Reencontré a mi amiga prostituta una noche de lluvia
Tres años sin saber de ella, hasta que la vi al fondo del zaguán. No imaginé que esa noche íbamos a terminar los tres en su pieza, con la tormenta golpeando.
Tres años sin saber de ella, hasta que la vi al fondo del zaguán. No imaginé que esa noche íbamos a terminar los tres en su pieza, con la tormenta golpeando.
Don Salvador llevaba un mes en el edificio cuando lo descubrí escondiendo el teléfono. No vi lo que miraba, pero por su forma de tartamudear, lo imaginé enseguida.
Apenas la había metido al patio cuando empezó a sangrar. Pero la herida no era el secreto más extraño que esa mujer guardaba bajo mi techo.
Aquella tarde no fui a jugar al fútbol. Fui a perder algo que ya estaba decidido a perder, sin imaginar que mi madre llegaría antes de tiempo.
El plan era cumplir mi fantasía. Cuando vi al desconocido subir a mi cama y a mi novia rendirse a él como nunca conmigo, entendí que el cornudo iba a ser yo.
Tengo una cuenta de Facebook anónima para exhibirme a desconocidos. Cuando me llegó la solicitud del compañero de mi pareja, dudé tres días antes de aceptar.
Subió a la camioneta diciendo que no podía abrocharse el cinturón. Cuando me incliné a ayudarla, su mano fue a otro lado y todo cambió de rumbo.
Cuando Camila se inclinó sobre mi oído para decirme que la chica ya estaba en casa y nos miraba desde el pasillo, pensé que se detendría. Hizo justo lo contrario.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche, borracha en su sillón, mi mejor amiga me dijo que yo era la única que le había agarrado las tetas en meses.
Siempre miré a las otras chicas en las duchas del vóley y lo llamé curiosidad. Hasta que los labios de mi mejor amiga me enseñaron la verdad esa noche.
Cuando le dije que pensaba quitarme el bikini para tomar el sol, no imaginé que ella diría que sí y que la tarde terminaría como terminó.
«Mañana continuamos», me había dicho al oído. Pasé el día entero contando las horas, sin saber si seguiría allí cuando volviera del mar.
Llevaba meses cruzándola por la mañana, cada uno con su pareja en casa. Esa mañana llovía a cántaros, ella salió sola, y la mirada que me devolvió lo cambió todo.
Apenas me subí al carro ya tenía la verga afuera y la sonrisa que yo conocía. Me dijo que ahora sí podíamos hacerlo a pelo, y supe que la tarde iba a ser larga.
Pagué ochenta pesos sin saber bien qué buscaba. Lo único que sabía era que no quería volver a casa todavía y que esa puerta cerrada llevaba demasiado tiempo llamándome.
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Llegué a su departamento convencido de que iba a penetrarlo. Salí descubriendo que lo que mi cuerpo siempre había buscado era todo lo contrario.
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Habían pasado tres años desde la última vez. Cuando se acostó de espaldas mostrándome ese culo enorme bajo el bóxer, supe que no iba a aguantar la noche entera mirando videos.
Eran las siete de la mañana, acababa de romper con mi novia por mensaje y la vecina seguía boca abajo en mi cama. No pensaba desperdiciar la mañana.