Mi prima fingió dormir mientras yo me tocaba a su lado
Sabía que ella seguía despierta a mi lado, igual de mojada que yo, pero ninguna se atrevió a romper el silencio… hasta que el chapoteo de nuestros dedos nos delató.
Sabía que ella seguía despierta a mi lado, igual de mojada que yo, pero ninguna se atrevió a romper el silencio… hasta que el chapoteo de nuestros dedos nos delató.
Abrí los ojos y supe que se había ido. Quedaban las marcas en las sábanas, su olor en el aire y una necesidad que solo mis propias manos podían calmar.
Pedí el paquete con el corazón en la boca, rezando para que llegara antes de que ellos volvieran. Cuando lo abrí, ya no había vuelta atrás.
Nunca me había desnudado delante de extraños. Esa mañana de calor decidí que era el día, sin imaginar que alguien me devolvería la mirada.
No quiero que me respetes a distancia. Quiero ser eso que abres en secreto, a las dos de la mañana, con la mano ya metida bajo la sábana y mi nombre atascado en la garganta.
Conté hasta diez antes de cada golpe, sola frente al espejo, con la pomada ardiendo en cada herida abierta. Nadie sabía lo que el dolor estaba haciendo conmigo esa noche.
Volví del hospital con el brazo enyesado y una idea que no me dejaba dormir. Esa madrugada entré al baño, y mi madre apareció en la puerta justo cuando creía estar solo.
Llevaba años evitando mirarla, pero esa tarde, con el camisón pegado al cuerpo y los dos solos en su casa, supe que ya no iba a poder fingir que era solo mi tía.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
Tenía treinta y cuatro años, una esposa preciosa y unas manos que no debían tocarme. Yo tenía un novio, un embarazo de un mes y una rabia que no sabía dónde meter.
Creía que serían un juego más para matar el aburrimiento, pero a los diez minutos ya sentía un cosquilleo entre las piernas que no me dejaba pensar en otra cosa.
Empecé a contarle cómo perdí la virginidad y, sin previo aviso, me oí hablándole en un susurro mientras notaba que me empapaba entera.
Son las cinco de la mañana, ya pospuse dos alarmas y mi cuerpo despierta antes que mi cabeza. La ducha se ha convertido en el único lugar donde me permito todo.
Creí que estaba solo entre los árboles, hasta que un crujido lo cambió todo y entendí cuánto deseaba que alguien me encontrara así, desnudo y entregado.
Pedí mi primer juguete por internet para no morir de vergüenza en la tienda. Lo que no imaginé fue la cara del repartidor al entregarme aquella caja.
La ciudad entera se apagó esa tarde, y en el asiento de un autobús abarrotado descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.
Dejé a mi compañera en el mostrador, cerré la puerta del almacén y, con los dedos temblando, le escribí que me enviara otra foto.
Llevaba meses imaginándolo a oscuras, sin atreverse. Esta vez cerró la puerta con llave, apagó el teléfono y se prometió que no se detendría a mitad de camino.
Leí cada palabra que le escribía a la otra y, en lugar de rabia, sentí un calor entre las piernas que no reconocía. Esa tarde dejé de ser invisible.
Eran más de las diez, la casa en silencio y yo decidida a no rendirme otra vez. Esta noche quería llegar hasta el final, costara lo que costara.