Nadie me avisó del fuego que llega a los cuarenta
Llevaba años apagada hasta que una tarde, sola en casa, entendí que mi cuerpo seguía vivo, hambriento, y que ya nadie iba a despertarlo por mí.
Llevaba años apagada hasta que una tarde, sola en casa, entendí que mi cuerpo seguía vivo, hambriento, y que ya nadie iba a despertarlo por mí.
Le dije que no se me ocurría nada para escribir. Se levantó de mi regazo, dejó caer la ropa al suelo y me ordenó con una sonrisa: «Descríbeme».
El corsé se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y el satén apretaba sus muñecas. Frente al espejo, Adrián dejaba de fingir y por fin era quien deseaba ser.
Esa mañana desperté con una idea fija en la cabeza, y por primera vez no la aparté. Lo que hice a solas todavía me cuesta confesarlo en voz alta.
Antes de meterme a la ducha, me acosté en la cama con mi vibrador morado y decidí que esa tarde nadie iba a decirme cuándo parar.
Entre correo y correo, con la puerta cerrada y el cronómetro en marcha, llevo años perfeccionando una rutina que jamás le he contado a nadie. Hasta hoy.
Bajé la cerveza, me quedé quieto en la tumbona y comprendí que ella no sabía que la cortina blanca dejaba ver absolutamente todo desde mi balcón.
Tenía veinte años y nunca había visto a un hombre desnudo cuando Mariela me llevó de la mano hasta la pared del fondo y susurró que mirara por la grieta.
Eran las 18:53 cuando sonó el telefonillo. Tres semanas esperando y de pronto ahí estaba ella, seria y elegante, dispuesta a cumplir cada una de sus condiciones.
Entré sin pensar en quién estaría del otro lado del muro. Lo que no imaginé fue reconocer la voz que pidió permiso para acercarse.
Bajé la voz hasta volverla un susurro: —Imagina que vamos por la autopista y alguien, desde otro coche, ve justo lo que te hago con la mano.
Acababa de borrar las pruebas de la noche anterior cuando lo vi en el hall, listo para marcharse. Solo tenía que decirle que no. No lo dije.
Sabía que alguien podía verme desde la calle. Por eso dejé la persiana abierta, me senté frente a la ventana y empecé a tocarme despacio, esperando esa mirada.
Tenía una cita esa misma noche, pero antes acabé de rodillas en el asiento de un coche aparcado. No estaba en mis planes, y por eso me gustó tanto.
Durante una semana entera la observé desde detrás de una duna, convencido de que jamás me acercaría. Hasta que perdió las llaves de su casa un sábado por la tarde.
Pensé que el ruido era del piso viejo, hasta que reconocí qué era: un gemido de mujer. Y venía de la habitación de mi mejor amigo.
Sabía que debía irse, dar media vuelta y respetar la intimidad de Lucía. Pero los gemidos del otro lado de la puerta la clavaron en el sitio, conteniendo la respiración.
Vino a casa solo para que le retratara la boca. Lo que ninguno de los dos previó fue lo que esa cámara despertaría entre nosotros aquella tarde.
La sala estaba casi vacía cuando ella eligió sentarse a una butaca de distancia. No miraba la pantalla: me miraba a mí, y quería que yo lo notara.
Me escondí entre los árboles solo para mirarla nadar. Lo que pasó cuando me descubrió aún me hace temblar cada vez que estornudo.