Seis meses de aventura sin llegar a tocarnos
Los dos teníamos pareja. Los dos sabíamos que cruzábamos una línea. Y aun así, cada noche volvíamos al chat para decirnos todo lo que no podíamos hacer.
Los dos teníamos pareja. Los dos sabíamos que cruzábamos una línea. Y aun así, cada noche volvíamos al chat para decirnos todo lo que no podíamos hacer.
Llevábamos toda la boda intercambiando miradas. Cuando me susurró que quería mostrarme algo, pensé que era una broma. No lo era.
Me pidió que fuera despacio porque era su primera vez con una mujer. La tuve desnuda al borde de la piscina y sus gemidos se mezclaron con los grillos del verano.
Sofía se arrodilla en silencio, sin que yo tenga que pedírselo dos veces. Ahí es cuando entiendo por qué la contraté. Y por qué nunca la dejaré ir.
Tenía veintitantos años, era negro como el azabache y tenía las manos enormes. Yo llevaba un camisón de seda. Alguien iba a cometer un error esa mañana.
Fui a la fiesta de Andrea con los nervios a flor de piel. No esperaba encontrar a su madre: una mujer madura de cuerpo perfecto y mirada de fuego que me atrapó desde el primer segundo.
Llevábamos meses intercambiando fotos y audios que su esposa jamás vería. Cuando por fin nos encontramos, todo lo que habíamos imaginado se volvió real.
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Cuando se quitó los vaqueros delante de mí sin pedirme permiso, supe que esa tarde de agosto iba a ser muy diferente a lo que imaginaba.
Me vestí más provocativa de lo necesario para ir a comprar pan. Lo supe al mirarme al espejo: no iba a la panadería por pan, iba por él.
Habíamos pasado la mañana bromeando entre los cinco, con esa tensión que no nombra nadie. Cuando empezaron a tocarse, quedó claro que la tarde iba a durar mucho.
Cuando entré a la sala y vi que había 198 personas desnudas esperando mi señal, entendí que había cruzado un límite del que no quería volver.
Lo vi en la terraza del puerto: alto, con barba y espalda ancha. Marcos me miró de reojo y supe que los dos estábamos pensando lo mismo.
Cuando levanté el pulgar en la carretera, lo único que quería era llegar a casa. Cuando noté sus ojos en el retrovisor, cambié de idea por completo.
Un hombre corriente que descubrió que bajo la ropa de su esposa vivía otra versión de sí mismo, lista para salir cuando llegó el encierro.
Cuando abrió la puerta con ese vestido ajustado, supe que esa tarde iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis propios límites.
Silvia cabalgaba sobre mí cuando vi la figura en el umbral. Mi padre. Desnudo. Mirándola fijamente, con una mano en movimiento que no dejaba lugar a dudas.
Fui al gimnasio sin sujetador y el entrenador lo notó enseguida. Lo que vino después fue el trío más intenso que he tenido, aunque no fue real.
Estaba sola en mi habitación cuando escuché la puerta abrirse. No había llamado. No había avisado. Y yo llevaba puesto muy poco.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.