Invité a una lectora al cine y aceptó mi juego
Reservé dos entradas para una sala casi vacía y le regalé una a una desconocida que me leía. No sabía si vendría, hasta que la vi buscar su asiento en la penumbra.
Reservé dos entradas para una sala casi vacía y le regalé una a una desconocida que me leía. No sabía si vendría, hasta que la vi buscar su asiento en la penumbra.
Tomé la primera salida de la autopista sin pensarlo. Lo que ella acababa de contarme no me dejaba conducir, y todavía no le había confesado lo que de verdad quería.
Iba ligera de ropa, vestida apenas, cuando algo enorme y húmedo se desprendió de entre la maleza y me sujetó los brazos antes de que pudiera gritar.
«Solo hay una forma de averiguarlo», dijo mientras se acercaba al potro. Yo había ido a que me sacara la zanahoria, no a correrme delante de un desconocido con bata.
Cuando vi su foto, supe que esa noche no dormiría: la desnudé con la mente y dejé que mi imaginación cruzara los kilómetros que el cuerpo no podía.
Aferrada al pasamanos del vagón, lo único que podía hacer era mirarlo de reojo e imaginar todo lo que nunca pasaría entre nosotros.
Volvía a confesarse cada semana por el mismo motivo, y callaba siempre la parte más importante: que el hombre al otro lado de la rejilla era el dueño de todos sus pecados.
Llevo meses repitiendo la misma escena en mi cabeza durante el trayecto de vuelta. Hoy, cuando el asiento de al lado se ocupó, casi se me corta la respiración.
Salí en bicicleta sin ropa interior, con el celular vibrando de mensajes que no debí abrir. El camino estaba vacío, pero yo me sentía observada por todos.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
Llegué a casa, lancé los tacones por el aire y dejé que mi imaginación hiciera lo que jamás me atrevería a hacer en la oficina.
Tenía el corazón acelerado y la sábana empapada a los siete grados de la madrugada. El problema no era el frío: era con quién había soñado.
No buscaba amor ni compañía. Buscaba que la miraran, que la desearan, que la imaginaran desnuda bajo el vestido. Esa noche decidió ser puro fuego.
Abrió la puerta sin mirar por la mirilla y reconoció esa sonrisa de mil pantallas. Su vecina era ella. Y acababa de pedirle un favor de lo más inocente.
Eran las tres de la mañana, la casa en silencio, y yo con el teléfono pegado al pecho esperando que esa voz sin cuerpo me dijera, por fin, todo lo que llevaba semanas imaginando.
Me ordenó desnudarme en su comedor y empezar a barrer. Yo solo era su juguete esa tarde, y cada palmada en el culo me recordaba quién tenía el control.
Entré al baño con la tanga puesta y salí con ella enredada en el pelo. No imaginaba que la fila para entrar a la sala sería la parte más larga de la noche.
Me puse la minifalda más corta solo para ver si conseguía ponerlo nervioso. No imaginé que esa misma noche él volvería a aparecer, esta vez dentro de mi cabeza.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Esa noche de brujas no esperaba compañía. Pero algo frío se materializó a los pies de su cama y susurró su nombre como si lo conociera de toda la muerte.