Lo que mi novia hizo en el albergue compartido
Quería que la miraran. Que se la comieran con los ojos. Lo que no esperaba era que uno de los desconocidos del fondo se atreviera a buscarla en las duchas.
Quería que la miraran. Que se la comieran con los ojos. Lo que no esperaba era que uno de los desconocidos del fondo se atreviera a buscarla en las duchas.
Esa carpeta no debía existir. Pero la abrí, y entre cientos de fotos mías dormida y desnuda, encontré algo peor: el correo donde él las regalaba.
Crucé el pasillo descalza, pensando solo en llegar al baño. Entonces escuché los golpes secos al otro lado de la puerta entreabierta y supe que no iba a poder seguir caminando.
A los dieciocho años creía haberlo visto todo, hasta que mi prima bajó las persianas, puso esa película y empezó a acariciarse sin quitarme los ojos de encima.
Encendí el celular, abrí apenas las cortinas y esperé a que su sombra cruzara la ventana mientras yo me quedaba desnuda frente al espejo.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Cuando vi a esa mujer cruzar la calle, con la blusa a punto de estallar, supe que mi noche de tedio había terminado. No imaginé acabar agachada tras un árbol.
Caí sobre Nico para inmovilizarlo, pero mi trasero terminó sobre el bulto de Iker y supe enseguida que esa tarde no íbamos a seguir jugando a luchar.
Empecé el diario porque no pasaba nada en mi vida y lo cerré porque empezó a pasar todo. Entre prácticas firmadas y un chico que sabía esperar, dejé de ser la misma.
Llevaba dos días con cuarenta de fiebre cuando oí su voz al otro lado de la pared, dándole órdenes al vecino que tantas veces me había sonrojado en el ascensor.
Me asomé por la persiana sin hacer ruido. Lo que vi me dejó sin aire: mi marido no estaba solo, y la mujer que tenía debajo me era demasiado conocida.
Tres desconocidos nos miraban con descaro desde la piscina, y yo todavía no sabía que mi novia y yo saldríamos de allí con un secreto cada uno.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Le dije que ya podía bañarse sola. Ella bajó la cabeza y susurró que aún tenía miedo. No imaginé hasta dónde llegaría esa ducha.
El camión iba lleno y me senté hasta el fondo. Cuando me bajé el cierre supe que jugaba a perder, pero esa mujer del escote no apartaba la mirada y eso solo me puso peor.
Subí las escaleras con la polla a punto y el corazón disparado. La puerta estaba entreabierta. Lo que pasó dentro de ese piso vacío no se lo conté a nadie hasta hoy.
Dejé la taza en la mesita, me arrodillé al lado de la cama y entendí que esa mañana nada volvería a ser como antes en esta casa.
Detrás de las gafas oscuras nadie sabe hacia dónde mira un hombre, y esa tarde de julio él decidió mirar mucho más allá de la línea de la sombrilla.
Pensé que era un ladrón. Pero el hombre desnudo contra el portón, a las tres de la madrugada, era mi propio hermano. Y alguien más me miraba desde el segundo piso.
Cuando aceleré en la primera recta, ella ya tenía la mano entre las piernas. La falda subida hasta las caderas. Y los coches que nos pasaban no sabían dónde mirar.