La noche que aprendí a besar con mi mejor amiga
Le dije que nunca había besado a nadie. Mi mejor amiga sonrió, me apartó un mechón del flequillo y me ofreció enseñarme aquella misma noche.
Le dije que nunca había besado a nadie. Mi mejor amiga sonrió, me apartó un mechón del flequillo y me ofreció enseñarme aquella misma noche.
Renata me esperó despierta cuando ya no quedaba nadie en la oficina, apoyada contra la mesada con esa mirada que conozco hace tres años.
Cuando su mano se posó sobre mi muslo y me preguntó si alguna vez había estado con otra chica, supe que esa siesta de verano no terminaría como las otras.
Cuando me pidió bajarme el pantalón y tenderme boca abajo, escuché en su voz que aquel examen no iba a ser una consulta de rutina.
Crucé la puerta nervioso, las manos sudando, sin saber cómo coquetearle. Cuando le rocé el paquete con los dedos, supe que esa tarde no me iba a ir solo con un corte.
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Llevábamos seis años separados, pero ese baby doll en la vitrina me transportó a una mañana cualquiera y a un video que tenía olvidado en una carpeta perdida del computador.
Pensaba que solo me estaba siguiendo el juego, hasta que me llevó a su departamento sin pedir permiso y entendí que la noche no terminaría con una copa.
Cuando puse la mano sobre su pecho y no la retiré, supe que esa tarde no iba a terminar como las otras. Tenía el doble de mi edad y olía a cerveza fría.
Cuando subí al auto y la vi al volante, ya no me importaron los expedientes ni los plazos. Esa última semana hábil antes de Navidad me cambió la agenda entera.
Quería que la miraran. Que se la comieran con los ojos. Lo que no esperaba era que uno de los desconocidos del fondo se atreviera a buscarla en las duchas.
Llevaba años fantaseando con perder la virginidad, pero nunca imaginé que sería entre dos hombres peleándose por decidir quién entraría primero.
El viernes a las dos él llamó al timbre. Ella ya se había puesto la lencería negra. Yo había instalado tres cámaras y me había ido del apartamento con una excusa muy creíble.
A los dieciocho años creía haberlo visto todo, hasta que mi prima bajó las persianas, puso esa película y empezó a acariciarse sin quitarme los ojos de encima.
Cuando me asomé por la cerradura y la vi de rodillas frente a él, supe que el morbo había vencido al orgullo mucho antes que aquella noche.
Tenía la casa para mí sola, cuatro tragos en el cuerpo y la certeza de que cuatro hombres me observaban desde el andamio. No iba a desperdiciar la mañana.
Cuando vi a esa mujer cruzar la calle, con la blusa a punto de estallar, supe que mi noche de tedio había terminado. No imaginé acabar agachada tras un árbol.
Caí sobre Nico para inmovilizarlo, pero mi trasero terminó sobre el bulto de Iker y supe enseguida que esa tarde no íbamos a seguir jugando a luchar.
Camila me susurró en el ascensor que no llevaba nada debajo. Cuando Diego abrió la puerta, supe que la tarde se nos iba a ir de las manos.
Pensé que no había caída peor que aceptar que él me llevara a casa. Hasta que cerró la puerta del departamento y yo dejé el bolso en el sofá.