Lo que pasó en la ducha entre cuatro amigas
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Llevaba años ganando sin sentir nada. Hasta que la chica de las gradas creció, volvió convertida en su rival y se plantó frente a su puerta.
Llevaba media vida estudiando cómo se movía sobre la pista. Lo que nunca imaginé fue terminar a solas con ella en los vestidores, sin caretas ni defensas.
Abrí la puerta esperando a un vendedor cualquiera. Lo que no esperaba era quedarme mirando cómo se le aceleraba la respiración cada vez que mi bata se abría un poco más.
Cuando entró a mi oficina detrás del jefe, supe que iba a perder. Su voz la había escuchado mil veces; ahora la tenía a un metro, mordiéndose el labio.
Tenía las mallas más coloridas que había visto y una sonrisa que me dejó muda. Cuando me dijo que iba a ducharse, las toallas que me dejó eran una invitación.
Apenas el maestro salió del cuarto, escuché otros pasos en el pasillo. El que tocaba la puerta no era él: era el muchacho que esperaba su turno conmigo.
Nunca había usado una tanga, pero esa tarde decidí estrenarla en el rincón más concurrido del mercado, justo donde nadie podía dejar de mirarme.
Pensé que tenía aquel pedazo de paraíso para mí solo. Cuando abrí los ojos, tres desconocidas me observaban entre risas y yo seguía completamente desnudo.
Llevábamos años siendo solo amigos. Esa madrugada, con la casa vacía y dos cervezas de más, descubrí cuánto deseaba algo que nunca me había permitido pensar.
Subí la escalera despacio, sabiendo que él miraba debajo de mi vestido, y por primera vez no sentí vergüenza: sentí unas ganas enormes de dejarlo ver todo.
Crecimos compartiendo secretos bajo las estrellas. La noche que su padre se fue de turno, descubrí que el niño con el que jugaba se había convertido en otra cosa.
Yo no esperaba mucho de aquella aplicación esa noche, pero su perfil apareció a doscientos metros y, sin saber por qué, fui yo quien dio el primer paso.
Cerró la puerta de la sacristía, puso su mano helada sobre la mía y me dijo que ya no era una niña. El viento aullaba afuera y yo supe que estaba perdido.
Lo escribí pensando que nadie lo leería jamás. El día que mi madre abrió ese cuaderno, todo entre nosotros dejó de tener marcha atrás.
Desde que enviudé, mis sobrinas se volcaron en cuidarme. Aquella tarde nos quedamos solos en la piscina y supe que nada volvería a ser como antes entre nosotros.
Nadie le había hablado nunca de su propio cuerpo. Esa noche, frente al espejo del baño, Valeria entendió por primera vez lo que su piel podía darle.
Estaba rodeada de gente más joven que yo, sin planes y con toda la libertad del mundo. No imaginé hasta dónde nos llevaría la oscuridad de esos médanos.
La conocí en un trabajo grupal del primer año y desde el principio hubo algo diferente. Lo que Camila guardaba en secreto sobre sus deseos me dejó sin palabras.
Con diecinueve años y una vida entera entre colegios femeninos, aquella noche aprendí más de lo que podía imaginar.