La profetisa tenía el cuerpo de su amada
Entró en la cueva pensando en la guerra. La adivina lo esperaba con el rostro de su reina, la túnica apenas cubriendo su cuerpo, y una promesa en los ojos que no era solo una visión.
Entró en la cueva pensando en la guerra. La adivina lo esperaba con el rostro de su reina, la túnica apenas cubriendo su cuerpo, y una promesa en los ojos que no era solo una visión.
Cuando Astrid apareció en la terraza, envuelta en blanco y con los ojos llenos de dudas, todas supimos que esa noche no iba a ser como cualquier otra.
Cuando cierro la puerta, abro el cajón, saco el perfume que él eligió para mí y me convierto en quien realmente soy. Solo él lo sabe.
Para el mundo éramos dos amigos en el bar. Solo yo sabía que llevaba un colaless negro debajo del jogger, y que él lo sabía también.
Llevaba años viendo cómo lo hacían en pantalla. La primera vez que toqué a una chica de verdad entendí que ningún video te prepara para esa sensación.
La imagen era nítida: ella recostada en la reposera de él, en bikini, con una sonrisa que no era para mí. Lo que vino después me dejó sin habla.
El agua caliente nos llegaba a la cadera cuando su mano rozó la mía por error. O eso dijimos los dos.
Cuando volvió del baño sin ropa interior puesta, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea que ninguno de los dos querría borrar.
Éramos dos mujeres en la misma cama, mi marido dormía en el suelo, y yo llevaba años preguntándome cómo sería rozar la piel de otra mujer.
Cuando entró empapada con sus amigas, supe que aquella noche iba a romper todos mis planes. Y cuando me llamó por mi nombre, entendí que el pasado nunca desaparece.
Éramos un matrimonio acostumbrado a compartirlo todo. Cuando Marcos llegó de gira con esa sonrisa de siempre, entendimos que la cena iba a esperar.
La primera noche que salí sin ella me reencontré con Lucía, mi ex de siempre. Y ella conocía a todas las amigas correctas.
Llevaba años esperándome y no lo supe hasta que ya era demasiado tarde. Cuando me lo confesó al final, entendí por qué todo había sido tan diferente.
Mientras mi marido dormía, yo tenía la mente encendida. En el hockey, en las fiestas familiares, en la cocina a solas: mis fantasías no me daban tregua.
La primera vez que Camila salió sin ropa interior, creí que era casualidad. Cuando bajé el vestido sobre sus caderas mientras conducía, entendí que no lo era.
Esa noche en el restaurante de Pinamar, Valeria entendió que la ciudad grande es, en realidad, un pueblo muy chico.
Cuando Carmen se fue al trabajo, la casa quedó en silencio. No duró mucho. Sofía me llamó desde su cuarto con una sonrisa que no era del todo inocente.
Clara se peinaba cuando Renata apareció detrás de ella en el espejo. Las manos sobre sus hombros fueron solo el principio de algo que ninguna había planeado.
Abajo estaban los invitados, el sacerdote y mi recién estrenado marido. Arriba, Isabel cerró la puerta y me miró de una manera que conocía demasiado bien.
Los dos teníamos pareja. Los dos sabíamos que cruzábamos una línea. Y aun así, cada noche volvíamos al chat para decirnos todo lo que no podíamos hacer.