a hacer esa noche era cenar liviano y dormir. Hasta que él entró con la bandeja, miró mi ropa interior y soltó la frase que cambió todo.
Bajamos los pantalones frente a los otros cuatro y, cuando él se inclinó sobre mí, supe que esa tarde no iba a salir de aquel salón siendo el mismo.
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Estaba sentado en la orilla de la cama, con el pulso disparado y la certeza de que todo lo que creía saber sobre mí mismo estaba a punto de saltar por los aires.
Nunca pensé que cruzar el umbral de un bar discreto con la ropa interior de mi esposa terminaría llevándome a una habitación de hotel con un desconocido.
Cuando crucé el parque a las dos de la mañana, lo vi sentado en la banca verde. No esperaba que su mirada me hiciera bajarme los pantalones esa noche.
Habíamos compartido cinco años de aulas sin mirarnos demasiado. Esa madrugada, dentro del ascensor, entendí que él llevaba mucho tiempo esperando que yo le abriera la puerta.
Cuando entró desnudo en las duchas y se quedó mirándome, supe que aquella tarde no iba a terminar como cualquier otro entrenamiento.
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
En las duchas del gimnasio fingí que no miraba. Pero esa noche, en su departamento, ya no había excusas para seguir disimulando lo que ambos queríamos.
En el viaje al apartamento, el conductor me pasó su celular con unos videos. Lo que vino después no estaba en mis planes y nunca lo había hecho con otro hombre.
Me desperté boca abajo, con los pantalones en los tobillos y algo pegajoso entre las nalgas. Lo último que recordaba era el tequila. Lo siguiente sería su confesión.
Coordinamos por mensaje durante toda la tarde. Cuando los vi bajar del auto gris, pensé que tenía todo bajo control. No imaginé hasta dónde iba a llegar esa noche.
Cuando toqué el timbre de su apartamento todavía pensaba en darme la vuelta. Treinta minutos después estaba en su sala con la respiración contenida.