La obsesión que me llevó a llamar al amigo de mi hijo
Marqué su número con las manos temblando. Tres tonos. Cuando atendió, supe que ya no había vuelta atrás aunque colgara antes de hablar.
Marqué su número con las manos temblando. Tres tonos. Cuando atendió, supe que ya no había vuelta atrás aunque colgara antes de hablar.
Cuando vio a Camila apoyada contra la heladera con esa media sonrisa, entendió que ese verano en casa de su padre se le iba a complicar mucho más de lo previsto.
Aparecí desnuda en el salón sin avisar. Ellos levantaron la vista del televisor y supieron, antes de que yo dijera nada, que aquella tarde no se iba a parecer a ninguna otra.
Aquella tarde de café se transformó en una noche en el parque. Lo que ocurrió junto al río, bajo la luz de la luna, marcó para siempre lo que sentía por él.
Toqué el dulce con la cuchara y se la pasé en la falda. Empezó a comer mirándome y supe, en el segundo lametón, que esa tarde nadie iba a estudiar.
Cuando el icono del sistema parpadeó esa noche, supe que mi suegro tenía otro show preparado, pero esta vez la chica que entraba en la sala era su hija.
Crecimos juntos como hermanos y nunca la miré con otros ojos. Hasta la mañana en que volví antes y la sorprendí saliendo de la ducha sin nada encima.
Encontré su ropa interior sobre el cesto cuando entré al baño. No la había guardado bien. Y desde ese instante ya no pude volver a verla igual.
Cuando su madre tomó la guardia nocturna y él la esperó con la luz del taller encendida, Daniela supo que ya no podía seguir mintiéndose a sí misma.
Llevábamos tres semanas hablando sin vernos. Cuando por fin crucé la puerta de su piso esa noche, supe que no iba a salir igual de allí.
Llevábamos cuatro años besándonos a escondidas como dos novios secretos. Cuando los tíos cerraron la puerta camino al aeropuerto, supe que esa noche ya no habría retorno.
Una cámara escondida detrás de los libros, dos hermanos dispuestos a compartirlo todo y una novia con una sonrisa demasiado franca para resultar inocente.
Cuando le pedí que me acompañara a fumar al final del jardín, los dos sabíamos que ya no íbamos a volver a la fiesta como tío y sobrina.
Subí las escaleras sin hacer ruido y me detuve frente a la puerta entreabierta de mi recámara. Adentro, mi hijo embestía a su novia sobre mis sábanas.
Cuando abrió los ojos, ella aún dormía a su lado, desnuda. Bruno supo en ese instante que la noche no había terminado, no del todo, y que solo les quedaban unas pocas horas.
Llevaba años sin verla. Cuando bajó del autobús ya no era la niña que recordaba, y aquella noche terminamos compartiendo mucho más que la sábana.
Yo me masturbaba pensando en ella cuando empujó la puerta sin avisar, recién duchada y sin una sola gota de ropa encima. Lo que vino después no debería contarse.
Aceptó compartir a su novio con su mejor amiga. Lo que ninguna esperaba era que el placer real estuviera entre ellas dos, sin él en la habitación.
Llevaba meses cobrando por desconocidos cuando llamó una chica que venía a perder la virginidad conmigo. Esa tarde lo entendí casi todo.
Eran las cuatro de la tarde, los tres con resaca, mi novio sin saber qué decir y su amigo mirándome como si supiera lo que yo iba a proponer en la cocina.