La masajista cumplió su promesa en la camilla
Mi mujer le había prestado un juguete con una sola condición. Cuando bajé a la sala, Lorena ya me esperaba desnuda y con prisa: «No hay tiempo que perder».
Mi mujer le había prestado un juguete con una sola condición. Cuando bajé a la sala, Lorena ya me esperaba desnuda y con prisa: «No hay tiempo que perder».
Esa noche dejé a mis hijos dormidos, me vestí como una secretaria y bajé al estacionamiento temblando. Iba a pararme en una esquina a esperar clientes.
Empecé desabrochándome un botón solo para ver su reacción. Nunca imaginé que esa misma noche terminaría en la habitación de invitados.
Saqué la verga fingiendo mear bajo el árbol, esperando a ver si aquel desconocido se atrevía a acercarse en la penumbra del parque.
Llevaba semanas húmeda solo de imaginarlo. Cuando él me dijo «si quieres experimentar, adelante», marqué el número antes de arrepentirme.
Cuando escuché el motor del auto alejarse supe que no estábamos solos: mi marido seguía en casa, oculto, dispuesto a mirar todo lo que pasara entre nosotros.
Hace mucho que no escribía, pero esta noche el alcohol me soltó la lengua y las manos. Quiero contarles lo que hago cuando nadie me juzga.
Son las dos de la madrugada y no puedo dormir. Abro el chat, escribo tu nombre y empiezo a contarte exactamente lo que quiero que me hagas cuando cruces esa puerta.
No quería el clásico color carne; me había decidido por uno transparente, y esa tarde, sola frente al espejo, descubrí hasta dónde podía llevarme.
Llegó al pueblo creyendo que cuidar al abuelo enfermo era un acto de cariño. No imaginaba que cada cucharada y cada baño la llevarían a un lugar del que ya no podría volver.
Lo habíamos hablado mil veces entre susurros y nunca creí que pasaría. Pero esa noche ella se arrodilló en medio del cuarto y yo solo pude sentarme a mirar.
Llevaba años guardándomelo. Esa noche, escuchándolo masturbarse en la cama de al lado, supe que el encierro nos iba a empujar a cruzar una línea sin vuelta.
Fingir ser su pareja para entrar en los bares del barrio era el plan. Nadie le avisó a Nadia que su compañero la miraría así, ni que el deseo arruinaría la coartada.
Acordé verlo por la app en veinte minutos. No imaginé que esa misma noche un desconocido iba a decidir por mí qué hacía mi cuerpo y a quién se lo entregaba.
Siempre me había dado morbo, pero nunca me había atrevido. Esa tarde, en el cuarto piso de un edificio cualquiera, dejé de imaginarlo y empecé a vivirlo.
Aún sentía el calor del polvo de mi novio entre las piernas cuando le mandé el mensaje. Media hora después él estaba en mi puerta, sin avisar.
Crucé la piscina dos veces sin poder olvidar dónde se había detenido su mano. Cuando volví al borde, ella me esperaba con otra clase en mente.
Salí del partido con el tobillo torcido y un par de copas de más. Ella se ofreció a llevarme a casa, y cuando me cargó hasta el sofá supe que la noche no acababa ahí.
Apago la luz, abro el relato y dejo que mi mano baje. En mi cabeza siempre hay alguien en la esquina del cuarto, mirándome, esperando el momento de entrar.
Yo conocía bien el terreno con las chicas trans. Lo que nunca calculé fue que ella, con un beso y una llamada, iba a reescribir todas mis reglas en una sola noche.