Mi medio hermano se fue y yo no puedo olvidarlo
Lo vi en bóxer una sola vez y desde entonces no puedo dormir sin pensar en él. Que sea mi medio hermano debería bastar para detenerme, pero no basta.
Relatos tabu de historias prohibidas
Lo vi en bóxer una sola vez y desde entonces no puedo dormir sin pensar en él. Que sea mi medio hermano debería bastar para detenerme, pero no basta.
Cuando me lo encontré en aquella playa, después de tres años sin vernos, ya no era el niño que me tiraba arena al pelo. Algo en su mirada me dijo que esto no iba a acabar bien.
Cuando entré al baño después que mi primo y me puse la ropa interior limpia, sentí algo húmedo y pegajoso entre las piernas. Tardé un segundo en entender qué era.
Cuando la chica de la bata abrió la puerta del gabinete, casi se me cae el alma a los pies: era Lorena, mi prima mayor, la del escote imposible en la boda de su hermano.
Las amigas de mi hermana llamaban a mi puerta con cualquier excusa. Lo que jamás imaginé es quién terminaría delante de ella a las tres de la madrugada.
Nos había pillado a las dos juntas hacía apenas unos días. Cuando volví a tocar el timbre de su casa, no imaginaba que su hija ya lo tenía todo planeado para esa noche.
Necesitaba compañía. Sin pensarlo, le pregunté si quería meterse conmigo. Lo que vino después cambió todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis amigos.
Estábamos subidos al cerezo robando fruta cuando Hugo me confesó la obsesión que arrastraba desde niño. Esa misma tarde, su madre todavía no sabía lo que venía.
Bajé al baño buscando a Mateo y Ricardo, y lo que encontré detrás de la puerta entreabierta me dejó clavado en el pasillo, sin aire y sin poder mirar hacia otro lado.
Mi hermana se reía mientras yo le contaba lo que había leído en el WhatsApp de mi hijo, y no imaginé que esa tarde terminaría yo arrodillada delante de él.
Catalina salió a la terraza en camisón blanco, se sentó a mi lado sin decir palabra y esa noche dejamos de ser solo hermanos en la casa frente al mar.
Tenía dieciocho años, mi hermana veinticinco, y aquella melena negra suya me quitaba el sueño desde que tengo memoria. Aquel verano me prometí hacerla mía como fuera.
Llegó un domingo a las nueve de la mañana. Pedía ayuda para una fantasía que él mismo no se atrevía a nombrar en voz alta dentro de su propia casa.
Tenía veinticinco años y figuraba como su madrastra. La cena empezó con marisco y vino blanco, y ninguno de los dos pensaba terminarla en el piso de él.
La luna iluminaba las siluetas dentro de la otra carpa y, antes de comprender qué pasaba adentro, yo ya no podía moverme del lugar donde estaba.
Cuando bajé descalzo a la cocina aquella mañana y vi a mi padre sentado en calzoncillos, supe que algo iba a romperse antes de la primera taza de café.
Estaba amamantando a la bebé cuando ella entró, se sentó en el suelo y me preguntó si alguna vez yo le había dado pecho. No supe cómo contestarle.
Pensaba que la pandemia solo me había puesto en forma. Hasta que mi hijo me agarró en la cocina y supe que él también miraba a su madre como yo.
Esa noche, después de entregarme a Marcos, mi teléfono vibró. Un número que no conocía decía amarme y conocía cada detalle de lo que yo era en secreto.
Cuando me dijo que su madre fue una tonta por dejarme, yo todavía pensaba que era un cumplido inofensivo. Cinco minutos después la estaba besando.