La tarde que salí a buscar lo que necesitaba
Llevaba días conteniendo el deseo mientras él viajaba. Esa tarde no aguanté más: me puse la tanga roja y salí a cazar.
Llevaba días conteniendo el deseo mientras él viajaba. Esa tarde no aguanté más: me puse la tanga roja y salí a cazar.
Cuando por fin lo dije en voz alta, su mirada cambió. Ya no era solo mi amigo. Era otra cosa, y yo lo había pedido desde el principio.
Me puse el vestido negro, las sandalias de tacón, y por primera vez no me avergoncé del cuerpo que veía en el espejo. Esa tarde, él me esperaba.
Llevaba lencería negra y el anillo puesto. Marcos se sentó en el sillón frente a la cama. El otro hombre ya estaba en la puerta.
La primera vez que me puse un par de tacones ajenos supe que esa imagen en el espejo era la versión más honesta de mí misma. Tardé años en aceptarlo.
Subí a la azotea sin que ella lo supiera. Abajo, con la camiseta mojada pegada al cuerpo, mi madre colgaba ropa interior para que el obrero de al lado la viera bien.
Se lo confesé en mi despacho una mañana, y su respuesta me dejó sin palabras: «Me volvías loca esperando que hicieras algo». Ese día fue el inicio.
La novia me la presentó como «una compañera del trabajo». Tenía el vestido justo, un tatuaje en el escote y una manera de mirar que no era casual.
Me miré al espejo con la lencería de Sofía puesta y entendí que no podía seguir ignorándolo: quería que un hombre me viera así.
Quedamos solos en el gimnasio, él me dijo algo sobre mi cuerpo y todo cambió. Esa tarde en el vestuario fue exactamente lo que siempre quise que pasara.
Diana llegó con su marido aparentando timidez. En cuanto me buscó con la mirada desde el sillón, entendí que esa noche no iba a olvidar.
La ducha llevaba minutos lista, pero el espejo me tenía atrapada. Semidesnuda, con el corazón acelerado, supe que esa noche no iba a necesitar a nadie más.
El chat ardía con fotos de lencería y promesas de fuego. Seis personas, tres parejas, una cabaña. Lo que pasó ese fin de semana no lo contamos a nadie más.
Estábamos completamente desnudas, con las piernas cruzadas y las tazas en la mano, y fue ahí cuando Sofía me preguntó si quería mudarme con ella.
Llevaba semanas sin sacárselo de la cabeza. Ese chico flaco del parque, con las manos manchadas de carbón y esa mirada directa que no le pedía permiso a nadie.
Llevaba apenas una semana descubriendo el placer con otra mujer cuando la sobrina de mi marido llegó a la puerta. No lo pensé. La besé.
Llevaba un vestido ajustado de mi compañera cuando un taxista frenó para pedirme servicio. Nunca imaginé que iba a disfrutarlo tanto.
Pulsé el timbre con los dedos temblorosos. Sabía que al otro lado de esa puerta me esperaba alguien capaz de convertirme en lo que siempre había soñado ser.
Me había llevado la maleta con mi ropa de nena sin que nadie supiera. Pero Roberto, mi vecino de cincuenta años, tenía ojos muy atentos.
La vi a través del vaho, sin que ella lo supiera. Cuerpo moreno, pechos firmes, el agua cayéndole por los hombros. Y yo sin poder apartar los ojos.