El jardinero maduro que me espiaba al despertar
Abrí las cortinas medio dormida y no me di cuenta de que él estaba al otro lado del cristal, mirándome. Y algo en esa mirada me hizo querer dejarlo seguir.
Abrí las cortinas medio dormida y no me di cuenta de que él estaba al otro lado del cristal, mirándome. Y algo en esa mirada me hizo querer dejarlo seguir.
Lo decidí la noche anterior, mientras él dormía: a la mañana siguiente empezaría, sola, una rutina que llevaba años imaginando y que nunca me había atrevido a sostener.
Subí al último vagón pensando en un viaje tranquilo. Nunca imaginé que la mujer del vestido verde me invitaría a mirar todo lo que su pareja iba a hacerle.
Apreté el último tornillo, le di la vuelta y supe que algo había salido mal. Lo que no imaginé fue cómo terminaría aquella siesta frustrada.
La primera vez fue un reflejo en el cristal: una silueta inmóvil al otro lado del patio, mirándola desayunar en bata. No apartó la cortina. Tampoco la cerró.
Me escondí en el descanso de la escalera solo para oír su voz grave hablar de mi cuerpo. Sabía que estaba mal. También sabía que ya no podía dejar de buscarlo.
Esa noche, después de publicar, abrí el correo y encontré un mensaje suyo. No sabía que un desconocido podía moverme tanto solo con palabras.
Se quedó quieta entre los árboles, roja de vergüenza, con las manos cruzadas a la espalda. —Solo déjame mirar —susurró—. Nunca he visto a un hombre hacerlo.
Llevaba todo el día sin ganas de nada. Hasta que al encender la caldera vi a la mujer del edificio de enfrente caminar casi desnuda por su cocina, ajena a mi mirada.
Tenía la ventana abierta y la mano donde no debía cuando escuché su voz a tres metros. Cuando abrí los ojos, ella ya me estaba mirando.
Me senté en el puesto del copiloto solo por curiosidad, pero esa noche entendí que algunas decisiones se toman sin pensarlas demasiado.
Me senté en penumbra, decidida a no tocar a nadie y solo observar. Pero mis dedos tenían otros planes mientras la veía entregarse a dos hombres a un metro de mí.
Llevaba semanas pensando en ella cada noche, hasta que esa cena terminó en el asiento del auto, con su mano buscando lo que yo apenas lograba esconder.
Solo iba a tomar una cerveza con ella mientras esperaba a la pareja con la que había quedado. Nunca había pisado un club así, y la curiosidad pudo conmigo.
Solo había bajado por un vaso de agua. Lo que escuché en la planta baja me dejó clavada en el último escalón, conteniendo la respiración para que no me oyeran.
Cuando crucé la mirada con él al otro lado del vidrio, supe que esa misma tarde iba a convertir su curiosidad en algo que ninguno de los dos olvidaría.
Desde el primer día me pidió una foto para presumir ante sus amigas. Nunca imaginé hasta dónde llegaría su placer por exhibirme delante de otras.
Acordamos vernos temprano, cuando todavía no había nadie. Lo que empezó como otro de nuestros juegos por mensajes terminó siendo algo que no pude sacarme de la cabeza en todo el día.
A las tres de la madrugada ella seguía despierta, con la cabeza en mi brazo, esperando el momento exacto en que yo abriera los ojos para empezar.
El divorcio no me hundió: me devolvió el aliento. Esa noche, con el vestido de botones y una copa servida, dejé que un desconocido mucho más joven me hiciera sentir viva.