Lo que pasó con la otra pareja en el club liberal
Quedamos solo para mirar. Hora y media después estábamos los cuatro desnudos en la misma sala, y yo descubrí cuánto me gustaba verla con otro.
Quedamos solo para mirar. Hora y media después estábamos los cuatro desnudos en la misma sala, y yo descubrí cuánto me gustaba verla con otro.
Daniela acababa de marcharse y nos quedaban tres noches a solas con Andrés. Mi mujer le puso la mano en el pene sin apartar la vista de mí, esperando un permiso.
Aún faltaba media hora para la llamada y ya estaba desnudo en la cama, convencido de que ninguna desconocida marcaría mi número a las ocho en punto.
Llevábamos seis años reuniéndonos para lo mismo: contarnos cosas y tocarnos sin pudor. Esa noche Camila prometió una sorpresa y abrió la puerta del cuarto contiguo.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.
Me dejó sus bragas sobre la mesilla como cada noche. Pero esta vez entré en su cuarto sin avisar y encontré algo que lo cambió todo entre nosotros.
Aquella mañana tres hombres distintos me vieron estirarme las medias en el muslo. Para cuando llegué al desayuno, ya sabía que iba a engañar a mi marido.
Seguí el gemido por el pasillo creyendo que algo iba mal. Lo que encontré tras la puerta entreabierta me dejó sin aliento y me cambió para siempre.
Acepté el reto sin sospechar que la quinta foto me llevaría a una cala desierta, frente a un desconocido recostado bajo el último rayo de sol.
Llevaba semanas sin tocar a nadie y los gemidos de mi compañera de piso me sacaron a la calle. La luz de su cafetería seguía encendida, así que entré.
Vive con su novio en un piso pequeño, y los viernes la cuadrilla se reúne en el sofá. Esa noche ella entró descalza, con una camiseta ancha y nada debajo, y todos sabían para qué.
Me bañé, abrí el cesto de la ropa sucia y entendí que esa tarde no iba a salir del cuarto siendo el mismo de siempre. Lo demás lo guardé como mi secreto más íntimo.
Subí a su piso pensando que solo era un café entre vecinos. Bajé varias horas más tarde sabiendo que ya nunca volvería a ser el chico tímido del rellano.
La tormenta había vaciado el edificio. Solo quedábamos él y yo, hasta que un sonido apenas audible me hizo levantarme de la silla y caminar hacia su despacho.
Mateo evitaba quedarse a solas con él porque, decía, a su lado sentía que iba a volverse gay. Esa tarde se quedaron solos, y la sudadera fue lo primero en caer.
Bajé del autobús dolorido de tanto rozarla en el asiento. Cuando cerró la puerta de la cabaña, supe que esa tarde dejaría de ser solo una promesa de pantalla.
Lo seguí por el pasillo sin pensarlo, con el corazón en la garganta. Sabía que si empujaba esa puerta no habría vuelta atrás, y aun así la empujé.
Nadie en la facultad la miraba. Pero cuando él se inclinó sobre su caballete y guió su mano, entendió que para ese hombre era lo único que existía en el salón.
Marcos los miraba desde el sofá mientras ella se arrodillaba entre sus dos amigos. En su relación, los celos jamás habían tenido un sitio.
Había aprendido a desarmar a cualquier hombre con una sonrisa, pero ninguno aguantaba el juego hasta el final. Hasta que un desconocido le siguió el paso sin apurarse ni huir.