El vecino de enfrente me miraba sin que yo supiera
Cuando levanté la vista del vibrador, lo vi en la ventana de enfrente: cabeza rapada, torso desnudo y la mano moviéndose al mismo ritmo que la mía.
Cuando levanté la vista del vibrador, lo vi en la ventana de enfrente: cabeza rapada, torso desnudo y la mano moviéndose al mismo ritmo que la mía.
Me puse minifalda y tacones ese jueves que tenía la casa para mí sola. Solo iba a coquetear un rato. Eso me dije mientras él cerraba la puerta del cuarto de cámaras detrás de nosotros.
Quería jugar conmigo como si fuera una muñeca. Me vistió capa por capa, me puso la correa y dijo que eso era apenas el principio.
Llevábamos diez años casados y creía conocerla bien. Una noche en un motel, me confesó lo que siempre había querido, y yo decidí dárselo.
La propuesta llegó con la tercera copa: cada noche, uno de los cuatro mandaría en la habitación del otro. Dijeron que empezábamos esa misma noche.
Cuando me mandó la foto desde el probador con la lencería puesta, la cerré sin contestar. Ella lo vio. Eso fue lo que empezó todo.
Cuando le dije que había sido una niña mala, ya sabía lo que vendría. La até, la castigué y tomé lo que era mío. Ella solo pedía que no parara.
Mi marido disfrutaba que los hombres me devoraran con la mirada. Esa noche, dos de ellos hicieron mucho más que mirar.
Cuando escuché el carrito del elotero pensé solo en saciar el antojo. Lo que no esperaba era que terminara su noche en mi cocina, mirándome como si yo fuera el postre.
Bajo mi camisa de botones hay encaje. Bajo el pantalón formal, medias de red y ligueros. Mis compañeros ven a Matías. Yo sé quién soy en realidad.
Me puse la ropa interior más provocadora que tenía y caminé sola hasta la orilla del río. Esa noche descubrí que el cuerpo siempre sabe lo que quiere.
Cuando llegamos a casa de Pablo y Vera, el champán ya estaba frío. Yo traté de aparentar calma. Mi cuerpo llevaba semanas traicionándome cada vez que él lo mencionaba.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Guardé el vibrador en la mochila y salí de casa sin decírselo a nadie. El camino de los pinos estaba oscuro y frío, y esa noche quería exactamente eso.
Me invitaron a cenar, me contaron su vida swinger y cuando ella abrió el escote y me miró así, supe que esa noche iba a cambiar algo en mí.
Llevaba meses pensando en ella, en sus pies, en su boca. La fiesta de Halloween nos dio la noche que los dos buscábamos sin decirlo en voz alta.
Me mandó una foto que solo se podía ver una vez. Cuando la abrí en el coche, frente a su portal, supe que esa noche iba a ser muy diferente.
Entré a su casa sabiendo exactamente qué iba a pasar. Él estaba en la sala. Ella estaba en otro estado, ajena a todo.
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.
Sofía llevaba semanas con esa mirada traviesa. Cuando me propuso que un extraño la viera tocarse por cámara mientras yo observaba en silencio, dije que sí sin dudarlo.