Lo que mi mejor amigo y yo hicimos en el probador
Cris abrió la cortina del probador a medio cambiarse y yo, en lugar de retirarme, me arrodillé. Lo que pasó después marcó todo lo que vino después con Hugo.
Cris abrió la cortina del probador a medio cambiarse y yo, en lugar de retirarme, me arrodillé. Lo que pasó después marcó todo lo que vino después con Hugo.
Nunca me había atrevido a tanto. Esa noche dejé el pantalón en la mochila, me ajusté la minifalda sobre las nalgas y caminé entre los pasillos sintiéndome, por fin, una mujer.
La esperaba cada amanecer en la parada. Aquella mañana el autobús iba lleno, ella se apoyó contra mí y entendí que también me había estado mirando.
A las cuatro de la tarde estaba preciosa, recién maquillada frente al espejo. A las diez de la noche ya no quedaba nada de aquella nena perfecta, y me encantaba.
Sabía que él me observaba desde su ventana. Por eso aquella tarde elegí el conjunto rojo, descorché el vino y me dejé llevar mientras me miraba.
En la madrugada de Año Nuevo, Camila le pidió un beso. Lo que parecía un juego de borrachas terminó con un vibrador y una confesión guardada veinte años.
Llevaba meses fingiendo que su uniforme no me afectaba. Esa tarde, con su muslo vendado y mis manos temblando sobre su piel, supe que ya no aguantaba más.
Hacía semanas sin pisar su departamento, pero esa noche, con dos cervezas mediadas y su mano subiendo por mi muslo, supe que las vacaciones iban a empezar muy bien.
Cuando salió al porche sin bañador, supe que la broma que llevábamos meses esquivando se había acabado. Aquella tarde dejamos de fingir que solo éramos amigos.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.
Cuando ella abrió la puerta y me vio parado al lado de su marido, supe que ya no había vuelta atrás. Yo iba a pagar la cuenta de esa sorpresa.
Los jadeos venían del piso de abajo. Me asomé desde el segundo escalón, conteniendo la respiración, y entonces vi los tacones de mi madre colgando del borde de la mesa.
Llevamos años juntos y todavía hay algo que no me atrevo a pedirle. Cada noche que se arrodilla frente a mí, la fantasía vuelve y me cuesta callarla.
Me juró que era cierto, que pasaba de verdad bajo el mismo techo donde había crecido. Y mientras lo leía, no pude evitar tocarme imaginándolo.
Lo que iba a ser una prueba de costura terminó con dos mujeres maduras enredadas en la cama, y yo en el pasillo sin poder apartar la mirada del espejo.
Le mandé una foto de mi coño abierto desde el baño de la cafetería. Lo que pasó después, frente a ese ventanal, todavía me hace temblar las piernas.
Salí de casa con la falda más ligera que tenía y una idea fija: encontrar un rincón apartado, abrirme de piernas y dejar que el aire —y quizás unos ojos— hicieran el resto.
El correo llegó temprano, como cada día de sesión. Esta vez no había instrucciones previas: solo la promesa de que él decidiría hasta dónde llegaría mi cuerpo.
Desperté con una erección que ya no recordaba, y el sueño seguía vivo: la chica menuda de la playa, su sonrisa, su piel mojada bajo el sol. Cerré los ojos y dejé que volviera a mí.
Nadie en la discoteca sabía lo que llevaba debajo del pantalón. Yo tampoco sabía hasta dónde me llevaría esa pequeña prenda de encaje rojo.