Mi prima y yo cumplimos la fantasía del jacuzzi
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
En el aula vacía, atada de muñecas y con la falda subida, descubrí lo que mi guía de tercer año entendía por «orientación».
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Pensaba estudiar tranquila para el examen del jueves. Pero un sonido detrás de la puerta entornada del estudio de papá me clavó al pasillo.
Cuando me señaló entre la marea de gente, supe que esa noche iba a romper algo que llevaba años intentando mantener intacto.
Eran las siete de la mañana, acababa de romper con mi novia por mensaje y la vecina seguía boca abajo en mi cama. No pensaba desperdiciar la mañana.
Bajé la luz del salón para que ella no me viera, pero cuando la sábana empezó a moverse bajo su cadera supe que esa noche no iba a dormir.
Bajé por agua a las dos de la madrugada y la luz azul del televisor me detuvo en seco. Mi hijo estaba en el sofá, y yo no pude apartar la mirada.
Mateo me hizo un gesto con la cabeza y subió las escaleras. Yo lo seguí sin pensarlo, sabiendo que su novia era mi mejor amiga y que ya nada podía detenernos.
Cuando abrí la puerta, lo vi delgado y desgarbado, con las mejillas marcadas por el acné. Iba a ser la primera vez de los dos: para él en la cama, para mí en mucho tiempo.
Llevaba toda la tarde buscando, sin suerte. Ya estaba camino a casa cuando vibró el celular: «Tengo el auto en el estacionamiento del híper, ¿te animas?».
Llevaba un vestido tan corto que no había prenda interior posible, y ella me miró desde el otro lado de la barra como si ya supiera cómo iba a terminar mi noche.
Esa primera noche, Vega cruzó el pasillo descalza, entró en la alcoba principal y se sentó en la cama king. Lo que hacían en el catre del barrio ya no exigía esconderse.
Su mamá salió a una diligencia, su hermana se fue con la amiga, y nos quedamos solos. Camila abrió el libro de biología y empezó a hacer preguntas que ningún profesor contesta.
Esa noche bajé por un vaso de agua y nunca llegué a la cocina. Lo que vi entre las sombras del rincón me dejó clavado durante una hora entera.
Tengo 41 años y aquella madrugada acepté la invitación de una pareja jovencísima a un local de ensayo. Lo que pasó cambió mi idea del deseo.
Llevaba semanas insinuándose entre bromas y caricias hasta que me lo pidió como regalo de cumpleaños. Esa noche dejó de ser virgen en mi cama.
Cuando levanté las piernas en la vertical olvidé que solo llevaba un tanga. Mi culo quedó frente a la cara de Kendra y su sonrisa no fue de sorpresa, fue de hambre.