El directo de mi amiga acabó en orgía entre los cuatro
Bajé al salón en tanga sabiendo que él me miraba desde el otro sofá. Al otro lado de la pared, mi amiga emitía su directo con el novio. Y yo solo pensaba en qué puerta abrir esa noche.
Bajé al salón en tanga sabiendo que él me miraba desde el otro sofá. Al otro lado de la pared, mi amiga emitía su directo con el novio. Y yo solo pensaba en qué puerta abrir esa noche.
Acepté aparecer en una casa rural, a horas de mi ciudad, para entregarme a un grupo de hombres que no conocía. Nunca pensé que me gustaría tanto.
Tres mujeres, una casa enorme y una piscina al sol. Bastó una mirada entre ellas para que la tarde dejara de ser inocente y se convirtiera en otra cosa.
Vino a comprarme el libro y se sentó en mi regazo dándome la espalda. «Léelo despacio, en voz alta», le pedí, mientras mis dedos empezaban a bajar por su vientre.
Pensé que tenía el vapor para mí sola y mis juguetes. Entonces la puerta se abrió y una desconocida altísima me miró sin ninguna prisa por cubrirse.
Nunca pensé que unas manos de mujer pudieran tocarme así. Cuando mi patrona me ofreció un masaje, no supe que estaba abriendo una puerta que ya no querría cerrar.
Mariana nunca había besado a otra mujer hasta esa noche. Volvió a casa temblando de deseo, sin imaginar que su hermanastra la observaba en la oscuridad.
Podía oír sus risas a través de la pared. Me acerqué a la puerta entornada y lo que vi me cortó la respiración: mis dos mejores amigas, medio desnudas, mirándose.
La dejaron plantada en el altar y juró no volver a amar a un hombre. Lo que no sabía era que tras los muros del convento la esperaba algo muy distinto.
Vino a esperar a mi madre y se quedó en el umbral mirándome dormir. Yo no sabía que esa tarde dejaría de ser la chica que nunca había estado con una mujer.
Acababa de mudarme y no conocía a nadie. Bruna fue la primera en hablarme; nunca imaginé que ella y su pareja tenían un plan para mí esa noche.
Llegamos a casa de nuestra tía para acompañarla el fin de semana. Esa noche, las tres en la misma cama, ella nos hizo una pregunta que lo cambió todo: ¿sabíamos guardar un secreto?
Cada noche se acercaba a esa puerta para escuchar. Lo que no imaginaba era que pronto sería ella quien estuviera del otro lado, entregada por completo.
Siempre la había deseado en silencio, escuchándola desde mi cuarto. Esa madrugada, con dos copas de más, dejé de pretender que solo era curiosidad.
Creía que yo seguía dormida mientras ella se tocaba en el suelo, junto a mi cama. No me moví. No quería que parara, todavía no.
Llegué a casa creyendo que podría dormir, pero el teléfono vibró con su nombre en la pantalla y supe que esa noche no iba a descansar.
Entré al baño del bar buscando un momento de calma y la encontré a ella, con los ojos cerrados y las piernas abiertas, sin la menor intención de detenerse cuando me vio.
Llegamos haciendo rugir la moto para que todos miraran. Pero yo solo tenía ojos para la chica de la tienda de al lado y para lo que esa noche íbamos a compartir.
Frente a la cámara, la sexóloga prometió una simple clase de anatomía. Pero cuando la conductora deslizó la mano bajo su tanga, las dos supieron que ya no había vuelta atrás.
Pensaba que lo más difícil del año sería aprobar el examen de inglés. Me equivoqué: lo más difícil fue disimular cuánto deseaba a la mujer que venía a enseñarme.