Imaginé al novio de mi amiga y entró a mi cuarto
Subí a encerrarme creyendo que nadie me había visto. Tenía los dedos entre las piernas y los ojos cerrados cuando sentí que la puerta cedía despacio a mis espaldas.
Subí a encerrarme creyendo que nadie me había visto. Tenía los dedos entre las piernas y los ojos cerrados cuando sentí que la puerta cedía despacio a mis espaldas.
Lo humillaban cada día en el instituto, hasta que un frasco sin etiqueta le prometió fuerza. Lo que tomó esa noche lo transformó en alguien irreconocible.
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Nunca había pagado por la atención de nadie, pero esa madrugada, frente a la pantalla, sus palabras me redujeron a algo que jamás imaginé querer ser.
Cuando se puso de cuclillas frente a mí bajo la lluvia y me pidió que le enseñara los dientes, supe que aquel hombre de traje negro no buscaba darme una moneda.
Pulsé play creyendo que era una despedida cariñosa. A los dos minutos entendí que ella sabía todo lo que yo escondía, y que esa noche su voz mandaba sobre mí.
Salí de casa con el tanga doblado en el bolsillo y tres frases que no elegí escritas sobre mi piel. Cada hora de clase me acercaba más al borde, sin permiso para terminar.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.
Aceptó el techo, la comida y la libertad de salir con quien quisiera. Lo que no leyó bien fue la cláusula de las nueve de la noche, cuando dejaba de ser libre.
Nadie me toca desde hace años. Solo mis manos repiten lo que él me enseñó: el pellizco, el azote, la orden silenciosa de no correrme hasta suplicar.
Llegué oliendo a otro y ni lo saludé. Al día siguiente entró a mi cuarto, cerró con llave y se sacó el cinturón sin decir una palabra.
Cojeaba, sudaba y no se atrevía a mirarme. Cuando le ordené que se quitara la toalla delante de su hermano, supe que haría todo lo que yo dijera.
Me senté en el centro del aula a fingir que era una paciente inconsciente. Nadie sabía que, con cada mano que me inmovilizaba, yo me deshacía por dentro pensando en él.
Conduje hasta la fábrica abandonada con el pulso desbocado. Me desnudé entre los cristales rotos y crucé la puerta sin saber qué me esperaba en los pisos de arriba.
Me ordenó masturbarme frente a él mientras fumaba en el sillón. Lo que ninguno de los dos esperaba era cómo iba a terminar esa tarde de juegos.
Sé que debería sentir vergüenza, pero a esa hora, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo de fingir que el roce es un accidente.
Aquel lunes el gimnasio estaba casi vacío. Solo quería ducharme tranquila, pero crucé la puerta equivocada… y él ya estaba dentro, mirándome sin decir nada.
Recién salida de la ducha, me miré al espejo y entendí que no podía seguir esperando. Tomé un papel y empecé a anotar todo lo que llevaba años deseando hacer y nunca me animé.
Siempre me dije que mis deslices eran culpa del alcohol. Esa mañana, sobria y a plena luz, supe que me había estado mintiendo.
Pensé que era un juego inocente de miradas en el semáforo. No imaginé que un sábado por la mañana iba a tocar su puerta con la excusa más torpe del mundo.