Mi compañera del gimnasio me usó para vengarse del marido
Su marido la engañó y ella se prometió desquitarse. No imaginé que el almacén del gimnasio sería el escenario, ni que yo sería el elegido.
Su marido la engañó y ella se prometió desquitarse. No imaginé que el almacén del gimnasio sería el escenario, ni que yo sería el elegido.
Llevaba dos semanas reviviendo en mi cabeza aquel trío con mi hermana y mi marido. Esa mañana la llamé para salir, sin imaginar cómo terminaría el día.
La llave cayó al agua y la puerta trasera se trabó. Atrapados en un metro cuadrado, esposados y semidesnudos, descubrimos algo que ninguno imaginaba.
Bastó una mirada al WhatsApp para que un chat vacío empezara a deshacer seis años de matrimonio. Lo que vino después no se podía deshacer.
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Bajaba del ascensor con la escoba y la cara baja. Nadie en el edificio imaginaba que ese chico de Salta tenía mi número guardado, ni lo que iba a pasar un martes a las nueve.
Sabía que era bisexual, pero no si yo le gustaba. Esa tarde me puse el short más corto y la camiseta más fina, y dejé que la duda se respondiera sola.
Mi padre llevaba dos días fuera. Las niñas dormían arriba. Y Elena, descalza en el sofá, me miraba como si hubiera esperado este momento toda la noche.
Toqué el timbre con las manos heladas. No había escuchado su voz en dos años, pero al abrir la puerta supe que esa noche íbamos a terminar algo que dejamos abierto.
Cuando empecé a dormirme en el sillón, sentí su mano subiendo por mi muslo. Levanté la cabeza y Camila me miraba con una sonrisa que no le conocía todavía.
La conocí trotando con su husky por el parque. Tres semanas después estaba descalza en mi sofá, sin camiseta, preguntándome por los pendientes que llevaba debajo del top.
Cuando tocaron el timbre yo estaba en tanga frente al monitor, con dos dedos dentro, y la deuda del alquiler creciendo. Abrí sin pensar.
Cuando le abrí la puerta a las diez de la mañana, no imaginaba que un favor con el iPhone terminaría con él gimiendo bocarriba en mi cama.
Tenía veintiún años y nunca había estado con nadie. Lo que empezó como un mensaje en una app terminó en la habitación catorce de un motel a cinco cuadras de mi casa.
Llegué al chalet creyendo que era una reunión casual; cuando vi a la chica del bikini rojo abriéndome la verja supe que la tarde iba a ser distinta.
Me miré en el espejo con el vestido rojo y los tacones plateados. Cuando salí del baño, mi tío me esperaba con una mirada que no era de tío.
Mis amigos paseaban riendo entre vitrinas. Yo me detuve frente a la suya y, por la forma en que me devolvió la mirada, supe que aquella noche no era para ellos.
Cuando la secretaria se despidió y la puerta del consultorio se cerró, supe que esa revisión no iba a parecerse a ninguna que me hubiera hecho antes.
Lo vi al otro lado de la estantería abierta y supe que no estaba estudiando. Cuando entró al baño y me habló del cansancio, ya sabía que esa tarde no abriría un libro.
Subí a la furgoneta de un grupo de guiris sin pensarlo dos veces. Mi novio tardaría diez minutos en volver del supermercado. A mí solo me hacía falta uno.