Busqué a un hombre que me pegara hasta romperme
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
Subió la escalerilla y dejó ese culo a dos dedos de mi cara, sacudiéndose el agua del pelo como un cachorro, sabiendo perfectamente lo que hacía.
Tenía veinticinco años y figuraba como su madrastra. La cena empezó con marisco y vino blanco, y ninguno de los dos pensaba terminarla en el piso de él.
A las tres de la madrugada le pregunté si quería besarme. Lo único que nos separaba era el sueño de la chica que dormía a un metro de la cama.
La luna iluminaba las siluetas dentro de la otra carpa y, antes de comprender qué pasaba adentro, yo ya no podía moverme del lugar donde estaba.
Olía a piel limpia y perfume caro. Mi lengua se movió antes que mi cabeza, y cuando ella giró la cara y me miró, supe que no había vuelta atrás.
Eran casi las once de la noche y el edificio entero parecía vacío. Cuando giré la silla, lo único que faltaba era que alguien abriera esa puerta. Y la abrieron.
Tres horas antes le había mordido el cuello bajo el agua tibia. Ahora otro le tomaba el brazo como si fuera suya, y ella no se apartaba.
Era nuestra primera pijamada sin sus padres en casa. Cuando apagó la luz, su mano buscó la mía bajo las sábanas, y entendí que llevaba años esperando ese gesto.
Cuando vio el cartel de neón con la bailarina, supo que esa noche no volvería al hotel siendo la misma mujer que había salido.
Cuando bajé descalzo a la cocina aquella mañana y vi a mi padre sentado en calzoncillos, supe que algo iba a romperse antes de la primera taza de café.
Era mi auxiliar en la oficina, una belleza imposible que me robaba la mirada. Una noche, desde el chat, descubrí todo lo que su ropa apretada llevaba semanas escondiéndome.
Llevaba meses sospechando algo entre ellos. Esa madrugada, después del último trago, descubrí que mi instinto no me había engañado en absoluto.
Cuando llegué al claro, Iker ya me esperaba apoyado en la piedra, con esa sonrisa nerviosa que solo me dedicaba a mí cuando estábamos solos.
Cuando me dijo que se parecía a la cantante del mostrador al disfrazarse, su madre sonrió y yo entendí que aquello no iba a quedarse en una broma.
Llevaba años conociéndolo y nunca había pasado nada entre nosotros, hasta esa tarde en el parque, cuando me miró distinto y todo empezó a cambiar muy despacio.
Tenía veintiún años y era la hija de la pareja de mi mejor amiga. Yo le enseñaba ecuaciones; ella me enseñaba a no preguntar dónde había estado las noches que no aparecía.
Me desperté antes que ella, dejé que el agua corriera y, cuando me di vuelta, Camila estaba ahí, descalza, con el pelo revuelto y esa sonrisa.
Lo vi tocar el bajo tres semanas seguidas antes de hablarle. Cuando entramos a la sala VIP y se cerró la puerta, supe que no se iba a casa sin probarme.
Solo querías comprobar que estuviera bien. La puerta entreabierta, el reflejo de la lámpara sobre su piel, y de pronto ya no podías moverte de ahí.