El charro maduro que me cambió esa semana
Bajé a la cocina a medianoche sin imaginar que él seguía despierto. Estaba en el jardín fumando, con ese aire que no se aprende. Me miró y no hice nada por marcharme.
Bajé a la cocina a medianoche sin imaginar que él seguía despierto. Estaba en el jardín fumando, con ese aire que no se aprende. Me miró y no hice nada por marcharme.
Me puse el vestido negro sin sujetador porque nadie me iba a ver. Error. Tres chicos de veinte años me miraron como si fuera lo único que existía en el mundo.
Me miré al espejo y la cara que vi no era la mía. Era la suya. Y dentro de ese cuerpo ajeno, algo empezó a despertar que no debería haber despertado.
Lo besé por primera vez a los dieciséis años y no pudimos terminar. Once años después lo encontré en el club de mi novio con otra mujer del brazo.
Sabía que esa noche iba a ir demasiado lejos. Lo sentí desde el principio, y aun así no pude parar hasta ver hasta dónde llegaba mi propio cuerpo.
Llevaba cuatro días bajo el mismo techo de la mujer de mi padre cuando ella dejó la puerta de su habitación entornada y me dijo, sin palabras, que subiera.
Cuando escuché los gemidos mezclados con el sonido del agua, debí haberme dado la vuelta. En cambio, me agaché entre los arbustos y me acerqué.
Cuando me arrastró al baño con una mano en mi jersey, dejamos de ser jefa y empleado. Ya no había vuelta atrás.
Salió del baño con una americana blanca que apenas cubría lo justo, un chupete rojo en los labios y esa sonrisa suya. Supe que esa noche iba a ser distinta.
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.
Cuando bajé al arroyo a aliviarme, no pensé que la luna y las luciérnagas serían los únicos testigos. Hasta que al amanecer descubrí que no eran los únicos.
Cruzar las piernas en el momento justo fue todo lo que necesité para que dejara de fingir que no me miraba. Lo demás fue cuestión de tiempo.
Esa mañana cruzamos la puerta de la comisaría juntos. Esa noche nos quedamos solos en casa, sin barreras, sin miedo. Y supimos que también era el principio del adiós.
Tenía veinte años, una falda demasiado corta y la certeza de que podía manejarlo. Al cerrar la puerta del despacho descubrí que el control nunca había sido mío.
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
Fui a ese club de mala gana. Nicolás llegó a buscar a su hermana y se fue conmigo. Nadie lo sabe todavía, y tampoco me arrepiento.
La tarde que Diego llegó sudado del partido y se quitó la camiseta, todo cambió. El tatuaje que Carmen había ampliado en la pantalla la noche anterior.
Cuando pasé por el taller, las luces estaban apagadas. Pensé que se habían ido. Entonces escuché su voz desde la ventana del camión, llamándome por mi nombre.
Eran las tres de la mañana, la casa dormía y yo estaba sentada en su regazo sin entender cómo había llegado hasta ahí.
Él me lo pidió en voz baja antes de que me pusiera los zapatos. Junté las plantas de mis pies y lo miré. Lo que vino después duró todo el día.