Lo que pasó esa Nochebuena en la cabaña
Karen apareció en la habitación completamente desnuda. Esa no fue la única sorpresa de esa tarde: mi madre entró diez minutos después, y nada volvió a ser igual.
Relatos tabu de historias prohibidas
Karen apareció en la habitación completamente desnuda. Esa no fue la única sorpresa de esa tarde: mi madre entró diez minutos después, y nada volvió a ser igual.
La doctora decía que era normal desear a mi propio hijo. Que las pastillas solo revelaban lo que ya sentía. Y yo, con el cuerpo ardiendo, le creí.
Cuando entré en su cuarto y lo vi, con mi ropa entre sus manos y mi nombre en sus labios, supe que lo que vendría no tenía vuelta atrás.
Entré al salón y lo encontré esperándome con algo detrás de la espalda. Esa sonrisa me dijo antes que él que la noche no iba a ser normal.
Cuando le tomé las manos en el auto, frente a la plaza, ella ya sabía adónde la iba a llevar. Yo todavía fingía que no lo sabía.
Llevábamos meses compartiendo algo prohibido entre hermanos. Esa tarde, mientras ella me contaba todo con las manos ocupadas, la cámara nos reveló algo que lo cambiaría todo.
Lo escuché aparcar en la entrada y no me cubrí. Abrí las piernas en el sofá, moví la tanga a un lado y empecé a tocarme antes de que entrara.
Carmen me esperaba cada noche en su cuarto. El sábado en que mi hermana volvió, entendí que el pacto que habíamos sellado iba a reescribirse otra vez.
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Cuando volví del baño, mis dos hermanos la tenían acorralada en el centro del salón, y en su mirada no había sorpresa: había una sonrisa que llevaba meses esperando ese momento.
Andrés tocó el timbre cuando solo yo estaba en casa. Le ofrecí esperar a mi madre en el sofá; lo que pasó después borró cualquier rastro de inocencia.
Llevaba meses fingiendo que los piropos de su primo no le afectaban. Esa tarde, al cruzarlo sola en el pasillo en ropa interior, supo que ya no podía seguir mintiéndose.
Cuando bajé al salón con las bragas que él me había mandado ponerme, encontré a los cuatro desnudos en el sofá y entendí que la venganza ya había empezado.
Cuando se encendió la cámara, ella ya esperaba a los dos chicos sentada en el sofá. Yo no podía apartar la vista ni dejar de tocarme mientras los oía gemir.
Lo encontré en mi cama con una de mis bombachas en la mano y un fajo de billetes sobre la colcha. Lo que vino después no fue por la plata.
Cuando se cortó la luz, ella seguía con el pie sobre mi regazo. Sentí cómo lo movía despacio, fingiendo que era casualidad, sabiendo perfectamente que no lo era.
Esa noche supe que mi cuerpo respondía a la voz de mi tío incluso antes de que me tocara, y el espejo de su cuarto recordó cada movimiento mejor que yo.
Lucía siempre fue la hija obediente, hasta esa tarde en la que cerró la puerta de su habitación, me miró fijo y me pidió algo que ningún hermano debería pedir.
Llegamos al noveno piso casi sin paciencia, ella borracha de deseo y yo dispuesto a todo. Lo que no esperaba era encontrar a su madre despierta, con la pantalla iluminada.
Bajé al salón pensando que iba a ser una cena tranquila. Mi madre apareció con una falda corta, una camisa transparente y una baraja de cartas en la mano.