El conserje me leyó la mirada antes del primer café
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Era el chico del barrio que entraba de suplente cuando faltaba alguno. Tardé un año entero en entender que él también me estaba mirando.
Cinco años después de aquellas pajas furtivas en la carpa, asomé la cabeza a un baño de obra y encontré a Mateo desnudo, gimiendo contra la pared con otro hombre detrás.
Bajaba al local del bolero a que me lustrara los zapatos y a leer cómics. Ninguno imaginaba lo que terminaría guardando él en el bolsillo de la camisa, ni hasta dónde llegaríamos.
Llevaba años hablando con él sin que pasara nada. Una tarde me propuso un trío con su amigo. Me arreglé, me puse el conjunto negro y crucé esa puerta.
Tenía cincuenta años y veinte de matrimonio cuando acepté la invitación de un hombre al que solo conocía por el chat. Me llevó al hotel y nada quedó en su lugar.
Llegué primero al cuarto, con gorra y gafas, y me senté en el borde de la cama sin saber qué iba a hacer cuando aquel desconocido tocara la puerta.
Las dos copas de vino sobre la mesa baja y la luz tenue del dormitorio me anunciaron que aquella noche iba a ver algo que no debía haber visto jamás.
Dejé el auto a dos cuadras, miré el cartel del local de peces y subí esos escalones sabiendo que, después de ese mediodía, ya no podría mentirme.
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
Entré al consultorio por un dolor en el abdomen. Salí con un número guardado en el móvil y una pregunta que llevaba años evitando contestarme.
Llegué con la única intención de salir del trámite y volver a casa. Cuando Mateo cerró la puerta de la sala de rayos, supe que esa noche no terminaría como había planeado.
El short de bicicleta apenas disimulaba lo que llevaba debajo, y cuando me pidió que me quitara la ropa supe que aquella tarde no iba a ser una depilación normal.
Llevaba un mes sin tocar a nadie cuando él apareció en mi rellano con un pantalón de deporte que dejaba muy poco a la imaginación. Y yo estaba en bóxer.
Esa noche me tocó quedarme a limpiar el departamento. No sabía que aquella derrota en la mesa de póker iba a ser el principio de algo que aún hoy me cuesta contar.
Volví a casa con la verga todavía dura, oliendo a maquillaje y a sudor, sin saber cómo iba a contarle a mi novia lo que había pasado esa noche con ellos dos.
A las tres de la mañana, con el viento helado golpeando la carpa, me deslicé bajo su manta sin pedir permiso. Mauri no se movió, pero yo sabía que no dormía.