La niñera a la que ayudé a bañarse aquella última noche
La adoraba en silencio desde niña. La noche antes de marcharse me pidió que la ayudara a desvestirse, y mis manos temblaron al rozar por fin su piel.
La adoraba en silencio desde niña. La noche antes de marcharse me pidió que la ayudara a desvestirse, y mis manos temblaron al rozar por fin su piel.
Carla no podía quitarle los ojos de encima mientras ella entrenaba. Cada gota de sudor en su espalda encendía algo que jamás había sentido por otra mujer.
Abrí el baúl sin saber que dentro me esperaba el secreto de otra mujer: su lencería, su diario y la prueba de que ella también amó a alguien que no debía.
Llevaba tres meses sin sus manos, sin su boca, sin sus tetas sobre las mías. Esa noche me serví una copa de vino, me desnudé y decidí que el placer no tenía por qué esperar a su regreso.
Cuando se quitó la blusa frente a la ventana abierta, supe que no iba a parar aunque medio barrio estuviera mirando. Y yo tampoco quería que parara.
Cada vez que pasaba junto a mi mesa perdía el hilo de lo que hacía. No imaginaba que un solo descuido iba a delatar todo lo que sentía por ella.
Creía que bastaba con desnudarme delante de extraños para perder la vergüenza. Entonces aquella pareja se tumbó a mi lado y me miró como si ya supiera lo que yo aún no me atrevía a pedir.
Desperté desnuda junto a un hombre que no era mi marido y, por primera vez en años, me sentí completamente deseada. Él todavía no había terminado conmigo.
Bajé del baño y me la encontré de rodillas frente a él. En vez de frenarlo, me senté en la butaca de enfrente y decidí mirar hasta el final.
Adrián nos pidió un favor por teléfono, pero la verdadera sorpresa empezó en nuestra habitación de hotel, mucho antes de la cena que tenía preparada para los seis.
Maldita la hora en que abrí la boca. Solo fue un pensamiento en voz alta, pero mi mujer ya tenía el teléfono de la otra en la mano y una sonrisa que no le conocía.
Pensé que solo era una broma entre sábanas, hasta que ella pronunció el nombre de nuestro amigo más joven y me confesó que lo deseaba de verdad.
Llegué a terapia hecha pedazos. La única forma de entender cómo lo perdí era volver a esa noche en que fui suya por completo, sin saber que sería la última.
Bastó una fotografía colgada en la pared del taller para que el profesor entendiera que ya no podría mirarla nunca más como a una alumna.
Nunca contesto el teléfono a las tres de la madrugada, pero esa noche supe que era él, y lo que tenía que confesarme sobre mi mujer y el viejo del cuarto no podía esperar al amanecer.
Nunca le había puesto los cuernos a mi marido en dieciocho años. Bastó una pantalla, un atrevido y una tarde vacía para que todo eso dejara de importarme.
Le dije que no iba a tocarlo, que solo mirara. Pero cada carpeta que abría en la pantalla me empujaba un poco más cerca de cruzar la línea que llevábamos meses bordeando.
Cuando se quedó a practicar unas posturas, noté cómo me miraba. No tenía pareja desde hacía meses y mi cuerpo había decidido por mí mucho antes que mi cabeza.
Nunca había estado en un sex-shop, me dijo. Entramos juntos a una cabina y, entre gemidos en la pantalla, me pidió algo que jamás imaginé escuchar de su boca.
Me puse el vestido rojo sin nada debajo y pensé que era solo una cena de agradecimiento. No tenía ni idea de cómo iba a terminar la noche.