Mi debut como runner terminó tras los arbustos
Estrené las zapatillas un sábado a primera hora, sin imaginar que volvería a casa con las mallas húmedas por motivos que no tenían nada que ver con correr.
Estrené las zapatillas un sábado a primera hora, sin imaginar que volvería a casa con las mallas húmedas por motivos que no tenían nada que ver con correr.
Andrés se había ido diez días por trabajo. La lencería que había pedido para él llegó al sexto. Me la probé frente al espejo y supe que no podría esperarlo.
Pensé que tendría tiempo de recomponerme antes de que volviera de la cocina. Me equivoqué. Su voz a mi espalda llegó justo cuando susurraba su nombre.
Siempre es tan serio frente a los demás. Nadie imagina que basta una mirada suya para que yo baje la vista, me acerque y me arrodille sin que tenga que pedírmelo.
Solo quería dormir, pero la rendija de la puerta dejaba pasar la luz, y la risa baja de mi madre me detuvo en seco antes de llegar a la mía.
Cuando rechacé a Nuria por respeto a mi novia, ella encendió el portátil y abrió una videollamada. Al otro lado estaba Marina, sonriendo. «Fue idea mía», dijo.
Tengo cincuenta y tres años y dos pastillas azules en el bolso. Lo que no esperaba era que una desconocida las viera caer al suelo.
Pagué la entrada, elegí la cabina del fondo y me senté en la penumbra a esperar. No buscaba una cara ni un nombre: buscaba el morbo de no saber quién estaba al otro lado.
Siempre creí que era algo de chicas fáciles. Entonces me arrodillé frente a él, me miré en el espejo antiguo y entendí que llevaba años equivocada.
No busco amor ni promesas. Esa tarde lo vi cruzar la plaza y supe exactamente lo que quería pedirle, aunque nunca antes me hubiera atrevido a tanto.
Subí al vagón más lleno para escapar de unas manos que no quería, sin imaginar que terminaría buscando otras a la vista de todo el andén.
Todo el mundo se vestía para volver al aparcamiento; ella, en cambio, se quitó lo poco que llevaba puesto y se quedó mirando fijamente al extraño entre los pinos.
Limpiaba la terraza con un tanga y poco más, sin saber que dos hombres la espiaban desde el edificio de enfrente. Y a mí, verla deseada, me volvía loco.
Detrás de mis gafas oscuras me sentía invisible. No imaginé que la mujer de la toalla de al lado supiera exactamente dónde tenía clavada la mirada.
Vine al bar tranquila, con vaqueros y sujetador para no dar pie a nada. Tres horas después estaba de pie sobre la barra, en bolas, con medio pueblo aplaudiendo.
Cuando entré a la sala para echarlo, lo encontré sentado, desesperado por terminar. Lo que hice después no se lo conté a nadie.
Llevaba semanas desnudándome frente a su ventana a la misma hora, convencida de que el indiferente era él. No imaginaba que la verdadera mirada venía de otro lado.
Desde mi nuevo escritorio tenía una vista perfecta de la recepción. Lo que no esperaba era sorprenderla con la mano bajo el vestido, creyendo que nadie la observaba.
Me escondí tras la cortina convencido de que ella no podía verme. No imaginé que el ruido me delataría justo en el peor momento.
La puerta de su dormitorio quedó abierta una sola vez. Desde mi sillón, en la oscuridad, no aparté la mirada ni un segundo de lo que hacían.