La tarde que mi tía me untó la espalda con crema
Volví quemada del sol y mi tía me llamó a su cuarto para aliviarme con crema. Cuando sus manos llegaron a mis caderas, supe que algo había cambiado entre nosotras.
Relatos tabu de historias prohibidas
Volví quemada del sol y mi tía me llamó a su cuarto para aliviarme con crema. Cuando sus manos llegaron a mis caderas, supe que algo había cambiado entre nosotras.
Mi madre tenía cuarenta años y un cuerpo que aún giraba cabezas. Una madrugada bajé por agua y entendí, asomado a la escalera, por qué Ricardo había vuelto.
Cuando se quitó el vestido en mitad del claro, con la barriga enorme bajo el sol y los tres amigos de su hijo mirándola, supe que esa tarde no iba a ser un paseo.
Diana nunca bailaba así, ni siquiera en bodas. Pero esa madrugada, con el vestido caído hasta la cintura y la stripper entre sus piernas, dejó de fingir.
La primera madrugada sentí el peso de alguien sobre el colchón. Olía a tabaco y a tierra. Me quedé inmóvil, fingiendo dormir, mientras una mano subía por mi pierna.
Cuando escuché sus pasos en la escalera ya estaba desnuda al borde de la cama, sin entender por qué lo había hecho ni qué iba a pasar cuando entrara.
Aquel mediodía de agosto las primas extendieron el mantel a la sombra de un roble. Lo que Lucía le preguntó después cambió todo entre ellas.
Cuando le ofrecí ducharnos juntas para quitarnos el sudor, pensé que sería un gesto inocente. Su forma de mirarme desde la puerta del baño me dijo otra cosa.
Cuando abrí los ojos en esa habitación blanca, mi madre estaba desnuda frente a mí, y nada de lo que nos habían enseñado sobre el bien y el mal volvió a tener sentido.
La marea me trajo libretas y lápices el mismo día en que todo lo que creía firme entre Tomás y yo empezó a derrumbarse. No imaginé para qué iban a servirme.
Bajó en toalla recién duchado, con una sonrisa que no le conocía. Yo aún no sabía que esa noche iba a ser mi primera vez con un hombre.
A solo tres agujeros de gusano de distancia existe una tierra idéntica a la nuestra, salvo que allí el deseo no se esconde y las familias se despiden con corridas en el rostro.
Cuando supe que me quedaban pocos años, decidí vivirlos sin reglas, y empecé por la persona que dormía a tres metros de mi puerta cada noche.
Mi padre subió a la siesta empapado en sudor, con un bulto evidente en la bragueta. Yo solo le dije una frase, sin pensar lo que vendría después.
Mi hija dejó la copa, se quitó los leotardos en el sofá y me miró con una sonrisa que no le había visto en diez años. Fuera, la primera nevada del invierno cuajaba en el ático.
Apretujado en el asiento de atrás, su pierna sudorosa contra la mía, sentí cómo su mano se deslizaba bajo la camiseta mientras mis padres conversaban adelante.
Lo até con cuerdas para que no me mordiera. Lo bañé entre las ruinas. Lo que descubrí esa noche entre los estantes vacíos cambió quién era yo para siempre.
Cuando encontré la carpeta oculta en su ordenador, supe que aquellas miradas furtivas no eran imaginación mía. Y supe también que ya no quería que parara.
Cuando puse la mano sobre su pecho y no la retiré, supe que esa tarde no iba a terminar como las otras. Tenía el doble de mi edad y olía a cerveza fría.
Crucé el pasillo descalza, pensando solo en llegar al baño. Entonces escuché los golpes secos al otro lado de la puerta entreabierta y supe que no iba a poder seguir caminando.