Mi primera cita con otro hombre no salió como esperaba
Llevaba meses pensándolo. Esa noche, en un hotel lejos de casa, encendí la app y aceptó subir a mi habitación el primero que apareció a un metro de distancia.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Llevaba meses pensándolo. Esa noche, en un hotel lejos de casa, encendí la app y aceptó subir a mi habitación el primero que apareció a un metro de distancia.
Habíamos visto videos raros en su computadora aquella vez en la oficina. Lo que no esperaba era que meses después, esa misma curiosidad terminara en el sillón, debajo de la cobija.
Cuando le presté el slip rojo a Bruno aquella mañana, no imaginé que mi vecino llegaría a buscarnos y que el sendero al río terminaría en algo que nunca habíamos hecho.
Entró nervioso, casi sin mirarme, y se quitó la ropa antes de que yo terminara de buscar el canal. Tenía piercings en las tetillas y una sonrisa torcida.
Lo de buscar sexo por internet siempre había salido bien, hasta esa tarde de viernes en la habitación 207, cuando entendí que con extraños uno nunca sabe.
Nunca pensé que la primera vez que un hombre me poseyera sería detrás de la espalda de mi mujer, en una habitación que olía a champaña.
Llegué al motel quince minutos antes con las manos sudando. Cuando lo vi cruzar el estacionamiento, supe que no iba a salir de esa habitación siendo el mismo de antes.
Aquel sábado mi tía salió de prisa. Su amante seguía dormido en la habitación. Lo que hice en silencio cambió todo lo que pensaba sobre mí.
Entré al gimnasio buscando mujeres, jamás pensé que sería el entrenador quien terminaría haciéndome temblar en las duchas a medianoche.
Tres meses cruzando mensajes con un desconocido casado, hasta que aquella tarde en el centro comercial decidimos que ya no podíamos seguir solo escribiendo.
Me puso las esposas de terciopelo en las muñecas y el antifaz sobre los ojos. Me dijo que confiara, que iba a gustarme. Yo no sabía cómo decirle que sí.
Pasé el último curso mirándole el culo en sus vaqueros. El día que cumplí los diecinueve volví al aula vacía para terminar lo que nunca empezamos.
Llevaba años fingiendo. Cuando ella propuso pasar el fin de semana en la playa nudista con sus amigos, no imaginé que era la trampa perfecta para sacarme del armario sin avisar.
Uno era atlético y casado. El otro, un señor de paso por mi ciudad. Con los dos descubrí cosas que nunca había sentido y que todavía me persiguen cuando cierro los ojos.
Cuando salí de la ducha rasurado y mareado por el ron, lo vi sentado en la cama con un collar rosa y una peluca. Entendí que aquella isla no era refugio: era una trampa.
Soy padre, soy contador, y aún así esa semana entré dos veces al mismo motel. La primera con un treintañero atlético. La segunda con un chico al que no volví a ver.
Hasta esa noche había sido completamente heterosexual. Bastó una película mal elegida, una almohada improvisada y la respiración de un desconocido en mi nuca.
Cuando me dio la mano para despedirnos, sentí un papel doblado contra mi palma. Decía: «Escríbeme cuando estés solo. Tengo más mezcal y quiero conocerte mejor».
Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. Pensé que era ella otra vez; era él, con dos bolsas en las manos y una mirada que no dejaba lugar a dudas.
Descubrí que algunos hombres se paraban frente a las rendijas de los privados, respirando agitados. Esa noche decidí darles algo que mirar.