El trío bisexual con el vecino de al lado
Le pedí que me esperara desnuda cada mañana al volver del trabajo, sin imaginar que el vecino terminaría siendo testigo, amante y algo más para los dos.
Le pedí que me esperara desnuda cada mañana al volver del trabajo, sin imaginar que el vecino terminaría siendo testigo, amante y algo más para los dos.
Pensé que mi cumpleaños se había arruinado cuando sonó el timbre y apareció mi cuñada. No imaginé que ella era, en realidad, el regalo que mi mujer había planeado.
Bruno me esperaba en la puerta con un ramo de rosas y una sonrisa que no era de hermano. El piso aún olía a pintura y nosotros teníamos toda la tarde para estrenarlo.
Hasta esa noche pensaba que ya conocía todos mis límites. Bastó una mirada, un gesto suyo y todo lo que creía saber sobre mi deseo se derrumbó en silencio.
Volvimos del bar mareadas, las dos solas en la habitación. Y entonces golpearon la puerta cinco hombres a los que ya les habíamos dicho que no.
Pasé el último curso mirándole el culo en sus vaqueros. El día que cumplí los diecinueve volví al aula vacía para terminar lo que nunca empezamos.
Bajé a la cocina sin esperar nada y la encontré ahí, con ese vestido de verano y la mirada de quien ya había decidido lo que iba a pasar entre nosotros.
Cuando me dijo que antes de conocer a mi padrastro había vivido otra vida, supe que aquella confesión no era casual. Ya estaba descalza en el marco de mi puerta.
Llevaba años fingiendo. Cuando ella propuso pasar el fin de semana en la playa nudista con sus amigos, no imaginé que era la trampa perfecta para sacarme del armario sin avisar.
Bajé del coche con la comida que le había preparado, abrí la puerta del patio sin pensarlo y lo vi: desnudo, los ojos cerrados, sin la menor intención de parar.
Uno era atlético y casado. El otro, un señor de paso por mi ciudad. Con los dos descubrí cosas que nunca había sentido y que todavía me persiguen cuando cierro los ojos.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Llegué con las botellas en la mano y la encontré tumbada en la cama, con las piernas abiertas y los ojos cerrados, esperando que terminara lo que habíamos empezado en el metro.
Soy padre, soy contador, y aún así esa semana entré dos veces al mismo motel. La primera con un treintañero atlético. La segunda con un chico al que no volví a ver.
Hasta esa noche había sido completamente heterosexual. Bastó una película mal elegida, una almohada improvisada y la respiración de un desconocido en mi nuca.
Cuando me dio la mano para despedirnos, sentí un papel doblado contra mi palma. Decía: «Escríbeme cuando estés solo. Tengo más mezcal y quiero conocerte mejor».
Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. Pensé que era ella otra vez; era él, con dos bolsas en las manos y una mirada que no dejaba lugar a dudas.
Cuando vi que la película que poníamos era porno, su mano subió por mi muslo y yo dejé de querer bajarme del sofá. Era mi hermano. Y esa noche lo hicimos todo.
Cuando vi ese consolador rojo escondido en su cajón, supe que no iba a poder olvidarlo. Lo que no sabía era que él ya me había grabado.
Tenía veinte años cuando descubrí que las miradas pícaras de mi tía bajo la mesa eran solo el principio. Lo que vino después, en el baño de los abuelos, no lo conté nunca.