La mañana que escapé del trabajo para verlo a él
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
Entré al consultorio por un dolor en el abdomen. Salí con un número guardado en el móvil y una pregunta que llevaba años evitando contestarme.
Llegué con la única intención de salir del trámite y volver a casa. Cuando Mateo cerró la puerta de la sala de rayos, supe que esa noche no terminaría como había planeado.
El short de bicicleta apenas disimulaba lo que llevaba debajo, y cuando me pidió que me quitara la ropa supe que aquella tarde no iba a ser una depilación normal.
Llevaba un mes sin tocar a nadie cuando él apareció en mi rellano con un pantalón de deporte que dejaba muy poco a la imaginación. Y yo estaba en bóxer.
Esa noche me tocó quedarme a limpiar el departamento. No sabía que aquella derrota en la mesa de póker iba a ser el principio de algo que aún hoy me cuesta contar.
Volví a casa con la verga todavía dura, oliendo a maquillaje y a sudor, sin saber cómo iba a contarle a mi novia lo que había pasado esa noche con ellos dos.
A las tres de la mañana, con el viento helado golpeando la carpa, me deslicé bajo su manta sin pedir permiso. Mauri no se movió, pero yo sabía que no dormía.
Llevaba meses pensándolo. Esa noche, en un hotel lejos de casa, encendí la app y aceptó subir a mi habitación el primero que apareció a un metro de distancia.
Habíamos visto videos raros en su computadora aquella vez en la oficina. Lo que no esperaba era que meses después, esa misma curiosidad terminara en el sillón, debajo de la cobija.
Cuando le presté el slip rojo a Bruno aquella mañana, no imaginé que mi vecino llegaría a buscarnos y que el sendero al río terminaría en algo que nunca habíamos hecho.
Entró nervioso, casi sin mirarme, y se quitó la ropa antes de que yo terminara de buscar el canal. Tenía piercings en las tetillas y una sonrisa torcida.
Lo de buscar sexo por internet siempre había salido bien, hasta esa tarde de viernes en la habitación 207, cuando entendí que con extraños uno nunca sabe.
Nunca pensé que la primera vez que un hombre me poseyera sería detrás de la espalda de mi mujer, en una habitación que olía a champaña.
Llegué al motel quince minutos antes con las manos sudando. Cuando lo vi cruzar el estacionamiento, supe que no iba a salir de esa habitación siendo el mismo de antes.
Aquel sábado mi tía salió de prisa. Su amante seguía dormido en la habitación. Lo que hice en silencio cambió todo lo que pensaba sobre mí.
Entré al gimnasio buscando mujeres, jamás pensé que sería el entrenador quien terminaría haciéndome temblar en las duchas a medianoche.
Tres meses cruzando mensajes con un desconocido casado, hasta que aquella tarde en el centro comercial decidimos que ya no podíamos seguir solo escribiendo.
Me puso las esposas de terciopelo en las muñecas y el antifaz sobre los ojos. Me dijo que confiara, que iba a gustarme. Yo no sabía cómo decirle que sí.