El desconocido del parque a las dos de la mañana
Cuando crucé el parque a las dos de la mañana, lo vi sentado en la banca verde. No esperaba que su mirada me hiciera bajarme los pantalones esa noche.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cuando crucé el parque a las dos de la mañana, lo vi sentado en la banca verde. No esperaba que su mirada me hiciera bajarme los pantalones esa noche.
Habíamos compartido cinco años de aulas sin mirarnos demasiado. Esa madrugada, dentro del ascensor, entendí que él llevaba mucho tiempo esperando que yo le abriera la puerta.
Cuando entró desnudo en las duchas y se quedó mirándome, supe que aquella tarde no iba a terminar como cualquier otro entrenamiento.
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
En las duchas del gimnasio fingí que no miraba. Pero esa noche, en su departamento, ya no había excusas para seguir disimulando lo que ambos queríamos.
En el viaje al apartamento, el conductor me pasó su celular con unos videos. Lo que vino después no estaba en mis planes y nunca lo había hecho con otro hombre.
Me desperté boca abajo, con los pantalones en los tobillos y algo pegajoso entre las nalgas. Lo último que recordaba era el tequila. Lo siguiente sería su confesión.
Coordinamos por mensaje durante toda la tarde. Cuando los vi bajar del auto gris, pensé que tenía todo bajo control. No imaginé hasta dónde iba a llegar esa noche.
Cuando toqué el timbre de su apartamento todavía pensaba en darme la vuelta. Treinta minutos después estaba en su sala con la respiración contenida.
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Era el chico del barrio que entraba de suplente cuando faltaba alguno. Tardé un año entero en entender que él también me estaba mirando.
Cinco años después de aquellas pajas furtivas en la carpa, asomé la cabeza a un baño de obra y encontré a Mateo desnudo, gimiendo contra la pared con otro hombre detrás.
Bajaba al local del bolero a que me lustrara los zapatos y a leer cómics. Ninguno imaginaba lo que terminaría guardando él en el bolsillo de la camisa, ni hasta dónde llegaríamos.
Llevaba años hablando con él sin que pasara nada. Una tarde me propuso un trío con su amigo. Me arreglé, me puse el conjunto negro y crucé esa puerta.
Tenía cincuenta años y veinte de matrimonio cuando acepté la invitación de un hombre al que solo conocía por el chat. Me llevó al hotel y nada quedó en su lugar.
Llegué primero al cuarto, con gorra y gafas, y me senté en el borde de la cama sin saber qué iba a hacer cuando aquel desconocido tocara la puerta.
Las dos copas de vino sobre la mesa baja y la luz tenue del dormitorio me anunciaron que aquella noche iba a ver algo que no debía haber visto jamás.
Dejé el auto a dos cuadras, miré el cartel del local de peces y subí esos escalones sabiendo que, después de ese mediodía, ya no podría mentirme.
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.