Mi hijo me confesó su fantasía con su madre
Pensaba que la pandemia solo me había puesto en forma. Hasta que mi hijo me agarró en la cocina y supe que él también miraba a su madre como yo.
Pensaba que la pandemia solo me había puesto en forma. Hasta que mi hijo me agarró en la cocina y supe que él también miraba a su madre como yo.
Cuando Diego cerró la puerta de la furgoneta y desapareció hacia las luces del supermercado, supe que tenía media hora para hacer todo lo que llevaba meses imaginando.
Camila evitaba mirarme desde el otro lado de la piscina. Esa noche, cuando salí a tomar aire entre los naranjos, ella me siguió en la oscuridad sin que yo le pidiera nada.
Me planté frente a ella con el pans gris sin nada debajo, sabiendo que el bulto se marcaba demasiado como para parecer un descuido inocente.
La primera vez fue un accidente. Después, cada noche que él recibía visita yo movía el sillón a la ventana y dejaba que la mano bajara sola.
Mi marido no necesita tocarme primero. Necesita ver cómo otros me miran sin permiso, cómo se traban cuando paso. Después viene él, y el deseo ya no cabe en la cama.
Llevábamos meses esperándolo. Mis padres por fin saldrían, ella llegó con lencería azul oscuro y los dos temblando, y entonces el cuerpo decidió otra cosa.
Cuando la vi cruzar las llegadas del aeropuerto supe que aquella huésped no era ninguna niña. Lo que no imaginé es que acabaríamos desnudas bajo la misma ducha.
Escondía en un cajón cacheteros que nunca enseñaba a nadie. Esa noche, con un hombre de cincuenta y un años del otro lado de la pantalla, decidí mostrarlos.
Bajé la mano sin pensarlo, con el celular en la otra y su foto llenando la pantalla. Nunca había deseado así a una mujer, y ella ni siquiera sabía que yo existía.
Llevaba años fantaseando con ella en silencio. Cuando dejó caer el vestido en medio de mi salón, supe que esa noche nadie iba a dormir.
Damián siempre cobraba veinte dólares. Esa tarde llegó con Camila al asiento del acompañante y la mirada cómplice de quien ya había hablado de mí con ella.
La conocí entre píxeles y promesas a distancia. Ella nunca supo que cada noche, sola en mi cuarto del hotel frente al mar, me la imaginaba a mi lado.
Volví por segunda vez al antro buscando placer y un chico nuevo me eligió. Lo que prometía ser una clase fácil terminó marcándome de una forma que no esperaba.
Acepté bailar para una despedida de soltero porque necesitaba el dinero. Lo que no esperaba era que cuatro chicos me ofrecieran el doble por algo más.
Pensé que solo subíamos al pinar a comer tortilla y beber vino tinto. No imaginé que aquella tarde mi prima me iba a pedir que la tocara entre los árboles.
Cuando entró al living vestida con una camiseta vieja y los muslos cruzados, pensé que algo le dolía. Lo que me confesó después era mucho peor que un calambre.
Cuando volvió del baño con los ojos rojos, supe que iba a abrazarla. Lo que no supe es que ese abrazo era el principio de algo que llevaba meses callando.
Mi novio me presentó como su amiga ante toda su familia. Su tío lo notó y me deslizó un papel con su número y una palabra escrita: «después».
Trece años casada, una hija y un cuerpo que apenas reconocía. No esperaba que la mirada de un pibe entre las mancuernas me empujara a dar el primer paso.