El técnico dominicano que me dejó sin palabras
Adrián me miraba fijo mientras trabajaba sin camiseta. Cuando vi el bulto en su pantalón, entendí que aquella tarde iba a ser muy diferente.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Adrián me miraba fijo mientras trabajaba sin camiseta. Cuando vi el bulto en su pantalón, entendí que aquella tarde iba a ser muy diferente.
Eran las dos de la madrugada, era el aniversario de mi boda muerta, y yo llorando en el sofá. Marcos me rodeó con los brazos y dijo que no se iba a ningún lado.
Cuando me quedé sin un peso para pagar la renta, Lorenzo tocó mi puerta a las diez en punto. Nunca había estado con un hombre hasta esa noche.
Llevábamos toda la boda intercambiando miradas. Cuando me susurró que quería mostrarme algo, pensé que era una broma. No lo era.
Rodrigo palideció de golpe y retiró el teléfono. Supe exactamente qué había pasado antes de que abriera la boca para explicarse.
Él me preguntó por una dirección y yo lo acompañé sin pensarlo. Nunca imaginé que minutos después estaría contra la pared de un edificio en obras con los pantalones en los tobillos.
Lo vi en la terraza del puerto: alto, con barba y espalda ancha. Marcos me miró de reojo y supe que los dos estábamos pensando lo mismo.
La primera vez que entré no sabía lo que pasaba en la oscuridad. Una mano extraña rozó mi pierna y lo cambió todo para siempre.
Cuando quedé a solas con Marcos, el vecino de toda la vida, algo cambió entre nosotros. Se acercó despacio y me besó sin pedir permiso ni disculpas.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.
Tenía la peluca puesta y los tacos encima cuando vi que alguien esperaba en la puerta. Era el sobrino de Germán. Me quedé quieta a media cuadra, sin saber si seguir.
Diego me miró antes de apagar el motor. Sabíamos los dos lo que significaba si le invitaba a subir. Aun así, abrí la puerta del coche.
Mi mentor me enseñó que el sexo entre hombres tiene sus propias reglas. Aquella noche con cera caliente fue la última. Tres años después, un desconocido lo cambió todo.
Tres semanas mirándolo descargar cemento desde mi ventana antes de invitarlo. Llegó un sábado a las tres, con el pelo mojado y la camisa recién planchada.
Aquella tarde colgué el teléfono con las manos temblando, abrí una página que llevaba meses ojeando en secreto y le escribí al primer hombre que apareció conectado.
La primera vez que fui solo a su casa, mi corazón latía fuerte mientras llamaba al timbre. No sabía qué decir. Él abrió con una bata húmeda y una sonrisa.
Cuando volvió de la cocina con dos cervezas, su mirada ya no era la misma. Y la abultada silueta bajo su jean tampoco dejaba dudas sobre lo que iba a pasar.
La primera vez que afeité a Rubén en la oficina supe que el deseo entre nosotros no iba a quedar en una simple cuestión de higiene compartida.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Aquella tarde, en el zaguán entreabierto de un desconocido, descubrí algo de mí que aún no sé cómo nombrar.
Levanté la cabeza con la verga aún dentro de ella y vi a mi instructor en la puerta. Lo que pasó después no se lo he contado a nadie.