Mi ex apareció en el hotel y mi marido sonrió
Bajé al bar a pedir dos tragos y la voz que me dijo «hola» era la última que esperaba escuchar en un hotel para adultos un sábado a la noche.
Bajé al bar a pedir dos tragos y la voz que me dijo «hola» era la última que esperaba escuchar en un hotel para adultos un sábado a la noche.
El espejo me devolvía a una novia perfecta. Nadie imaginaba lo que me obligarían a hacer en la habitación 131 antes de subir al coche nupcial.
Salió del baño, me vio a medio vestir con el uniforme puesto y soltó: «tienes unas piernas fuertes». Ahí supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
No hubo gritos ni reproches. Solo el calor pegajoso de la ciudad y dos cuerpos que sabían que se tocaban por última vez, aunque nadie lo dijera en voz alta.
Esa madrugada me puse la tanga roja, las medias de red y la peluca frente al espejo del hotel, y por primera vez no reconocí al chico de siempre.
Cuando él tomó mi mano para llevarme al ascensor, un calor que no debía sentir me subió por el vientre. Era la persona en la que más confiaba en el mundo, y esa noche todo se rompió.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
Éramos novatos y estábamos nerviosos, pero aquella pareja sentada al fondo del local nos miraba como si supiera exactamente lo que veníamos a buscar.
Mi marido durmió a mi lado sin sospechar que cada noche yo pensaba en el hombre cuyas iniciales todavía me marcan la cadera.
Cuando Mateo abrió la puerta y me vio en lencería, sonrió. Hasta que descubrió que no estábamos solos: alguien lo miraba todo desde el sillón del rincón.
Cuando el último aplauso se apagó, Damián cerró la puerta del camerino con llave y supo que esa voz, y todo lo demás, le pertenecía aquella noche.
El vestido rojo apenas me cubría al entrar a esa habitación; no imaginé que unos ojos al otro lado del cristal seguirían cada uno de mis movimientos.
Tú querías jugar a mandar y a obedecer. Lo que no calculaste fue que, cuando me soltaras las esposas, yo ya no iba a ser el mismo hombre que habías atado.
La vi salir del mar y supe que esa noche tenía que ser mía. Lo que no imaginé fue terminar yo de rodillas, obedeciendo cada orden de una desconocida.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Andrés creía que el viaje los iba a reconciliar. Carmen bajó a la piscina con su bikini rojo y volvió tres horas después, sonrojada, oliendo a sal y a algo más.
Lo había amado de adolescente y la vida nos separó. Veinte años después apareció a mi lado en el jardín, encendió la noche, y todo volvió de golpe.
Llevaba media copa encima y un anillo de compromiso en el dedo. Cuando ese chico empezó a piropearme, supe que aquella noche iba a hacer algo de lo que nunca hablaría.
La primera tarde, un animador del hotel le ofreció un trago mirándole el escote. Bianca cruzó las piernas, se mordió el labio, y supe que ese viaje no iba a ser lo que yo había planeado.