La depilación antes de mi mejor polvo
Salí ardiendo de la camilla, plantada por la app y con tanta calentura encima que acabé llamando a quien menos debía.
Salí ardiendo de la camilla, plantada por la app y con tanta calentura encima que acabé llamando a quien menos debía.
Creí que solo iba a repetir una escena incómoda, pero cuando cerró la puerta del camerino y me ordenó bajarme los pantalones, supe que ya estaba perdido.
Lo invité a nuestra mesa para ayudar a mi esposo, pero cuando cerró la puerta supe que había metido al enemigo en nuestra cama.
Me hizo desnudarme antes de entrar, y cuando vi a las otras tres mujeres mirándome y riéndose, supe que iba a convertirme en su juguete.
Ella salió a buscar sexo, pero en aquel cajero encontró a un hombre roto, sucio y peligroso. Lo que hizo después fue puro castigo.
Temblaba frente a la cruz sin saber si iba a huir o a abrir más las piernas cuando su voz grave me ordenó obedecer.
Mara oyó los aplausos detrás de ella y entendió que la prueba apenas empezaba, aunque su cuerpo ya temblaba sobre el mármol.
Solo quería que dejaran de ignorarme, aunque para conseguirlo tuviera que ponerme delante de todos y dejar que se rieran mientras me observaban.
La vi entrar sola al bar después del partido y supe que la noche no iba a terminar con insultos, sino con una rendición mucho más íntima.
Acepté entrar vendada y de rodillas, pero no estaba preparada para descubrir cuánto asco, miedo y excitación podían mezclarse en una sola noche.
Empezó como una prueba absurda entre jefa y subordinada, pero cuando me vio desnuda y sonrió, supe que ya no mandaba yo.
La humillé en el ascensor por algo que nunca debí saber, y al día siguiente supe que mi trabajo y mi cuerpo ya no me pertenecían del todo.
Me quité la ropa interior antes de salir y, cuando el vagón se llenó, supe que no volvería a bajar del metro igual que había subido.
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.
La primera vez que cerré el candado de su jaula, ella tembló de rabia... y se corrió solo con oír cómo giraba la llave.
No tuve que decírselo; cuando levanté el mentón, él ya sabía que esa noche quería sus golpes, su saliva y su polla hasta el fondo.
Al principio era un juego entre tres, hasta que una noche él dejó de irse y yo entendí que en mi propia casa ya no mandaba nada.
La seguí por instinto, lo vi apretar el paso con la chica y supe que no iba a dejarlo salir entero de aquel callejón.
Ella manejaba en silencio mientras él me tocaba en el asiento trasero, y yo entendí que aquel favor ya no tenía vuelta atrás.
Mi esposa me ordenó calentar el salón, abrir la puerta y escuchar cómo otro hombre la usaba mientras yo obedecía en silencio.