Mi prima recién casada me besó esa tarde
Aquel mediodía de agosto las primas extendieron el mantel a la sombra de un roble. Lo que Lucía le preguntó después cambió todo entre ellas.
Relatos tabu de historias prohibidas
Aquel mediodía de agosto las primas extendieron el mantel a la sombra de un roble. Lo que Lucía le preguntó después cambió todo entre ellas.
Cuando le ofrecí ducharnos juntas para quitarnos el sudor, pensé que sería un gesto inocente. Su forma de mirarme desde la puerta del baño me dijo otra cosa.
Cuando abrí los ojos en esa habitación blanca, mi madre estaba desnuda frente a mí, y nada de lo que nos habían enseñado sobre el bien y el mal volvió a tener sentido.
La marea me trajo libretas y lápices el mismo día en que todo lo que creía firme entre Tomás y yo empezó a derrumbarse. No imaginé para qué iban a servirme.
Bajó en toalla recién duchado, con una sonrisa que no le conocía. Yo aún no sabía que esa noche iba a ser mi primera vez con un hombre.
A solo tres agujeros de gusano de distancia existe una tierra idéntica a la nuestra, salvo que allí el deseo no se esconde y las familias se despiden con corridas en el rostro.
Cuando supe que me quedaban pocos años, decidí vivirlos sin reglas, y empecé por la persona que dormía a tres metros de mi puerta cada noche.
Mi padre subió a la siesta empapado en sudor, con un bulto evidente en la bragueta. Yo solo le dije una frase, sin pensar lo que vendría después.
Mi hija dejó la copa, se quitó los leotardos en el sofá y me miró con una sonrisa que no le había visto en diez años. Fuera, la primera nevada del invierno cuajaba en el ático.
Apretujado en el asiento de atrás, su pierna sudorosa contra la mía, sentí cómo su mano se deslizaba bajo la camiseta mientras mis padres conversaban adelante.
Lo até con cuerdas para que no me mordiera. Lo bañé entre las ruinas. Lo que descubrí esa noche entre los estantes vacíos cambió quién era yo para siempre.
Cuando encontré la carpeta oculta en su ordenador, supe que aquellas miradas furtivas no eran imaginación mía. Y supe también que ya no quería que parara.
Cuando puse la mano sobre su pecho y no la retiré, supe que esa tarde no iba a terminar como las otras. Tenía el doble de mi edad y olía a cerveza fría.
Crucé el pasillo descalza, pensando solo en llegar al baño. Entonces escuché los golpes secos al otro lado de la puerta entreabierta y supe que no iba a poder seguir caminando.
La puerta había quedado entornada. Cuando me incorporé sobre la mesa, vi a mi hermano pequeño mirando desde el pasillo. No se atrevía a entrar.
Llevábamos un día perfecto cuando vino a sentarse en mis rodillas. No imaginé que un roce, una curiosidad y un descuido mío borrarían la línea entre padre e hija.
Camila se fue a probar un vestido a otra tienda y me dejó solo con su madre. Cuando entramos al baño del centro comercial, ya no había forma de fingir que no había mirado todo el día.
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
Le dije que ya podía bañarse sola. Ella bajó la cabeza y susurró que aún tenía miedo. No imaginé hasta dónde llegaría esa ducha.
Dejé la taza en la mesita, me arrodillé al lado de la cama y entendí que esa mañana nada volvería a ser como antes en esta casa.