Su primera experiencia empezó con un secreto
Reconocí el apellido en cuanto lo dijo. Dos años atrás había estado con su tía, y ahora ella me miraba con esos mismos ojos oscuros y esa boca pequeña.
Reconocí el apellido en cuanto lo dijo. Dos años atrás había estado con su tía, y ahora ella me miraba con esos mismos ojos oscuros y esa boca pequeña.
Quedamos solos en el gimnasio, él me dijo algo sobre mi cuerpo y todo cambió. Esa tarde en el vestuario fue exactamente lo que siempre quise que pasara.
Me mandaron a dirección y encontré a la coordinadora en plena masturbación. Ahí supe que tenía poder. Y también que iba a disfrutarlo mucho.
Las chicas del equipo se habían ido a conocer la ciudad. Yo estaba sola en la habitación cuando llamaron a la puerta. Era él, con esa sonrisa que me ponía nerviosa desde el primer miércoles.
Estábamos desnudas cuando el timbre sonó. Camila salió a abrir y yo me vestí a toda prisa. Lo que vino después lo cambió todo entre nosotras.
Elena apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y sus pechos emergieron entre las burbujas. El tipo de la autocaravana de al lado llevaba rato sin disimular.
Cuando Sofía cruzó la puerta de mi departamento, no sabía exactamente qué le esperaba. Su madre lo había planeado todo con semanas de anticipación.
Cuando se acercó a la piscina esa tarde y me preguntó si alguna vez había estado con una mujer, supe que ese verano iba a ser diferente.
Eran primos, se veían poco, y esa noche estaban solos en el salón mientras todos dormían. No debía pasar nada. Casi no pasó.
Llevaba semanas hablando con él en la app, pero hasta esa noche nunca habíamos quedado. Tenía la imagen de su cuerpo grabada y una erección que no me dejaba pensar.
Llevaba semanas sin sacárselo de la cabeza. Ese chico flaco del parque, con las manos manchadas de carbón y esa mirada directa que no le pedía permiso a nadie.
Ella nunca había estado con nadie. Yo era su primo. Lo que empezó como una reunión familiar terminó de madrugada cuando me susurró que me había esperado toda la noche.
Llevaba apenas una semana descubriendo el placer con otra mujer cuando la sobrina de mi marido llegó a la puerta. No lo pensé. La besé.
Andrés me abrió la puerta con esa sonrisa que me desarmaba. Sofía no estaba. Yo tampoco había ido por ella.
Sofía pesaba noventa kilos de pura autoridad. Renata lo entendió la noche en que una carpeta vieja cambió el equilibrio de poder entre las dos para siempre.
El dueño del gimnasio pidió que se quitara toda la ropa. Yo asentí con calma y esperé. Lo que pasó después fue mejor que cualquier fantasía.
Llevaba dos horas en su salón respondiendo preguntas como si fuera una entrevista de trabajo. En cierta forma, lo era.
Tres noches seguidas la escuchó entrar al baño a la misma hora. En la cuarta, se paró en el pasillo. Solo para mirar una vez, se dijo.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Esa noche cerrando el gym, el único socio que quedaba entró a las duchas al mismo tiempo que yo.
Estaba sentado aparte mirando el agua con resignación. Era tímido, era virgen y era perfecto para lo que mi amiga y yo llevábamos pensando toda la tarde.