Lo que pasó con el camionero en el área de descanso
Iba con la boca entre sus piernas a ciento veinte por hora cuando sonó la bocina del camión por segunda vez. Supe que el viaje no terminaba en la próxima curva.
Iba con la boca entre sus piernas a ciento veinte por hora cuando sonó la bocina del camión por segunda vez. Supe que el viaje no terminaba en la próxima curva.
Cuando me la encontré en aquel evento, supe enseguida que algo había cambiado en ella. Lo confirmé semanas después, cuando empezó a mandarme fotos a las tres de la mañana.
Cuando sonó el timbre por segunda vez aquella tarde, supe que el chico del sofá no era el repartidor del anuncio. Y entonces se miraron.
Llevábamos meses hablando en los turnos vacíos del call center. Esa tarde abrió el porno en su pantalla y me preguntó, mirándome, si así me gustaban.
Llevábamos tres meses sin vernos a solas. Cuando entró al departamento, traía el pelo de un rojo intenso y esa sonrisa torcida que nunca pedía permiso.
Entre piedras derruidas y el frío de febrero, Nico me miró distinto. Como si esa noche no fuéramos a volver a ser los mismos amigos de siempre.
Llevaba meses encerrado y sin sexo cuando bajé la app y puse «busco cuarto». El mensaje del desconocido parecía oferta de hospedaje. Su mano en mi nalga me sacó del engaño.
Cuando lo vi en la mirilla de la puerta, con la chaqueta mojada por la lluvia y esa media sonrisa, supe que todo lo que habíamos imaginado por pantalla iba a quedarse corto.
Necesitaba más de lo que él podía darme, y cuando salí del depósito con el sabor todavía en la boca, el mensaje del taxista cambió la noche entera.
Habíamos jurado que en el playroom solo sería sexo oral. No contábamos con la mirada del hombre de al lado, ni con las manos de su mujer en mi espalda.
Pensé que sería un vaso de agua y volver a la cama. La encontré sentada en la mesa, en penumbra, y ninguno de los dos hizo el menor gesto por moverse.
Lo juzgué nada más verlo en la marquesina con su polo rosa y su jersey al hombro. Veinte horas después, ese mismo niño rico me abría la puerta de su casa.
Cuando me abrió la puerta en top y licra, sudada del ejercicio, supe que esa tarde no iba a terminar como cualquier otra de las que pasábamos en su casa.
Cuando el dolor cesó y me miré al espejo, no quedaba nada de quien fui. Solo un hombre desnudo, listo para entregárselo todo al único que siempre había amado.
Llegué a su casa pensando en una peli y dos cervezas. A las cuatro horas estaba desnuda en su sofá, descubriendo que las habladurías del pasillo no eran habladurías.
El agua hervía y el vapor llenaba la mampara. Marina me embadurnó el pezón con espuma y sonrió, y yo entendí que aquella ducha no iba a ser como las anteriores.
La cerradura me pesaba entre las piernas, el vestuario estaba vacío y él había llegado media hora antes. Lo que pasó después no estaba en el plan.
Llevábamos meses fantaseando con verla en pantalla, pero ninguno imaginó que el chico tras el objetivo dejaría la cámara para meterse en la cama con nosotros.
Eran las ocho de la mañana, mi novia seguía dormida y yo no podía soltar el móvil. Lo que empezó como un rato sola terminó con las dos empapadas y la sábana al cesto.
Llevaba dos semanas en la ciudad sin hablarle a nadie fuera del trabajo. Hasta que Andrés se acercó esa tarde y me preguntó si quería salir esa noche con el resto.