La fantasía que mi esposa me confesó tras la posada
A las tres de la madrugada, dos hombres tocaron la puerta. Lo que ninguno de ellos sabía era que Camila llevaba semanas pidiéndome esa noche.
A las tres de la madrugada, dos hombres tocaron la puerta. Lo que ninguno de ellos sabía era que Camila llevaba semanas pidiéndome esa noche.
Cuando abrió los ojos y me vio desnuda a su lado, intentó convencerse de que todo había sido un error. Yo sabía que iba a volver a buscarme antes del mediodía.
Detrás del calentador había un hueco mal sellado. Desde el patio se veía la regadera entera. Esa noche descubrí lo que mis hermanas hacían cuando se creían solas.
La primera vez que pisó la lavandería traía las botas embarradas y una sonrisa que me desarmó. Y yo solo era una empleada del hotel sin nada que ofrecerle.
Abrí la puerta sin hacer ruido. Tres hombres dormidos en el mismo cuarto y ella en bragas rojas, sobre la cama, con una camisa que no era mía.
La blusa se me había pegado al cuerpo y los pezones marcaban a través de la tela. Sabía exactamente lo que estaba haciendo y por qué seguía acelerando la cinta.
Aquella tarde no fui a jugar al fútbol. Fui a perder algo que ya estaba decidido a perder, sin imaginar que mi madre llegaría antes de tiempo.
Cuando Camila se inclinó sobre mi oído para decirme que la chica ya estaba en casa y nos miraba desde el pasillo, pensé que se detendría. Hizo justo lo contrario.
Bajé envuelta solo en una toalla y, al llegar al penúltimo escalón, descubrí que la sala estaba llena de gente que ya me había visto entera por la pantalla.
Tenía veinte años, dos meses y catorce días cuando llenó el tanque, subió a la sierra y empujó la puerta de la única carnicería abierta de Risca Alta.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.
Cuando los vecinos se marcharon, ella seguía allí, inmóvil entre la hierba alta, con un ramo de violetas apretado contra el pecho y los ojos fijos en Marisol.
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
En el aula vacía, atada de muñecas y con la falda subida, descubrí lo que mi guía de tercer año entendía por «orientación».
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Pensaba estudiar tranquila para el examen del jueves. Pero un sonido detrás de la puerta entornada del estudio de papá me clavó al pasillo.
Cuando me señaló entre la marea de gente, supe que esa noche iba a romper algo que llevaba años intentando mantener intacto.
Eran las siete de la mañana, acababa de romper con mi novia por mensaje y la vecina seguía boca abajo en mi cama. No pensaba desperdiciar la mañana.