Cuando Mateo se fue, Iván vino a buscarme
Soñaba con ambos cuando sentí el peso de un cuerpo subirse a la cama. Una mano cálida me recorrió la espalda y supe, antes de abrir los ojos, que no era Mateo quien había vuelto.
Soñaba con ambos cuando sentí el peso de un cuerpo subirse a la cama. Una mano cálida me recorrió la espalda y supe, antes de abrir los ojos, que no era Mateo quien había vuelto.
Doña Marisol subió a mi cuarto a echarme la bronca. Cuando tropezó al levantarse de la cama, su mano fue a parar justo donde no debía haber caído jamás.
Cuando abrí la puerta, tenía un lado de la cara sucio y la otra mitad limpia. Subió las cejas, sonrió y dijo que su jefe lo mandaba a hacer unos arreglos.
Diana se fue con el primer vuelo, Renata apareció con un maletín y Mariela me sirvió un café sabiendo que la miraba como nunca debí mirarla.
Me agazapé entre los pinos y vi a Bruno arrodillarse frente a un desconocido. En ese instante entendí por qué llevaba semanas evitándome.
Cuando bajé sus maletas y ella se agachó delante de mí sin el menor pudor, supe que aquellos días bajo mi techo no iban a salir como yo los había imaginado.
Subí cuatro pisos con las manos sudadas y el corazón disparado. Cuando ella abrió la puerta en lencería, supe que esa tarde no habría vuelta atrás.
Eran las seis y cuarenta. Ella miró su reloj, me pidió que me detuviera junto al callejón y, antes de que pudiera preguntar nada, ya me estaba besando.
Cuando la chica se inclinó para servirle otro vaso, la pollera azul se le subió y Beatriz supo que esa noche no iba a dormir.
Llevaba años evitando mirarla, pero esa tarde, con el camisón pegado al cuerpo y los dos solos en su casa, supe que ya no iba a poder fingir que era solo mi tía.
Llevábamos kilómetros en silencio cuando dejé caer la pregunta hacia los dos asientos de delante. Mi marido y su hermano se miraron, y supe que ninguno iba a decir que no.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
Yo solo quería volver a mi cuarto, pero cuando mi tía sonrió y dijo que jugáramos «como antes», entendí que esa tarde de domingo iba a cambiarlo todo.
Cuando entré al salón, el marido estaba sentado en el suelo, a los pies de su mujer, con una correa al cuello y sin decir una palabra.
Había puesto de rodillas a media comisaría delante del juez. Esa madrugada, el sargento decidió que le tocaba a ella arrodillarse, y no precisamente ante la ley.
Llevaba una semana entera castigando su cuerpo con juguetes, y yo sabía que mis dedos ya no le bastaban. Necesitaba algo más, y los dos lo sabíamos.
Abrí los ojos en mitad del placer y la vi apoyada en el marco de la puerta, mirándonos. No dijo nada. Solo deslizó una mano dentro de su short.
Aquella noche no llevaba condón en el bolso ni intención de pedirle que se pusiera uno. Solo quería sentir hasta dónde éramos capaces de llegar.
Subí al coche pensando en mi vuelo. Cuando bajé del avión tres días después, él ya me esperaba con una propuesta que me hizo sudar antes de cerrar la puerta del auto.
Éramos novatos y estábamos nerviosos, pero aquella pareja sentada al fondo del local nos miraba como si supiera exactamente lo que veníamos a buscar.