La fantasía lésbica que cruzó un océano por ella
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Aquella mañana se despertó coqueto consigo mismo. Subió la colina con sus ovejas, se quitó la camiseta bajo el árbol y empezó a tocarse, sin saber que alguien lo miraba.
Tenía las manos sudadas y el corazón disparado cuando él dejó el mando, cambió lo que había en la pantalla y, sin decir una palabra, me miró esperando que yo diera el primer paso.
Querido diario, todavía no sé cómo pasó. Solo sé que entré en su habitación a echarle una mano y salí siendo otro, con su sabor aún en la boca.
Nunca imaginé que una revisión médica rutinaria terminaría con tres desconocidos compartiendo algo que los tres creíamos perdido para siempre.
Cuando la puerta se abrió, esperaba ver a mi amigo. Era su hermano, y por cómo me miró supe que esa noche no iba a dormir.
Cada vez que cerraba los ojos en aquel sillón, volvía al loft del puerto, a las manos del único hombre frente al que dejaba de fingir quién era.
Llevábamos un mes coqueteando entre monitores cuando me llevó al asiento trasero de mi coche. Lo que descubrí semanas después lo cambió todo, y no como yo temía.
Diez minutos de espera y ahí estaba él, puntual como siempre, sin saber que yo lo miraba. Lo que no imaginé fue lo que encontré en mi felpudo a la mañana siguiente.
Apenas lo conocía, pero el olor de su ropa tirada en el suelo me volvió loco. Y entonces, a través de la pared de piedra, empecé a oír todo lo que pasaba en su habitación.
Llevaba años robando su ropa sucia sin que nadie lo supiera. La noche que me descubrió, en vez de odiarme, decidió usar mi debilidad como una correa.
Solo había visto una foto de su cuerpo, nunca su cara. A las dos y media cerraríamos el trato más íntimo y morboso que yo había hecho jamás.
No necesitaba a nadie esa noche. Solo el espejo, mis tacones, una botella fría y las ganas de ver hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
No eran mías y eso era justo lo que las hacía irresistibles. Las levanté del suelo del lavadero sabiendo que esa noche haría con ellas todo lo que llevaba meses imaginando.
Entré al chat solo para vender lencería usada por unos billetes fáciles. Nunca imaginé que aquel hombre del pañuelo azul me haría volver al baño por mi cuenta.
Vino en bicicleta a buscar el beso que le había prometido. Lo que se llevó esa noche fue mucho más, y todo a tres metros del sofá donde cenaban mis padres.
Eran las siete de la mañana y yo seguía atrapado en el sueño, reviviendo cada cosa que Marina y yo nos hicimos antes de que la vida nos separara.
Sé reconocer cuándo estoy soñando, y casi siempre aprovecho esa lucidez para algo concreto. Aquella mañana de domingo decidí quedarme dentro del sueño un rato más.
Cada madrugada repetía la misma fantasía delante de la cámara, convencido de que jamás saldría de la pantalla. Hasta que un desconocido lo reconoció en la calle.