Desperté siendo ella y no quería salir
Me senté en el suelo con su foto y unas velas. Cuando abrí los ojos, era ella: su voz, su cuerpo, su camerino detrás del escenario.
Me senté en el suelo con su foto y unas velas. Cuando abrí los ojos, era ella: su voz, su cuerpo, su camerino detrás del escenario.
Me puse la falda más corta que tenía, abrí la puerta y los saludé sabiendo exactamente qué habían visto y qué más iba a pasar esa noche.
Crucé las piernas en su clase y él no pudo apartar los ojos. Supe que el juego había comenzado, y que esta vez yo iba a llevar la ventaja.
Cuando Clara vio la cerradura oxidada del cuarto cuatro, no se asustó ni dudó. Suspiró, pidió la toalla de siempre y entró primero.
Llevábamos cuatro cervezas y dos apuestas perdidas cuando propuso la tercera. Debería haberme levantado del sofá y haberme ido. No lo hice.
Ella lo notó antes que yo. Me tomó la mano en la pista y me miró como si supiera exactamente lo que yo seguía sin admitirme.
Compartir cama con el novio de mi cuñada parecía inofensivo. Pero cuando noté su cuerpo contra el mío en plena oscuridad, supe que la noche no terminaría bien.
El trato era simple: si llegaba hasta el garaje sin que nadie la viera, la recompensa sería inolvidable. Pero el edificio nunca estaba del todo vacío.
Habíamos cruzado una línea de la que no había retorno. De pie frente al juzgado, entendí que lo que sentía por él era más real que cualquier miedo.
La regla era simple: nada de enamorarse. Pero cuando Rocío me mandó ese audio a medianoche, supe que esto iba a complicarse más de lo que quería.
Esa tarde fui al taller del mecánico con un sobre de plata y una pollera al ras. Entré como una nena. Salí caminando distinta.
Había algo que su tío llevaba meses pidiendo. Ella, meses negándose. Hasta que vio ese celular sobre el mostrador y todo cambió entre ellos.
Cuando Bruno apagó el porro y me miró así, supe que la noche terminaría de un modo muy distinto a como había comenzado. Y ninguno de los dos lo lamentó.
Cuando le confesé en el balcón lo que aquel desconocido me había hecho un mes antes, no esperaba que me pidiera acompañarme la siguiente vez.
Llevaba cuatro días intentando no hacer ruido en los pasillos. Esa noche ella me esperaba con una sonrisa que no era inocente y un plan que no podía negarme.
Esa noche en la casa alquilada de Búzios, con tres tipos y una botella de vodka a medias, Camila decidió que la vergüenza podía esperar hasta mañana.
Cuando Marcos bajó del tejado empapado en sudor, Carmenza ya sabía que no iba a dejarlo ir. Llevaba demasiado tiempo esperando a un hombre así.
Me prometí esperar. Que cuanto más me lo negara, más intenso sería. Pero el cuerpo tiene sus propias razones y esa noche no estaba dispuesto a ceder.
Cuando abrí la puerta y lo vi parado ahí, no pensé en nada malo. Pero su manera de mirarme las piernas me hizo quedarme exactamente donde estaba.
Apareció en mi pantalla una noche cualquiera, pero su voz ronca hizo que algo dentro de mí se despertara con una urgencia que no sabía que existía.