La mujer de mi amigo me tomó la mano bajo el agua
El agua caliente nos llegaba a la cadera cuando su mano rozó la mía por error. O eso dijimos los dos.
El agua caliente nos llegaba a la cadera cuando su mano rozó la mía por error. O eso dijimos los dos.
Un video de unos segundos fue suficiente para que me temblaran las rodillas. Desde entonces, ensayo cada detalle en mi mente: la habitación, él, y lo que viene después.
Cuando volvió del baño sin ropa interior puesta, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea que ninguno de los dos querría borrar.
En el día a día no me pisa nadie. Pero cuando las luces se apagan y él me mira de esa manera, desaparezco. Solo existo para cumplir lo que me ordena.
Cuando entró empapada con sus amigas, supe que aquella noche iba a romper todos mis planes. Y cuando me llamó por mi nombre, entendí que el pasado nunca desaparece.
Éramos un matrimonio acostumbrado a compartirlo todo. Cuando Marcos llegó de gira con esa sonrisa de siempre, entendimos que la cena iba a esperar.
Cuando ella me preguntó quién me gustaba más de los dos, yo llevaba veinte minutos mirándolos desde mi toalla con la boca seca.
Cuando Sofía nos citó a ver el cuarto del bebé, ninguna imaginaba que terminaríamos escuchando sus confesiones más íntimas y sin filtro.
La primera vez que Camila salió sin ropa interior, creí que era casualidad. Cuando bajé el vestido sobre sus caderas mientras conducía, entendí que no lo era.
Era el hijo del jefe: correcto, tímido, bien educado. Nunca imaginé lo que hacía los viernes por la noche cuando desaparecía.
Sofía tenía una fama que ninguno de los dos se había atrevido a comprobar. Ese martes en la playa fue diferente: llegaron a la casa al atardecer y entendieron todo.
Llevaba minifalda, botas y una sonrisa que prometía todo. Cuando cerré la puerta del motel, supe que esa noche iba a cambiarle la vida para siempre.
Sus manos en mi cuello, ese martes, me dejaron en claro que entre Vera y yo había algo que llevábamos meses sin atrevernos a nombrar.
Adrián me miraba fijo mientras trabajaba sin camiseta. Cuando vi el bulto en su pantalón, entendí que aquella tarde iba a ser muy diferente.
Clara se peinaba cuando Renata apareció detrás de ella en el espejo. Las manos sobre sus hombros fueron solo el principio de algo que ninguna había planeado.
Carmen y yo teníamos todo listo cuando Sofía llegó al estudio. Era tan guapa que no pude dejar de mirarla. Nadie nos había dicho lo que encontraríamos bajo su lencería.
Llegué antes que Daniela y una chica me ofreció copa en la barra. No sabía que esa noche acabaríamos las tres en una cama, haciendo cosas que ninguna tenía en mente.
Abajo estaban los invitados, el sacerdote y mi recién estrenado marido. Arriba, Isabel cerró la puerta y me miró de una manera que conocía demasiado bien.
Cuando me quedé sin un peso para pagar la renta, Lorenzo tocó mi puerta a las diez en punto. Nunca había estado con un hombre hasta esa noche.
Cuando lo vi entrar sin atreverse a levantar la vista, pensé que sería una consulta más. No lo fue. Lo que encontré bajo esa bata me quitó el sueño durante días.