Mi primo me deseaba vestida de mujer
Tres semanas pensando en su propuesta y en la fantasía más perversa que se me había ocurrido jamás. Cuando me escribió, supe que iba a decir que sí.
Relatos tabu de historias prohibidas
Tres semanas pensando en su propuesta y en la fantasía más perversa que se me había ocurrido jamás. Cuando me escribió, supe que iba a decir que sí.
Cuando salí del baño a las tres de la mañana, mi tío me miraba desde la cama con una luz tenue, y supe que ninguno de los dos iba a fingir que no pasaba nada.
Todos en el barrio la deseaban, pero esa tarde de cumpleaños descubrió hasta dónde era capaz de llegar para ser, otra vez, el centro de su propia familia.
Cuando bajó del tren con dos maletas y unos tacones imposibles, supe que aquella convivencia con mi sobrina no se parecería en nada a lo que había imaginado.
Cuando abrió la camisa y sentí su colonia llenar la cocina, supe que ese desayuno con mi sobrino no iba a terminar en un café tranquilo.
Creía que la conocía de toda la vida, pero esa tarde mi abuela me confesó algo que cambió para siempre la forma en que miraba a mi propia familia.
Lo vi en bóxer una sola vez y desde entonces no puedo dormir sin pensar en él. Que sea mi medio hermano debería bastar para detenerme, pero no basta.
Cuando me lo encontré en aquella playa, después de tres años sin vernos, ya no era el niño que me tiraba arena al pelo. Algo en su mirada me dijo que esto no iba a acabar bien.
Cuando entré al baño después que mi primo y me puse la ropa interior limpia, sentí algo húmedo y pegajoso entre las piernas. Tardé un segundo en entender qué era.
Cuando la chica de la bata abrió la puerta del gabinete, casi se me cae el alma a los pies: era Lorena, mi prima mayor, la del escote imposible en la boda de su hermano.
Las amigas de mi hermana llamaban a mi puerta con cualquier excusa. Lo que jamás imaginé es quién terminaría delante de ella a las tres de la madrugada.
Nos había pillado a las dos juntas hacía apenas unos días. Cuando volví a tocar el timbre de su casa, no imaginaba que su hija ya lo tenía todo planeado para esa noche.
Necesitaba compañía. Sin pensarlo, le pregunté si quería meterse conmigo. Lo que vino después cambió todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis amigos.
Estábamos subidos al cerezo robando fruta cuando Hugo me confesó la obsesión que arrastraba desde niño. Esa misma tarde, su madre todavía no sabía lo que venía.
Bajé al baño buscando a Mateo y Ricardo, y lo que encontré detrás de la puerta entreabierta me dejó clavado en el pasillo, sin aire y sin poder mirar hacia otro lado.
Mi hermana se reía mientras yo le contaba lo que había leído en el WhatsApp de mi hijo, y no imaginé que esa tarde terminaría yo arrodillada delante de él.
Catalina salió a la terraza en camisón blanco, se sentó a mi lado sin decir palabra y esa noche dejamos de ser solo hermanos en la casa frente al mar.
Tenía dieciocho años, mi hermana veinticinco, y aquella melena negra suya me quitaba el sueño desde que tengo memoria. Aquel verano me prometí hacerla mía como fuera.
Llegó un domingo a las nueve de la mañana. Pedía ayuda para una fantasía que él mismo no se atrevía a nombrar en voz alta dentro de su propia casa.
Tenía veinticinco años y figuraba como su madrastra. La cena empezó con marisco y vino blanco, y ninguno de los dos pensaba terminarla en el piso de él.