Mi compañero de viaje me sorprendió en la ducha
Llevábamos una semana de cenas con clientes y madrugadas en blanco. Yo solo quería diez minutos de ducha y mi mano. Y entonces la puerta se abrió.
Llevábamos una semana de cenas con clientes y madrugadas en blanco. Yo solo quería diez minutos de ducha y mi mano. Y entonces la puerta se abrió.
Aparqué en la planta más vacía del subsuelo y le pregunté si seguía segura. Asintió. Le tendí el sobre con los billetes y le pedí que solo mirara, nada más.
Levanté los ojos del libro y ahí estaba, asomado a su ventana, sin camiseta, mirándome como si yo fuera el canal que llevaba toda la tarde esperando.
La encontré por casualidad en el cesto: una tanga morada, manchada apenas, con su olor todavía pegado a la tela. Esa noche supe que necesitaba verla entera.
Bajé descalzo a tomar agua y la encontré tirada en el sofá, con las piernas apoyadas en el respaldo. Nunca giró la cabeza. Yo no me moví.
El insomnio me llevó a la galería; lo que vi en el balcón de enfrente me dejó pegado a la ventana hasta que terminé con la mano dentro del pantalón.
Trepé al limonero por una sombra cualquiera. Cuando aparté las hojas, la vecina dejaba correr el agua por su espalda y el sol le caía sobre la piel mojada.
Pensé que estaba sola en mi cuarto, hasta que noté la silueta del muchacho asomado a la ventana de enfrente. Y entonces decidí que se quedara mirando.
Me había desvelado con café estudiando, hasta que un rechinido en la pared de al lado me hizo bajar la almohada y darme cuenta de quién hacía ese ruido.
Subí al baño con la ropa interior de Camila aún tibia entre las manos. No imaginaba que minutos después su madre estaría arrodillada frente a mí.
Pensé que la siesta dejaría la playa vacía. Cuando volví del mar, ella tenía una mano dentro del bikini y los ojos cerrados, ajena a que la estaba mirando.
Cuando se apoyó en el marco de la puerta y me señaló la erección que asomaba del calzoncillo, supe que el encargo había salido mejor de lo que imaginaba.
Empezó como un juego de miradas en el gimnasio. Terminó arrodillada en un probador con un desconocido y una cámara mirando cada movimiento.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
Bajé del coche convencida de que la casa estaba vacía. Entonces escuché los gemidos venir del piso de arriba y encendí la cámara del cuarto.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Su rodilla se movía contra mi cadera en la oscuridad y, cuando giré para besarla, descubrí que la cama del otro lado del cuarto también se agitaba en silencio.
Nadie esperaba que yo volviera tan pronto. Lo que vi en ese garaje —mi madre, sin camiseta, con los puños vendados— no podía desaprenderse.