Lo que vi cuando mi mejor amiga durmió en casa
Bajé al pasillo sin hacer ruido. Los susurros venían de la cocina y no eran de quien yo esperaba. Lo que vi después no lo conté nunca.
Bajé al pasillo sin hacer ruido. Los susurros venían de la cocina y no eran de quien yo esperaba. Lo que vi después no lo conté nunca.
La chimenea encendida, el champán perdiendo su frío y yo en bragas frente al fuego. Esperaba a Helena, recién duchada, oliendo a perfume y promesas.
Si te viera con ese vestido verde, me acercaría gateando y te besaría los pies antes de pedir permiso para mucho más. Hoy desperté hambrienta de ti.
Llevábamos nueve meses sin vernos. Cuando Renata abrió la puerta y me abrazó, sentí algo distinto contra mi pecho que no entendí hasta esa tarde.
Le hice señas para que esperara unos minutos. Él no esperó. Cuando entró, yo seguía hablando del cardiólogo con mi hermana, y mi voz salió igual de tranquila.
Apenas me abrió la puerta me besó, sin preámbulos, sin que importara que yo tuviera novio esperándome en casa dos horas más tarde.
Cuando Aitana entró en la cafetería con esa camiseta ajustada, supe que no íbamos a hablar solo de pasos de baile. Tampoco íbamos a tomar café.
Pagué la entrada, dejé la ropa en el casillero y me quedé en bóxer. No sabía que en menos de dos horas iba a olvidar mi nombre cuatro veces seguidas.
Le había pedido que no lo viera nadie del edificio. Cuando cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera, ya estaba temblando entre las manos.
Cuando la vi salir de la ducha esa noche, supe que algo había cambiado. No imaginé que días después estaría rendida en el sofá, gimiendo bajo sus dedos.
Hacía dos meses que esa mujer me arreglaba las uñas en mi sala. El sábado compré vino, me puse un vestido rojo sin tanga y decidí que esta vez no iba a quedarse solo en fantasía.
Cuando crucé el pasillo con sus bolsas en la mano, no imaginé que una hora más tarde estaría desnuda en su sillón, mordiéndole el cuello.
Sus correos llevaban semanas en mi bandeja privada cuando aceptó la cita. Tenía dieciocho años, se iba a estudiar afuera y solo me pedía una cosa antes de partir.
Cuando ella se inclinó para despedirse en la puerta, su boca buscó la mía y todo lo que había enterrado durante años volvió a despertar de golpe.
Bajó en toalla recién duchado, con una sonrisa que no le conocía. Yo aún no sabía que esa noche iba a ser mi primera vez con un hombre.
Bajó descalza al salón con la camiseta blanca pegada al vientre redondo y se sentó al borde del sofá. Mi amigo dormía a tres habitaciones de allí.
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
Llevaba dos semanas en la ciudad sin hablarle a nadie fuera del trabajo. Hasta que Andrés se acercó esa tarde y me preguntó si quería salir esa noche con el resto.
Eran las ocho de la mañana, mi novia seguía dormida y yo no podía soltar el móvil. Lo que empezó como un rato sola terminó con las dos empapadas y la sábana al cesto.
Llevábamos meses fantaseando con verla en pantalla, pero ninguno imaginó que el chico tras el objetivo dejaría la cámara para meterse en la cama con nosotros.