La profesora me rompió el orgullo con su castigo
Cuando cerró el aula y me sonrió como si ya supiera lo que iba a hacer, entendí demasiado tarde que el juego no lo iba a controlar yo.
Cuando cerró el aula y me sonrió como si ya supiera lo que iba a hacer, entendí demasiado tarde que el juego no lo iba a controlar yo.
Entré al taller con el vestido más ajustado que tenía y sin bragas debajo, decidida a que ese hijo de puta me devolviera hasta el último peso que le había robado a mi marido.
Fuimos de la mano hasta la casa del otro tío. Le di un beso en el portal, le dije que me esperara cerca y subí a hacer lo que llevábamos semanas fantaseando juntos.
Entramos temblando al cuarto privado del sexshop, pero nadie imaginó hasta dónde iba a llevarnos aquella mujer.
Me separé de mis amigas, acepté un trago de unos turistas y, cuando quise reaccionar, ya estaba de rodillas en la arena rodeada de hombres.
Después de un error mínimo, su castigo no terminó en lágrimas, sino en una ducha donde la obediencia se volvió hambre pura.
Cuando el teléfono vibró, ya estaba mojada; sabía que me esperaba en el mismo baño, con prisa, desprecio y esa polla que nunca aprendí a negar.
Le quemó el pantalón por reírse de él, y cuando la alcanzó, ella supo que iba a pagar su travesura con el cuerpo entero.
Solo iba a venderle un tanga mojado, pero cuando me dio la primera orden ya estaba abierta de piernas, temblando y deseando obedecer.
Cuando me arrodillé frente a ella pensé que podría aguantar. Media hora después, tenía su pie en la cara y ya no sabía dónde terminaba mi voluntad.
Cuando lo trajeron a la piscina, todavía sonreía. Dejó de hacerlo en cuanto entendió que allí mandaban ellas.
En la galería fingía tenerlo todo bajo control, hasta que un desconocido me ordenó soltar la copa y obedecer.
Cuando abrió la puerta y vio a su ex en el porche, supe que otra vez iba a perderla delante de mis ojos.
Todo empezó con órdenes absurdas en la oficina, y terminó conmigo abierta de piernas para clientes, desconocidos y fiestas que no podía olvidar.
Cuando levanté la mirada del sofá, ella estaba en la puerta de mi salón, mirándome con una calma que tendría que haberme dado más miedo del que me dio.
Llevaba meses escribiéndome con él. Esa tarde cruzó mi puerta sin decir una palabra, y mi marido entendió que esa noche no mandaba en su propia casa.
Llevaba dos años tragándome sus insultos. Esa tarde encontré el archivo que lo cambiaba todo, y supe exactamente cómo iba a hacerle pagar cada humillación.
Subida a una piedra, en tanga y medias de red, vi acercarse los faros del primer camión. Ramiro me lo había advertido: avisa siempre que eres una chica con algo más.
La conocí en la barra del hotel: elegante, pelo corto y rubio, con una sonrisa que ya tenía decidido lo que pasaría conmigo. No imaginé por qué me había elegido.
Preparé el desayuno gateando para no despertarla. No imaginaba que antes del anochecer ella me explicaría, con una sonrisa, que yo solo era una inversión suya.