Mi amante odiaba un sabor hasta aquella mañana
Había un único límite que Marisa nunca cruzaba, y yo había aprendido a respetarlo. Hasta que una mañana, desayunando, se me ocurrió la manera de saltármelo sin que ella sufriera.
Había un único límite que Marisa nunca cruzaba, y yo había aprendido a respetarlo. Hasta que una mañana, desayunando, se me ocurrió la manera de saltármelo sin que ella sufriera.
Llevaba semanas sin salir y el fuego me carcomía. Esa madrugada me puse la peluca, abrí el abrigo en la reja y dejé que la calle decidiera por mí.
Le abrí la puerta con un solo vestido de botones y nada debajo. Si entendía la invitación, perfecto; si no, ya sabría yo cómo dejársela clara.
Vino a pedirme la impresora y se quedó mirando la pantalla con una pregunta en la punta de la lengua que lo cambió todo entre nosotros.
Me asomé apenas un segundo por la rendija de la puerta. Fue lo que tardó en grabárseme para siempre, y en arruinarme cada noche que vino después.
Entré en tu cuarto sin avisar, con la voz baja y la calma de quien ya decidió todo. Esta vez no había mensajes a medias: ibas a aprender de la peor manera.
Eran pasadas las once, todos dormían y la lluvia caía fuerte. Pensé que solo iba a mojarme un rato en el patio. No imaginé hasta dónde me iba a atrever esa noche.
Me quité el biquini en el jacuzzi sabiendo que él me miraba de reojo desde el tejado. Lo que vine a olvidar se convirtió en lo único que recuerdo del viaje.
Nunca habíamos pasado de un saludo cortés, pero esa tarde empapada, atrapada por la lluvia en su tienda, todo cambió con un solo mensaje en mi teléfono.
Subí a aquel piso por un corte de pelo. Ella abrió la puerta con la promesa de quedarse en tanga delante de un completo desconocido.
Crucé la puerta de su habitación esperando encontrarlo dormido. Lo que vi me trajo recuerdos que creía enterrados, y no fui capaz de darme vuelta.
Esa noche el reto era simple y demente a la vez: recorrer el terreno desnuda, a cuatro patas, pasando justo frente al ventanal donde cualquiera podía verme.
Pasaba por detrás de mi hijo con él pegado a mi espalda, conteniendo la respiración. Sabía que estaba mal, y justo por eso no podía parar.
No habían pasado ni cinco minutos de película cuando su mano ya buscaba debajo de mi short, y yo, en lugar de apartarla, recé para que nadie en la sala volteara a mirarnos.
Salí de la ducha y ahí estaba ella, mirando entre mis piernas con esa sonrisa que ya conocía. Sabía exactamente dónde apretar para que dejara de discutir y empezara a obedecer.
Si me corría en el segundo exacto, ella me dejaría hacerlo. Si fallaba, me prometía un castigo que yo llevaba semanas temiendo y deseando a partes iguales.
Cada vez que me quedo solo en casa repito el mismo ritual. Y cada vez es más difícil distinguir el juego de lo que de verdad anhelo ser.
Llevaba un mes atado a su deseo. Esa noche, Selene decidiría cuándo, cómo y cuánto le dolería antes de permitirle por fin soltarlo todo.
Al principio solo miraba desde la rendija: hombres desnudos, atados, suplicando más castigo a la mujer que reía sobre ellos. Hasta que ella me tendió la mano.
Crucé la puerta y no oí nada. Ese silencio significaba una sola cosa: esa noche mi Ama no estaba para juegos, y yo iba a pagar cada minuto de su mal humor.