La noche que Rodrigo descubrió mi secreto
Años de amistad y yo mirando lo que nunca debí mirar. Una noche tomé una decisión que lo cambió todo entre nosotros para siempre.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Años de amistad y yo mirando lo que nunca debí mirar. Una noche tomé una decisión que lo cambió todo entre nosotros para siempre.
Elena lo propuso como si fuera un juego inocente. Cuando Roberto puso los labios en la nuca de Marcos, los cuatro supieron que ya no había vuelta atrás.
Cuando sonó el timbre supe que no podía echarme atrás. Llevaba meses preparándome para ese momento, pero nada me había preparado de verdad.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Dos amigos de toda la vida, dos parejas que lo compartían todo. Hasta que la curiosidad entre ellos empezó a ser más difícil de ignorar.
Levanté la vista de los libros y sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Supe en ese instante que aquel chico iba a complicarme la vida.
No recuerda mucho de esa noche. Solo el dolor al despertar y la certeza de que algo había cambiado para siempre en él.
Cuando Marcos me habló del tipo que se bañaba desnudo a la orilla del río, no pude sacarlo de la cabeza. Esa noche fui a verlo con mis propios ojos.
Llega, me da la vuelta y me baja el pantalón. Sin decir nada. Así empezó todo, y así sigue funcionando desde entonces.
Cuando los demás seguían bebiendo, yo ya tenía a Andrés arrinconado en el callejón. Llevaba horas sin poder quitarle los ojos de encima.
Llevaba la tanga azul debajo del pantalón, lista para otro. Cuando el tipo del autobús me miró con esa media sonrisa, entendí que esa tarde tenía otro destino.
Las chicas se habían ido, la habitación estaba en silencio y Rodrigo soltó una broma que los dos sabíamos que no era del todo una broma.
Había algo en la forma en que me miró desde el andén. No era una mirada cualquiera. Supe que si le seguía, no volvería a ser el mismo.
Eran un tío y su sobrino, dos bestias del gimnasio que llevaban semanas mirándome. Ese domingo, algo en el aire cambió para siempre.
Me pidió fuego y cuando le acerqué el mechero sus ojos me deslumbraron. Cinco minutos después íbamos camino a su piso y yo todavía no entendía en qué me había metido.
Llevaba años callándome esa curiosidad. Cuando estábamos en la oscuridad y él estaba a un metro, sentí que si no lo pedía entonces, nunca lo iba a pedir.
Llevábamos meses juntos frente a la pantalla, cada uno en su lado. La tarde que Marcos extendió la mano hacia mí cambió todo entre nosotros para siempre.
Lo había visto en la playa, en una tienda, entre pinos. Tres veces sin atreverme. La cuarta vez estaba en la cocina de su hermano, con una camiseta sin mangas.
Éramos un matrimonio acostumbrado a compartirlo todo. Cuando Marcos llegó de gira con esa sonrisa de siempre, entendimos que la cena iba a esperar.
Era el hijo del jefe: correcto, tímido, bien educado. Nunca imaginé lo que hacía los viernes por la noche cuando desaparecía.