Lo que pasó aquella noche con mi mejor amigo
Cuando sentí su pene contra mis nalgas en la oscuridad, supe que ninguno de los dos iba a dormir esa noche. Y quince años después, sigo pensando en ello.
Cuando sentí su pene contra mis nalgas en la oscuridad, supe que ninguno de los dos iba a dormir esa noche. Y quince años después, sigo pensando en ello.
Camila evitaba mirarme desde el otro lado de la piscina. Esa noche, cuando salí a tomar aire entre los naranjos, ella me siguió en la oscuridad sin que yo le pidiera nada.
Cuando Camila puso el segundo tequila en mi mano, supe que algo iba a romperse esa noche. No imaginé que sería todo lo que creía saber sobre nosotras dos.
Le devolví la mirada con la nota en el bolsillo, sin saber todavía que esa misma tarde iba a marcar su número y descubrir hasta dónde llegaba su oferta.
La campanilla del motel sonó como una advertencia que ninguno de los dos quiso escuchar; afuera tronaba y adentro ya empezábamos a desvestirnos con la mirada.
Estaba perdido a tres cuadras de su hostal y me pidió ayuda. Acepté subir por un vaso de agua. A los diez minutos no quedaba ni rastro de mi camiseta.
Andrés cerró la puerta con llave aunque sabía que no había nadie en el piso. Cuando volvió a plantarse frente a mí, ya no era mi jefe sino otra cosa.
Cuando abrí la puerta y la vi ahí, descalza y con el rímel corrido, supe que no había venido a hablar. Venía a recuperar lo que había dejado abandonado.
A las doce de la noche, vestida con su minifalda más corta y la camisa blanca sin sostén, Carolina cruzó el jardín hacia el contenedor de los albañiles.
Subía los testículos, ajustaba la peluca y me convertía en otra persona a solas. Nunca imaginé que alguien llevaba meses observándome desde la ventana de enfrente.
Cuando bajó de la moto con ese vestido empapado de lluvia, supe que el lunes ya no iba a parecerse a ningún otro lunes de mi vida.
Llevaba años fantaseando con ella en silencio. Cuando dejó caer el vestido en medio de mi salón, supe que esa noche nadie iba a dormir.
Llevábamos meses tonteando por el chat interno. Cuando le propuse cerrar la oficina un sábado, no creí que fuera a venir. Vino, temblando, pero vino.
Sonó el teléfono justo cuando él entraba por la puerta. Era mi novio. No podía colgar. Y mi ex no pensaba esperar a que terminara la llamada.
Esa noche, después de entregarme a Marcos, mi teléfono vibró. Un número que no conocía decía amarme y conocía cada detalle de lo que yo era en secreto.
Pensé que solo subíamos al pinar a comer tortilla y beber vino tinto. No imaginé que aquella tarde mi prima me iba a pedir que la tocara entre los árboles.
Cuando salí del baño y la vi maquillándose frente al espejo, supe que esa noche en la previa antes de la disco no iba a terminar bien para mí. O quizá demasiado bien.
Trece años casada, una hija y un cuerpo que apenas reconocía. No esperaba que la mirada de un pibe entre las mancuernas me empujara a dar el primer paso.
Diego siempre me ponía cachondo y yo lo evitaba por mi novio. Hasta que esa tarde me llevó a la sauna del gimnasio y entendí que no iba a poder seguir mintiéndome.
La primera vez que pisó la lavandería traía las botas embarradas y una sonrisa que me desarmó. Y yo solo era una empleada del hotel sin nada que ofrecerle.