Lo que hicimos con Camila en el baño del instituto
La nueva se sentó a mi lado y abrió las piernas para que yo viera lo que tenía debajo de la pollera. La clase de biología nunca fue tan larga.
La nueva se sentó a mi lado y abrió las piernas para que yo viera lo que tenía debajo de la pollera. La clase de biología nunca fue tan larga.
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos cuando volví al juego, y todos terminaban con la misma captura: su avatar sentada en el banco vacío, esperándome a horas distintas.
Decía que ya lo había intentado en una fiesta pero le dolió y se detuvo. Esa tarde, en el motel, me confesó que en realidad nunca había estado con un hombre.
Cuando los vi salir juntos del ascensor supe que aquella tarde iba a ser muy distinta a todas las que había tenido con él.
Cuando aceptamos bajar del coche, no sabía que mi blusa terminaría hecha jirones, las maletas en mis manos y el resto del fin de semana sin ropa interior.
Pensé que la noche acabaría con un videojuego y una cena tonta. No con su cuerpo arrodillado frente a mí, temblando tanto como yo.
Bajé al baño a las tres de la mañana y escuché la risa de mi tía detrás de la cortina. Mi padre apareció a mi espalda con la misma sonrisa cómplice.
Cuando me llamó desde su habitación esa tarde, todavía no sabía que la consulta que iba a pedirme cambiaría para siempre lo que sentíamos el uno por el otro.
Bastó una mirada al WhatsApp para que un chat vacío empezara a deshacer seis años de matrimonio. Lo que vino después no se podía deshacer.
Llevaba cinco años poniendo un ingrediente íntimo en mis platos y yo lo había probado todos los días sin saberlo. Hasta que aquella tarde se atrevió a confesarlo.
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Bajaba del ascensor con la escoba y la cara baja. Nadie en el edificio imaginaba que ese chico de Salta tenía mi número guardado, ni lo que iba a pasar un martes a las nueve.
Sabía que era bisexual, pero no si yo le gustaba. Esa tarde me puse el short más corto y la camiseta más fina, y dejé que la duda se respondiera sola.
Cuando empecé a dormirme en el sillón, sentí su mano subiendo por mi muslo. Levanté la cabeza y Camila me miraba con una sonrisa que no le conocía todavía.
Cuando vi la talla real del hombre que iba a tomar a mi novia esa noche, dejé el móvil en el trípode y aprendí lo que era ser el novio que mira, graba y obedece.
La conocí trotando con su husky por el parque. Tres semanas después estaba descalza en mi sofá, sin camiseta, preguntándome por los pendientes que llevaba debajo del top.
Cuando le abrí la puerta a las diez de la mañana, no imaginaba que un favor con el iPhone terminaría con él gimiendo bocarriba en mi cama.
Pensé que ya sabía lo que era el placer hasta que esa noche, descalza sobre la arena, una mano desconocida me apartó el pelo de la nuca.
Tenía veintiún años y nunca había estado con nadie. Lo que empezó como un mensaje en una app terminó en la habitación catorce de un motel a cinco cuadras de mi casa.
Llegué al chalet creyendo que era una reunión casual; cuando vi a la chica del bikini rojo abriéndome la verja supe que la tarde iba a ser distinta.