Nos exhibieron atadas en el jardín del sultán
Esa mañana solo queríamos perdernos la una en la otra. No contábamos con que la favorita entraría con sus guardias y un castigo ya preparado.
Esa mañana solo queríamos perdernos la una en la otra. No contábamos con que la favorita entraría con sus guardias y un castigo ya preparado.
Crucé la puerta esperando una fiesta normal. Encontré un patio lleno de chicas en bikini, ningún otro hombre y una anfitriona con una sonrisa que no era amable.
Dos sillas con un agujero en el medio, una cuerda con un nudo y dos hombres atados sin saber si la próxima ronda les tocaba a ellos. El juego empezaba.
Cuando la puerta del armario se cerró y quedamos a oscuras, sentí su mano subir por mi pierna. Solo teníamos diez minutos.
La primera vez que me obligó a bajar la cabeza mientras me cogía creí que me resistiría. No lo hice. Y descubrí cuánto me gustaba dejar de decidir.
Siempre tuve una fijación rara. Esa tarde decidí que mi mejor amigo iba a ser el primero en obedecerme, de rodillas y sin nada que esconder.
Habíamos firmado el acuerdo y elegido una palabra de seguridad, pero nada me preparó para el instante en que su sombra surgió del túnel y dejé de saber qué era juego.
Cada vez que me quedo solo en casa repito el mismo ritual. Y cada vez es más difícil distinguir el juego de lo que de verdad anhelo ser.
Pensé que mi secreto estaba a salvo detrás de una puerta entreabierta. No imaginé que ella terminaría con mi destino apretado dentro de su puño.
Pensé que aguantar diez golpes sería fácil. No conté con que ella disfrutaría cada uno, ni con lo mucho que yo terminaría disfrutándolos también.
Cerró la puerta del almacén con llave y se guardó el manojo en el delantal. Recién entonces entendí que aquella tarde no iba a terminar con un sermón.
Cada vez que holgazaneaba lo pagaba con ortigas, latigazos y sus botas embarradas. Y lo peor era que una parte de mí ya esperaba el próximo castigo.
Pasó a buscarme, señaló su mejilla para que la besara y entendí que esta vez las órdenes no se quedarían en la habitación: empezaban al subir a su auto.
Llegué con un top rojo y una falda negra, sin ropa interior, sabiendo que al cruzar esa puerta dejaría de pertenecerme a mí misma.
Llevaba un mes atado a su deseo. Esa noche, Selene decidiría cuándo, cómo y cuánto le dolería antes de permitirle por fin soltarlo todo.
Damián aceptó el reto pensando en los mil dólares. No imaginó que terminaría atado en la arena, viendo a su esposa cabalgar a cinco desconocidos mientras él recibía las descargas.
Antes de cada toma se ponía la máscara y dejaba de ser él. Sabía que ella no iba a fingir ninguno de los golpes, y eso era justamente lo que pagaba.
Al principio solo miraba desde la rendija: hombres desnudos, atados, suplicando más castigo a la mujer que reía sobre ellos. Hasta que ella me tendió la mano.
Bastó un resbalón y unas risas crueles para que descubriera que aquella vergüenza, lejos de doler, encendía algo nuevo y oscuro dentro de él.
Cada Navidad escondíamos nuestro secreto bajo ropa recatada. Este año abrí la puerta con mi mujer arrodillada y atada en el salón, esperando a los invitados.