Lo acompañé a buscar apuntes y caí en su trampa
Me había puesto la pollerita corta porque él me lo pidió por mensaje. Ninguno imaginaba que esa noche íbamos a terminar siendo cuatro en aquel sillón.
Me había puesto la pollerita corta porque él me lo pidió por mensaje. Ninguno imaginaba que esa noche íbamos a terminar siendo cuatro en aquel sillón.
Diego entró detrás de mí al baño del bar y echó el pestillo. Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar y, a esas alturas, ya no me quedaban fuerzas para detenerlo.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
A las nueve se inyectaba la hormona; a las diez entregaba los apuntes y el resto de su cuerpo en el asiento trasero. Era el trato, y lo cumplía sin temblar.
Estaba solo, tomando el último sol de la tarde, cuando aquel joven salió del agua y se sentó demasiado cerca. Su pregunta no buscaba un cigarrillo.
El herrero había salido a ver al conde. Solo necesitábamos unos minutos detrás de la leñera para olvidar que el mundo entero condenaba lo nuestro.
El último mensaje de Saúl había llegado siete días antes: «A las seis, no faltes». Y a las seis en punto subí, con el pulso en la garganta y el cuerpo decidido antes que la cabeza.
Entró en el probador frente a mí con siete bikinis. La cortina no llegó a cerrar del todo, y a partir del tercero ella supo que la estaba mirando.
Adrián medía cada gesto conmigo, como si supiera algo que yo no sabía. Tardé en descubrir que el chico al que besaba ya tenía la maleta lista y una vida esperándolo en otra ciudad.
Llamó a mi puerta a medianoche con los ojos rojos y la voz quebrada. No esperaba que la última noche del viaje terminara con mi alumna en mi cama.
El camión quedó varado en la fábrica hasta el día siguiente, y aquella tarde de cervezas terminó destapando lo que ninguno de los dos había contado jamás.
Bruno me dejaba arrodillarme frente a él, pero jamás me besaba: decía que eso no se hacía con cualquiera. Yo solo quería dejar de ser un cualquiera para alguien.
Carla me llevaba veinte años y nunca había estado con una mujer, pero esa madrugada supo exactamente qué hacer con sus manos, su boca y mi paciencia.
El vibrador todavía zumbaba dentro de mí cuando su nombre apareció en la pantalla. Podíamos salir a dar una vuelta, sí, o podía subir y terminar lo que yo había empezado sola.
Desde la ventana de su despacho lo veía sudar sobre la bicicleta, sin saber que aquel juego de miradas terminaría con ella llamando a su puerta.
Me quité las bragas, las dejé bajo su almohada y me arrimé a su espalda sin darle ni los buenos días. Tenía media hora antes de la primera tutoría.
Él llegó antes de lo previsto, con cervezas frías y ganas de sorprenderla. Ella le contestó desde el baño con la voz quebrada, incapaz de explicarle por qué tardaba tanto.
Cada mañana me servía el café con una sonrisa que duraba un segundo de más. Yo sabía que tenía novio. Ella sabía que yo lo sabía. Y aun así, ninguno apartó la mirada.
Llevaba un short rojo que dejaba muy poco a la imaginación, y cada vez que se inclinaba sobre el cuaderno yo perdía por completo el hilo del apunte.
Dije en voz alta que jamás había besado a nadie, y lo que mis amigas propusieron a continuación, bajo el sol de julio, terminó de la forma más inesperada.