La tarde que Renata vino con dos amigas a casa
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
Bajó descalza al salón con la camiseta blanca pegada al vientre redondo y se sentó al borde del sofá. Mi amigo dormía a tres habitaciones de allí.
Bajó en toalla recién duchado, con una sonrisa que no le conocía. Yo aún no sabía que esa noche iba a ser mi primera vez con un hombre.
Cuando ella se inclinó para despedirse en la puerta, su boca buscó la mía y todo lo que había enterrado durante años volvió a despertar de golpe.
Sus correos llevaban semanas en mi bandeja privada cuando aceptó la cita. Tenía dieciocho años, se iba a estudiar afuera y solo me pedía una cosa antes de partir.
Cuando crucé el pasillo con sus bolsas en la mano, no imaginé que una hora más tarde estaría desnuda en su sillón, mordiéndole el cuello.
Hacía dos meses que esa mujer me arreglaba las uñas en mi sala. El sábado compré vino, me puse un vestido rojo sin tanga y decidí que esta vez no iba a quedarse solo en fantasía.
Cuando la vi salir de la ducha esa noche, supe que algo había cambiado. No imaginé que días después estaría rendida en el sofá, gimiendo bajo sus dedos.
Le había pedido que no lo viera nadie del edificio. Cuando cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera, ya estaba temblando entre las manos.
Pagué la entrada, dejé la ropa en el casillero y me quedé en bóxer. No sabía que en menos de dos horas iba a olvidar mi nombre cuatro veces seguidas.
Cuando Aitana entró en la cafetería con esa camiseta ajustada, supe que no íbamos a hablar solo de pasos de baile. Tampoco íbamos a tomar café.
Apenas me abrió la puerta me besó, sin preámbulos, sin que importara que yo tuviera novio esperándome en casa dos horas más tarde.
Le hice señas para que esperara unos minutos. Él no esperó. Cuando entró, yo seguía hablando del cardiólogo con mi hermana, y mi voz salió igual de tranquila.
Llevábamos nueve meses sin vernos. Cuando Renata abrió la puerta y me abrazó, sentí algo distinto contra mi pecho que no entendí hasta esa tarde.
Si te viera con ese vestido verde, me acercaría gateando y te besaría los pies antes de pedir permiso para mucho más. Hoy desperté hambrienta de ti.
La chimenea encendida, el champán perdiendo su frío y yo en bragas frente al fuego. Esperaba a Helena, recién duchada, oliendo a perfume y promesas.
Bajé al pasillo sin hacer ruido. Los susurros venían de la cocina y no eran de quien yo esperaba. Lo que vi después no lo conté nunca.
Cuando empujé la puerta de la consulta y vi a dos hombres en bata, supe que aquella revisión médica no iba a ser como las demás.
Diego dormía cuando sintió el colchón hundirse a su lado. Era ella, descalza, susurrando que solo había bajado a buscar su pijama. Su hermano roncaba al lado.
Tres días después de lo del jardín, mi profesora todavía tenía mis bragas. Esa tarde le dejé una nota en su escritorio para recordárselo.