La noche que tuve que desnudar a mi compañera
Cuando volvió del baño con los ojos rojos, supe que iba a abrazarla. Lo que no supe es que ese abrazo era el principio de algo que llevaba meses callando.
Cuando volvió del baño con los ojos rojos, supe que iba a abrazarla. Lo que no supe es que ese abrazo era el principio de algo que llevaba meses callando.
Cuando entró al living vestida con una camiseta vieja y los muslos cruzados, pensé que algo le dolía. Lo que me confesó después era mucho peor que un calambre.
Tres de la mañana. Un camisón corto. Nada debajo. Y la sensación de que cada farol del parque era un ojo curioso esperando que diera el paso de más.
La conocí entre píxeles y promesas a distancia. Ella nunca supo que cada noche, sola en mi cuarto del hotel frente al mar, me la imaginaba a mi lado.
Llevaba años fantaseando con ella en silencio. Cuando dejó caer el vestido en medio de mi salón, supe que esa noche nadie iba a dormir.
Bajé la mano sin pensarlo, con el celular en la otra y su foto llenando la pantalla. Nunca había deseado así a una mujer, y ella ni siquiera sabía que yo existía.
Escondía en un cajón cacheteros que nunca enseñaba a nadie. Esa noche, con un hombre de cincuenta y un años del otro lado de la pantalla, decidí mostrarlos.
La primera vez fue un accidente. Después, cada noche que él recibía visita yo movía el sillón a la ventana y dejaba que la mano bajara sola.
La campanilla del motel sonó como una advertencia que ninguno de los dos quiso escuchar; afuera tronaba y adentro ya empezábamos a desvestirnos con la mirada.
Me planté frente a ella con el pans gris sin nada debajo, sabiendo que el bulto se marcaba demasiado como para parecer un descuido inocente.
Me hizo subir a su cuarto en silencio y, minutos después, entró agarrada de la mano de un hombre veinte años mayor que ella.
Carla se movía inquieta bajo las sábanas. Cuando me susurró lo que quería, supe que la noche en la cabaña no iba a terminar como yo había planeado.
Cuando sentí su pene contra mis nalgas en la oscuridad, supe que ninguno de los dos iba a dormir esa noche. Y quince años después, sigo pensando en ello.
Bajé del catre con la excusa del cargador. No fue una excusa. Lo que vi en la otra punta del cuarto me convirtió en cómplice antes de cruzar palabra.
Las luces estaban listas, la cámara encendida y mis cinco amigas me miraban en silencio, esperando ver hasta dónde me animaba a llegar yo sola.
Solo querías comprobar que estuviera bien. La puerta entreabierta, el reflejo de la lámpara sobre su piel, y de pronto ya no podías moverte de ahí.
Me desperté antes que ella, dejé que el agua corriera y, cuando me di vuelta, Camila estaba ahí, descalza, con el pelo revuelto y esa sonrisa.
Llevaba años conociéndolo y nunca había pasado nada entre nosotros, hasta esa tarde en el parque, cuando me miró distinto y todo empezó a cambiar muy despacio.
Los gemidos atravesaban la puerta metálica mientras el autobús avanzaba bajo la tormenta. Abrí apenas una rendija y mis piernas dejaron de obedecerme.
Llevaba meses sospechando algo entre ellos. Esa madrugada, después del último trago, descubrí que mi instinto no me había engañado en absoluto.