El vídeo de mi ex despertó mi lado más voyeur
Tardé meses en confesarle que escuchar a los vecinos me ponía. Lo que no imaginé fue que ella terminaría grabándose para mí.
Tardé meses en confesarle que escuchar a los vecinos me ponía. Lo que no imaginé fue que ella terminaría grabándose para mí.
Apagué la luz para que la oscuridad me protegiera. Ella miró hacia mi ventana, se quedó muy quieta y, sin que yo lo supiera todavía, sonrió.
Bajó las rodillas poco a poco hasta que entendí que aquel pequeño espectáculo bajo la mesa estaba dedicado a mí, y a nadie más en toda la cafetería.
Sabía que un hombre me seguía por la planta vacía del centro comercial. En vez de huir, entré al probador más alejado y dejé la puerta entreabierta.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
Había entrado en su torre a saldar una vieja deuda. Lo que no esperaba era quedarme inmóvil tras la cortina, conteniendo el aliento, incapaz de apartar la mirada.
Cuando abrí la puerta sin tocar, mi prima estaba en la cama con las piernas abiertas y un juguete entre las manos. Pensé que moriría de vergüenza. Al día siguiente volví.
Me metí en el tercer probador, dejé la cortina justo como me gusta dejarla, y al levantar la vista la pillé mirando hacia dentro. Una de las mías, pensé.
Sabía que andaba sin sostén por la casa. Lo que no sabía era que él contaba cada vez, y que guardaba una prueba húmeda debajo de su almohada.
Me excita que otros deseen lo que solo yo puedo tocar. Ese sábado, en la obra de nuestro futuro piso, se lo serví en bandeja a todos.
La pantalla se ilumina, tú apareces desnuda y sabes que estoy mirando. Lo que no sabes es que esta noche hay otras manos contigo en esa habitación.
Cada mañana me pongo los grilletes antes de salir al campo. Nadie me obliga: lo hago porque el peso de la cadena en los tobillos es lo único que me hace sentir viva.
Faltaban dos horas para la videollamada y mi cuerpo ya temblaba. No iba a tocarme ni una vez; bastaba con que escribiera lo que tenía que hacerme a mí misma.
Hay mañanas en que despierto mojada, con los pezones duros y un único pensamiento fijo. Empezó otra de mis semanas de celo y nadie en casa imagina lo que escondo.
Nunca lo vi en persona. Solo necesité mis palabras, un altar de velas y la certeza de que un hombre puede arrodillarse ante alguien que jamás le devolverá el gesto.
Cuando colgué el teléfono ya estaba decidido. Esa tarde no quería uno ni dos: los quería a todos en mi casa, al mismo tiempo y sin contemplaciones.
Empezó como un correo de admiración por mis relatos. Terminó conmigo mirando sus fotos a escondidas, deseando cruzar un océano para tocarla una sola vez.
A mis cuarenta y tantos vivía sola en una casa enorme. Hasta que el chico que limpiaba conmigo cada mañana empezó a buscarme con la mirada.
Vera lo tenía todo calculado: la piscina de agua salada, la ducha compartida y dos amigas que aún no sabían cuánto deseaban dejarse llevar.
Subí al coche todavía caliente del baño y, cuando vi sus ojos en el retrovisor, supe que no iba a llegar al café sin que él me viera de cerca.