Su prima le propuso algo prohibido una tarde de agosto
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Me vestí más provocativa de lo necesario para ir a comprar pan. Lo supe al mirarme al espejo: no iba a la panadería por pan, iba por él.
La primera vez que entré no sabía lo que pasaba en la oscuridad. Una mano extraña rozó mi pierna y lo cambió todo para siempre.
Un hombre corriente que descubrió que bajo la ropa de su esposa vivía otra versión de sí mismo, lista para salir cuando llegó el encierro.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.
Cuando le dije que podía llamar a alguien para que lo acompañara, fue a comprar cigarrillos. Treinta minutos después, Sofía bajó la escalera en tacones.
La tienda estaba vacía y el chico era joven. Yo llevaba días imaginando ese momento exacto y no pensaba desaprovecharlo.
Esa semana entera dormimos mal. Sabíamos lo que nos esperaba el sábado, y esa certeza convertía cada noche en un anticipo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.
Tumbada en la cama del hotel con la venda puesta, escuchas cómo alguien entra en la habitación. No sabes si es hombre o mujer. Solo sabes que os mirabais en la app hace una hora.
Nunca había salido vestida a la calle. Ese viernes decidí que era el momento: minifalda, tacones y el vagón más lleno del año. Lo que pasó superó todo lo imaginado.
La conocía desde los diecisiete. Le había contado todo. Y aquella tarde, mientras le subía el cierre del vestido, entendí que también quería besarla.
Cuando volvió de la cocina con dos cervezas, su mirada ya no era la misma. Y la abultada silueta bajo su jean tampoco dejaba dudas sobre lo que iba a pasar.
Nunca pensé que cruzar el umbral de un bar discreto con la ropa interior de mi esposa terminaría llevándome a una habitación de hotel con un desconocido.
Bajé la maleta sin saber que en uno de los cajones del armario me esperaba algo que cambiaría el rumbo de aquel fin de semana en la casa familiar de mi pareja.
Llevaba años hablando con él sin que pasara nada. Una tarde me propuso un trío con su amigo. Me arreglé, me puse el conjunto negro y crucé esa puerta.
Volví a casa con la verga todavía dura, oliendo a maquillaje y a sudor, sin saber cómo iba a contarle a mi novia lo que había pasado esa noche con ellos dos.
El cliente invocó al señor de las tinieblas pidiendo riquezas y placer. La segunda sombra que llamé reveló un deseo que él jamás se había atrevido a nombrar.
Nos sentamos frente a frente con un martini cada una. Una regla: vernos, hablarnos, olernos. Tocar, prohibido. Y ella tenía un cubito de hielo en la mano.
Subí en el ascensor con tacones y peluca, rezando para no cruzarme con nadie. Él abrió en albornoz y me llamó zorra antes de que dijera hola.
Me miré al espejo con su lencería puesta, los tacones y los labios pintados, y supe que no podía quedarme en casa. Eran las dos de la mañana.