La nieve nos atrapó con dos socios de mi marido
Cuando levanté la mirada del sofá, Bruno y Damián estaban frente a mí con las pollas fuera. No alcancé a llegar a la puerta.
Cuando levanté la mirada del sofá, Bruno y Damián estaban frente a mí con las pollas fuera. No alcancé a llegar a la puerta.
Llevaba toda la tarde buscando, sin suerte. Ya estaba camino a casa cuando vibró el celular: «Tengo el auto en el estacionamiento del híper, ¿te animas?».
Bajó al comedor sin bragas y sin sujetador. Decía que no sabía lo que le pasaba, pero yo empezaba a entenderlo: ese día iba a cruzar todos los límites.
Llegué al concierto esperando que él me llevara a la cama. No se me cruzó que sería su novia quien me arrastraría al baño después de la tercera canción.
Su mamá salió a una diligencia, su hermana se fue con la amiga, y nos quedamos solos. Camila abrió el libro de biología y empezó a hacer preguntas que ningún profesor contesta.
Lo conocí en un velatorio, del brazo de mi primo. Días después me lo crucé en un bar y supe que aquel rechazo todavía pedía cobrarme una pequeña deuda con él.
Renata la miraba hacía dos años por los pasillos de la oficina. Una noche, después de cerrar la licitación, dejó por fin que el roce se hiciera algo más.
Llevaba semanas insinuándose entre bromas y caricias hasta que me lo pidió como regalo de cumpleaños. Esa noche dejó de ser virgen en mi cama.
Tenía 27 años, una caja de herramientas al hombro y una curiosidad que nunca me había atrevido a nombrar. Aquella cortina iba a contestarlo todo.
Cuando levanté las piernas en la vertical olvidé que solo llevaba un tanga. Mi culo quedó frente a la cara de Kendra y su sonrisa no fue de sorpresa, fue de hambre.
La nueva se sentó a mi lado y abrió las piernas para que yo viera lo que tenía debajo de la pollera. La clase de biología nunca fue tan larga.
Nunca había escrito algo así. Pero esa madrugada, después de soñar con él, le confesé por mensaje cada cosa que su cuerpo le había hecho al mío.
Subí al ascensor con las manos sudadas. Llevaba semanas hablando con él por internet, pero ahora estaba ahí, a tres pisos de saber si era capaz de hacerlo.
Decía que ya lo había intentado en una fiesta pero le dolió y se detuvo. Esa tarde, en el motel, me confesó que en realidad nunca había estado con un hombre.
Carla entró al baño aislado del festival apretando como podía y se quedó hipnotizada con el vello rosa de la desconocida que estaba meando frente a ella.
Cuando me alejaba sola por la orilla, sentí su mirada fija en mí desde el bar. Y supe que esa semana aún no se había terminado del todo.
Llegué temprano a la piscina con un bikini que dejaba poco a la imaginación. Quería saber si la chica de la sonrisa coqueta se animaría a algo más.
Era pasada la una cuando llamó a mi puerta. Vivía a dos cuadras, con su novio, y juraba que solo me haría una mamada rápida. Ninguno cumplió la promesa.
Llevaba meses regalándole chocolates y rosas sin saber qué esperar. Esa tarde, en el taxi de vuelta del trabajo, ella se acercó a mi oído y todo cambió.
Pensé que la noche acabaría con un videojuego y una cena tonta. No con su cuerpo arrodillado frente a mí, temblando tanto como yo.